FACTORES HISTÓRICOS Y EPISTEMOLÓGICOS CONDICIONANTES DE LA DEBILIDAD DEL ENFOQUE SOCIAL EN LAS CIENCIAS NATURALES

Resumen:
Valorar los elementos históricos y epistemológicos que han limitado la materialización del carácter social de la investigación, en el devenir de las ciencias naturales, constituye el propósito esencial de este artículo. Para ello analiza algunas pautas de la construcción de lo científico, su distanciamiento de los valores y de la cultura en la proyección del ideal de progreso, desde la filosofía antigua, el Renacimiento, la etapa posterior a la Revolución industrial, y las vertiginosas transformaciones tecnológicas del siglo XX.
Posteriormente este trabajo aborda aportes de los nuevos paradigmas de producción de conocimientos a la asunción orgánica del carácter social de las ciencias naturales, desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad, haciendo énfasis en expresiones de fortalecimiento del tema ético, frente a la constatación de que la ciencia no es solo una búsqueda desinteresada de la verdad. Se refiere esencialmente a los paradigmas Sociocrítico, CTS y de la Complejidad, que critican la imagen tradicional de la ciencia y de la tecnología, fundamentan su enfoque sociocultural, y sustentan la necesidad de recuperar en el conocimiento científico la noción de totalidad de la realidad objeto de estudio y transformación.

Palabras clave: ciencia, construcción epistemológica, enfoque de valores y cultura, nuevos paradigmas

Introducción

¿Hasta dónde es posible éticamente aceptar los fines, métodos y resultados de la ciencia hoy? Esta pregunta sintetiza muchas dudas presentes en la comunidad científica mundial y en la humanidad en general, cuando no han sido suficientes las propuestas paradigmáticas del último siglo transcurrido (paradigma socio-crítico, enfoque CTS, perspectiva de la complejidad) en la búsqueda de una racional comprensión y materialización del carácter social inherente a toda práctica científica.

La construcción inicialmente de lo “científico” a partir de la fe absoluta en el dato estadístico y representativo de una generalidad; la emergencia de las primeras ciencias sociales con una tendencia a imitar la metodología de las ciencias naturales; la lejanía epistemológica entre los conceptos cultura y desarrollo (asociado este último a la técnica); las permanentes dicotomías Cualitativismo / Cuantitativismo,  Microrrelato / Gran relato, han sido elementos demarcadores del camino de separación, o de unión formal, entre las nociones de lo científico y lo social en la investigación, principalmente en el campo de las ciencias naturales y técnicas.

En ese camino analítico se enfocan las consideraciones expuestas en este trabajo, cuyos objetivos se presentan a continuación.

Objetivo General:

Valorar los elementos históricos y epistemológicos que han incidido desfavorablemente en la materialización del carácter social de la investigación, en el devenir de las ciencias naturales.

Objetivos específicos:

1. Fundamentar el proceso de construcción epistemológica de lo “científico”, y su tendencia a soslayar los enfoques de valores y de cultura en la búsqueda de progreso.

2. Argumentar los aportes de los nuevos paradigmas de producción de conocimientos respecto a la asunción orgánica del carácter sociocultural de las ciencias naturales.

Desarrollo.

I. La construcción de lo científico, su distanciamiento de los valores y la cultura en la proyección del progreso.

La lógica que identifica hoy el concepto dominante de lo “científico”, de predicción de regularidades, detección de datos que constituyan evidencia indiscutible de esas regularidades y leyes cognitivas, está en la base misma del origen de la ciencia, ejemplificada en el surgimiento de la mecánica racional, en la tendencia de los hombres primitivos a aguardar, y posteriormente predecir, la ocurrencia de eventos favorables para su existencia, y esperar lo que, según los hechos y elementos cotidianamente visibles, podían asociar a cosas provechosas.

De tal forma, la observación y la descripción pasaron relativamente rápido de la condición de costumbre de supervivencia, a la de práctica conscientemente dirigida y sistemática  de transformación del medio natural, en beneficio de propósitos humanos (Bernal, 2007: 67), que a su vez  serían continuamente modificados, perfeccionados, por los provechos que a mediano y largo plazo constatarían los grupos, primero, y las colectividades después, en cuanto a la satisfacción de necesidades vitales como la alimentación, el cubrirse la piel en el invierno, la obtención, o elaboración, de objetos e implementos con la función de herramientas  de trabajo.

De ahí que la posibilidad de desarrollar el pensamiento racional haya estado directamente derivada de la relación de ser humano con el contorno físico. Por tanto, esa asociación de racionalidad con poder de constatación y control de lo fáctico, marcó la pauta en la posterior consideración de lo científico en la actividad cognoscitiva y transformadora de la humanidad.

El campo de las ciencias matemáticas, incluidas la astronomía y la física, fue donde mayor florecimiento por sus frutos evidentes y rápidos tuvo la aplicación del método racional,  luego reconocido como “científico”; dígase la observación conscientemente orientada y planificada, y la posterior experimentación, la clasificación y medición, el análisis y la síntesis. Ello condujo a la sucesiva inducción y comprobación teórico – práctica de un sistema de leyes, principios, hipótesis y teorías, que desprenderían diversas aplicaciones prácticas, de acuerdo con las crecientes demandas del desarrollo de la sociedad, demandas rectoradas por las clases, estratos e instituciones que iban en franca acumulación de capital, y por tanto, de poder económico y sociopolítico.

De esta forma, el avance de la ciencia se vio condicionado por necesidades de resolver problemas económico – fácticos, de transformaciones palpables empíricamente u observables, y en última instancia prestaba atención a otros aspectos de la vida humana donde tuviera más implicación explícita la subjetividad.

Ya en el pensamiento filosófico antiguo se identificarían las raíces de la concepción materialista (y dialéctica) vinculada a los progresos  del conocimiento empírico sobre la naturaleza y la sociedad.

Sin embargo, esas formas de conocimiento debieron evolucionar en un constante antagonismo con las concepciones idealistas, que eran el blanco principal del rechazo de aquellos hombres  cuyo propósito esencial consistía en buscar claves explicativas demostrables, y funcionales a la proyección del avance de las formas de producción material que se abrían paso.

Así se establecían en el debate filosófico e intelectual, los nudos conceptuales fe/razón, orden/cambio, cuyo extremo derecho simboliza la emergente fuerza de la actividad de  la ciencia en contraposición a las deidades y a aquellas ideas que, no pudiendo ser demostradas para  grandes grupos sociales, quedaban en el terreno de la especulación, del posible equívoco, o de la voluntad irracional de unos pocos.

Este debate tuvo su condicionamiento en el hecho de que la filosofía antigua comenzaba a trasladar su atención, del fundamento puramente intuitivo hacia el método lógico de investigación, hacia la reflexión lógica (aunque todavía metafísicamente) alrededor del papel del hombre y de cómo ajustarlo a los nuevos desafíos y las normas que planteaba la floreciente actividad económico – social de las ciudades estado, donde los distintos focos del pensamiento filosófico griego centraron su atención en la argumentación de concepciones con marcado carácter materialista (Buch, 2008).

Se trataba de una época donde todavía la institucionalización del sistema idealista en la Iglesia como poder político mundial no se había consumado, y por tanto el quehacer científico pudo desplegarse marcado por pautas utilitaristas frente a la tradición idealista de la filosofía. Es paradigmática en ese sentido, la clasificación aristotélica de las ciencias, a partir de las categorías de necesidad y posibilidad, en ciencias de lo posible (ética, política, retórica, poética) y ciencias de lo necesario (matemática, física y filosofía). Esta clasificación ya puede verse como uno de los primeros antecedentes de la actual separación entre ciencias y letras, o entre ciencias duras y ciencias blandas, puesto que el concebir como gestoras de lo posible (y no necesario) a las ciencias humanísticas, ya tendía a asociarles un margen de inseguridad, de falta de veracidad, e incluso, de terreno especulativo.

No obstante, en la ética aristotélica y en el pensamiento filosófico antiguo, de modo general, se constata un equilibrio en la valoración del papel de la sensoriedad, la abstracción, la intuición racional disciplinada y creativa, para completar la actividad del entendimiento humano, de tal forma que el propio conocimiento científico se concreta a base de conceptos, juicios y razonamientos (Buch, 2008)

Pero tras un largo período de cambios económicos generadores de contradicciones y antagonismos políticos en Grecia, entre las relaciones de producción esclavistas y las pujantes fuerzas productivas que llevarían paulatinamente a las crisis de las ciudades estado, la desintegración del imperio macedónico y la conformación del Imperio Romano (S. I a.n.e) se constata una reemergencia del materialismo atomista en estrecho nexo con el pensamiento científico – naturalista de la época. Esto propició una reorientación de la filosofía hacia el papel de fundamento de una actitud moral conductora del hombre a su felicidad, donde un objetivo central era la eliminación del miedo a lo sobrenatural. Así se reducía el alcance de la ciencia social frente a las naturales.

Si bien resulta indiscutible su aporte a la defensa contra el idealismo y la religión, también sienta las bases de la posterior subvaloración a la que fueron sometidas otras disciplinas humanísticas, por la creciente asociación que se establecía entre el papel de la subjetividad y el de la mística favorecedora de temores a lo que no estuviera al alcance de la sensoriedad o la racionalidad humanas. De tal forma los temores, dolores, dudas, incertidumbres, y otros elementos subjetivos propios de la vida humana, e incluso generadores de cambios favorables a su bienestar, se consideraban excluibles del proyecto de progreso humano.

Obviamente la Iglesia Romana, al hacerse institución dominante, condenó a la filosofía materialista a la condición de inmoral y peligrosa. En respuesta a tal proyección, emergieron tendencias filosóficas que se fortalecerían progresivamente y serían determinantes en lo adelante, las cuales ubicarían a la ciencia en el plano de motor indispensable para la búsqueda de la llamada felicidad, o del bienestar humano, pero una ciencia identificada con la lógica o la búsqueda del criterio de la verdad, a partir de una postura sensualista materialista (Buch, 2008: 57), que según el Estoicismo de Zenón, Cleantes y Crisipo (s. IV a.n.e) encontraba en la experiencia la fuente primaria del conocimiento y no admitía espacio a las pasiones, y según el Escepticismo de Pirrón de Elis (s.IV a.n.e) una condición esencial para el conocimiento de la realidad debía ser la abstinencia de emitir juicios sobre la misma.

Se reforzaba así la tendencia al no reconocimiento del papel de los subjetivo en la actividad cognoscitiva que pretendiera llamarse científica, con lo que se fueron conformando los sustentos de la cultura greco-latina, donde era una constante la tensión entre las “verdades de razón” y las “verdades de fe” (Buch, 2008: 60), y por tanto, todo aquello que no fuera demostrable objetivamente, era visto por muchos hombres de ciencia como caldo de cultivo para el dogma religioso.

El período histórico conocido como Renacimiento, permitió la emergencia de la ciencia moderna, que dejaba atrás largos siglos de decadencia científica, derivada no solo del espíritu práctico del Imperio Romano, sino que también residía “en la crisis general de la sociedad clásica, derivada de la acumulación del poder en manos de unos pocos hombres ricos (…) del embrutecimiento general de una población de esclavos y de lo que podríamos llamar, siguiendo analogías más recientes, “pobres blancos”. El empobrecimiento hizo descender la demanda de bienes, lo cual empeoró aún más la condición de mercaderes y artesanos. En semejante ambiente no existía incentivo alguno para la ciencia” (Bernal, 2007: 179)

La economía feudal no mostraba grandes exigencias intelectuales, sino más bien la introducción de nuevas técnicas productivas a pequeña escala encaminadas al ahorro del trabajo. Por otra parte, bajo los designios del dogma cristiano, la vida intelectual, principalmente la ciencia, quedó sujeta a las directrices del clero, y era asociada socialmente con las clases superiores paganas, lo que la hacía objeto de miradas suspicaces y de rechazo en amplios sectores sociales, problemática que el cristianismo trató de resolver elaborando una especie de compromiso entre fe y filosofía, a través de las propuestas de San Agustín en el siglo V, donde se situaba a las ciencias experimentales en posición casi de inservibles. Esto contribuyó aún más a la separación y el rechazo entre la ciencia y el reconocimiento de lo social, en amplias regiones, prácticamente hasta la decadencia del Imperio romano.

El Renacimiento, ubicado esencialmente a partir del siglo XV n.e, dio paso a un nuevo sistema económico y una nueva ciencia experimental, que dejaba atrás la consideración de la tierra como base económica fundamental, la dependencia de la producción agrícola local y manufacturera, la aldea como unidad, y la Iglesia como expresión intelectual y administrativa.

Con la resolución exitosa de los problemas centrales de la mecánica y la astronomía, y sus aplicaciones en el sistema de navegación, se materializaba la Revolución científica, que produjo un estrecho acercamiento entre la ciencia y el trabajo práctico, y una nueva actitud hacia el conocimiento, el cual “dejó de ser considerado como un medio de reconciliación del hombre con el mundo tal como se cree que es, era y será siempre hasta el juicio final, para pensar en él como un medio de dominar la naturaleza por medio del conocimiento de sus eternas leyes” (Bernal, 2007: 271). Fruto de ello, se produjo un rápido desarrollo industrial y comercial.

A su vez, en el arte triunfaba el movimiento del realismo, con la introducción de elementos de la geometría, en un afán por superar la visión clásica de las formas ideales y del simbolismo productor de efectos humanos. Ahora artísticamente, se exigía una observación más detallada de la naturaleza, no mediatizada por libros u otras fuentes interpretativas de los fenómenos. En esta nueva forma de representación, era vital captar el movimiento o la dinámica de la realidad en la que se insertaban los humanos, y de sus propios cuerpos como organismos vivos. Luego el avance de la Anatomía y de otros estudios científicos en la salud, a base de observación y experimentación, mellaron  el dominio de la tradición mágica en la medicina (Guadarrama, 2001: 33). De tal forma se imponía el ideal de la experiencia directa al de la autoridad.

El período más significativo para la ciencia se dio con el triunfo político de la burguesía en los países de mayor desarrollo manufacturero y del comercio. En esta etapa se dieron importantes avances concretos, como el descubrimiento de la circulación de la sangre (Harvey, 1628), el telescopio, el microscopio. En esa época el dominio económico fue protagonizado por las naciones del norte (Holanda, Francia, Inglaterra). “La pintura en las escuelas holandesa y flamenca, empezó a dejar de servir a la religión y a la exaltación de la nobleza, para retratar a la gente corriente que comía, bebía o se divertía” (Guadarrama, 2001: 35). Se imponía así el modelo de confort burgués (casas en la ciudad y en el campo, jardines y parques) cuyas obras  basaban en la utilidad y en la posible ganancia.

En esos finales del siglo XVI y principios del XVII se dio la primera revolución industrial, con la búsqueda imperiosa de nuevos recursos y técnicas. Las novedades comenzaron a adoptarse enseguida y a verse como algo normal, una vez que el beneficio se consideró legítimo. Surgían así los llamados proyectistas, también conocidos como “inventores”. Ese progreso económico realmente era protagonizado por hombres que acumularon capital, pero solo se logró concretar una vez abolidos los privilegios de reyes, nobles y corporaciones, ya entrado el siglo XVII y a lo largo del XVIII.

Los nuevos filósofos experimentales (o científicos) se alejaban gradualmente de la tradicional vida ciudadana del Renacimiento, y se convertían en miembros individuales de la nueva burguesía, compuesta en buena medida por abogados, médicos, la baja nobleza. Con este ímpetu la nueva ciencia mecánico – matemática desmontó toda la filosofía aristotélica, que durante unos 2000 años había sido considerada fundamento de las ciencias naturales y de las sociales.

La división del Universo propuesta por Descartes, condujo a la clara separación entre la ciencia y la religión (Bernal, 2007), de manera que se exigió cada vez más, a quien pretendiera llamarse científico, o ser reconocido intelectualmente, mostrar una lógica deductiva y proposiciones evidentes de los fenómenos objeto de análisis. Descartes formuló con más precisión la división del universo observable, en una parte física y una parte moral, donde la región de las pasiones, de la voluntad, del amor, la fe, era inaccesible para la Física, y la ciencia solo debía ocuparse de “las cualidades primarias”, conformadas por características mensurables como la extensión y el movimiento (Bernal, 2007: 322).

Mientras, desde finales del siglo XVII se daba la tercera y definitiva fase del establecimiento de la ciencia moderna, en los países más desarrollados económica y culturalmente, cuyo desarrollo estaba impulsado por la clase de los manufactureros provenientes de los comerciantes y de artesanos más prestigiosos. Dichos estratos sociales dominantes estaban en interés común con los gobiernos respecto a necesidades del comercio y la navegación, mejoras de la agricultura y la manufactura. Se daba así lo que muchos analistas consideran el primer esfuerzo organizado y consciente por emplear la ciencia para fines prácticos.

Luego empezaron a pensar en la creación de organizaciones para el descubrimiento científico a través de la cooperación. Surgen así las primeras Sociedades científicas sólidamente establecidas, como la “Royal Society, de Londres, y la Academia Real Francesa, ambas dedicadas a los problemas técnicos más importantes de la época, en hidráulica, artillería y navegación. Es de destacar en este sentido, que prácticamente ningún científico de esta etapa se involucraba directamente en la lucha política activa. Según Thomas Sprat, miembro del colegio de Osxford, el propósito de estas sociedades científicas “no era otro que el de respirar aire fresco y conversar tranquilamente unos con otros, sin verse envueltos en las pasiones y locuras de la época” (Bernal, 2007: 328).

Precisamente para evitar divisionismos internos en estas agrupaciones, el tema más recurrente era el de la Filosofía natural, y se evitaban a toda costa los temas de política y religión. Esto habla por sí solo del camino que tomaba la actividad científica, desde su propia concepción organizativa, tendiente a alejarse, o a no dejarse permear, del enfoque de los valores ético – políticos. Se evitaban en esos debates, incluso, disciplinas sociales ya instituidas durante mucho tiempo, como la Teología, Metafísica, Moral, Política, Gramática, Retórica, y Lógica.

Un planteamiento representativo de esa tendencia fue el de Francis Bacon, quien defendía la idea de que la comprensión de la naturaleza era solo un medio para dominarla en beneficio del hombre. Esa proyección filosófica fue uno de los pilares del paradigma tecnológico que se erigía, de transformación del entorno sin detenimiento en los límites éticos, en aras de una concepción de progreso reducida a crecimiento de la producción y de las mejoras técnico – prácticas para la vida socioeconómica, sin detenimiento analítico en las implicaciones de toda índole para los distintos grupos humanos.

Sin embargo, paradójicamente debe decirse que esos miembros de las sociedades científicas no podían escapar del incipiente análisis sociológico de su propia actividad especializada. Un ejemplo de ello es el Primer Manifiesto de la Ciencia, nombrado “La historia de la Royal Society”, y escrita por el obispo Sprat (1667). En este se expresa: “En todas partes se encuentra gente que se ocupa con entusiasmo de este trabajo, y advertimos que muchas nobles rarezas no son solo ejecutadas por manos de filósofos ilustres y doctos, sino también en los talleres de los mecánicos, en los viajes de los comerciantes, en los arados de los agricultores, en los deportes, en las pesquerías, en los parques, en los jardines de los caballeros, por lo tanto, las dudas se refieren solo a las épocas futuras. Pero incluso, para ellas podemos prometer que por mucho tiempo no tropezarán con la barrera de una raza de mentes inquisidoras, pues el camino se allana de tal modo ante ellas que cuando hayan probado los primeros frutos se sentirán excitados por este ejemplo” (Bernal, 2007: 331).

Este planteamiento es, sin dudas, un intento de análisis sociológico de la gestión de la actividad científica, aunque realizado por un hombre cuya formación era en primera instancia humanística, en función de reconstruir la historia de esa entidad organizada en una sociedad científica, pero no asumida como perspectiva analítica por los llamados científicos, o filósofos naturales. Incluso más adelante, sobre la manera de comunicar y argumentar los resultados de la ciencia por los miembros de esa organización institucionalizada, en ese manifiesto se expresa: “Exigen a sus miembros un modo de hablar estricto, directo y desnudo, con expresiones positivas y sentidos claros, con facilidad natural. Es preciso reducirlo todo a la sencillez matemática, prefiriéndose el lenguaje de los artesanos, agricultores y comerciantes, al de los sabios o eruditos” (Bernal, 2007: 331). Esto tuvo cierta influencia en que el estilo de la literatura en lengua inglesa se simplificó drásticamente a finales del siglo XVII.

Robert Boyle (1627), uno de los primeros promotores de la Royal Society, en su opúsculo “That the Goods of Mankind May be increased by the naturalist´s insight into trades”, escribió: “… la feliz influencia que aquella (la Filosofía experimental) puede tener sobre estos (los oficios) no es uno de los modos menos importantes en que el naturalista puede ser útil para promover el imperio del hombre. Puesto que la buena administración de los diversos oficios concierne manifiestamente al público, deben figurar en nuestras leyes inglesas en vigor, normas acerca de los oficios de los curtidores, de los alfareros y de muchas otras profesiones mecánicas a las que los legisladores no se han dignado descender para establecer reglas e instrucciones particulares” (Bernal, 2007: 333).

Esta era la preocupación de un científico por la lejanía de la actividad de la ciencia respecto a diversos potenciales campos de aplicación práctica institucional, que lógicamente, incluían a la vida social organizada cotidianamente. Ejemplo de esa desconexión fue la medicina, donde la observación y experimentación directas eran fructíferas, pero el progreso era demasiado lento, por no existir un sistema institucionalizado, a nivel macro, que vinculara la actividad científica con la política estatal.

Luego, a lo largo del XVIII, junto a los logros de la Revolución Industrial y del vigoroso sistema capitalista, el efecto más inmediato de las ideas de Newton de las leyes del movimiento universal, en los ámbitos económico y político fue el fomento del escepticismo en la autoridad, y la creencia progresiva en el laissez faire (libre competencia), lo que si bien disminuyó  el prestigio del dogma religioso de un orden social constituido divinamente, al propio tiempo sirvió de base a las ideas de la Ilustración y la Revolución Francesa, que en la etapa inmediata posterior fueron asociadas, por muchos pensadores sociales, con la idea de caos, desorden, destrucción de la armonía humana. Este era otro elemento que contribuiría a conservar débil la consideración de la ciencia como actividad social, y de sus frutos como bondades para la sociedad en su más amplia acepción.

La maquinaria textil y luego la máquina de vapor, fueron dos ejemplos impactantes del proceso enmarcado como la Revolución industrial, que llevó al incuestionable dominio del capital a nivel mundial ya en los finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX, “pero este mismo hecho señalaba un límite a su expansión y ponía de relieve una inestabilidad fundamental de la que no podía escapar. Por su misma naturaleza, la producción para el beneficio no puede permitir jamás una participación suficiente en los bienes  en las oportunidades a la amplia población nueva de los trabajadores asalariados, que crea para obtener una prosperidad continuada” (Bernal, 2007: 364)

Precisamente la constatación de ese creciente costo social, llevó a la división de las jóvenes ciencias sociales y económicas en dos grandes tendencias analíticas. Por una parte la Economía Clásica (Smith, Ricardo, Stuart) estudiaba el fenómeno de la acumulación del capital, orientada a la búsqueda de mecanismos de perfeccionamiento del libre mercado, sin enfocar científicamente las problemáticas sociales y culturales derivadas, que se convertirían en una especie de bumerán para el sistema. Por el otro lado, la visión marxista se centraba en el análisis de la dinámica relacional entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, para desentrañar los mecanismos de sostén, y por tanto, de posible destrucción, del capital como generador de explotación y desigualdades sociales extremas (Marx y Engels). Pero lógicamente, esta visión era rechazada por la mayoría de los cientistas de todos los ámbitos, en una época en que la ciencia era casi exclusivamente manejada o financiada por la burguesía en franco fortalecimiento, ya fuera como élite política instituida, o como clase económica dominante.

Esta sociedad regida por la competencia y la ley de oferta – demanda, necesitaba de un sistema científico capaz de expresarla, justificarla y acrecentarla. “Una vez más se hizo necesario, como a mediados del siglo XVII, separar los conceptos científicos de sus implicaciones sociales, crear la idea de una ciencia pura y, convirtiéndola en algo respetable, obligarla a florecer o, todavía mejor, a ser rentable. Esta transformación fue operada en gran parte por los utilitaristas (…) Al seguir las orientaciones de Adam Smith y de Jeremy Bentham, se impusieron la tarea de eliminar los viejos males tradicionales de la sociedad, mediante una legislación que dejara al capitalismo completamente libre. Solo así podría garantizarse la mayor felicidad del mayor número (leyes de la Economía según David Ricardo) En esta época, estaban seguros de que las eternas leyes de la sociedad, compuesta por un conjunto de individuos independientes que contrataban libremente entre sí, acabarían por ser del todo descubiertas por la ciencia. Al seguir con firmeza a sus nuevos profetas, los empresarios de la época dorada del capitalismo se aprestaron a demostrar cuan justas era sus convicciones” (Bernal, 2007: 397)

A mediados del siglo XIX, la ciencia estaba en manos de la clase media, que creía en la inevitabilidad del llamado progreso (visto como crecimiento económico), pero se negaban a reconocer todo lo concerniente a los efectos destructivos para grandes grupos humanos periféricos respecto al ámbito del poder acumulativo. A su vez, estos grupos empobrecidos y vulnerables a las variaciones del comportamiento del capital, consideraban en general a la ciencia y a las innovaciones técnicas como causa directa del acortamiento de sus salarios y del desempleo constante. De ahí que la actividad científica continuara viéndose como una forma más de expresión y garantía de poder de una élite dominante en lo económico y lo político.

Por su parte, la reciente diversificación de las ciencias sociales mostraba varias tendencias, entre las cuales predominaba el conservadurismo ideológico (Comte, Spencer, Durkheim), en una reacción de proponer como alternativa al caos social una especie de retorno al contexto cultural de la época feudal, reacción que también evadía la opción del cambio social emancipatorio como una proyección de la actividad científica y de sus aplicaciones tecnológicas. La excepción era, como ya se explicó, Marx y Engels con su crítica al papel tradicional de la filosofía y de los productos ideológicos de la ciencia comprometida con el capitalismo, pero en su contexto epocal fueron esencialmente incomprendidos por las grandes masas, y rechazados por la clase dominante.

Otra tendencia de rechazo a los efectos destructivos sociales del nuevo sistema productivo, la protagonizó el movimiento artístico y liberal, que protestó contra la degradación moral urbana y la ostentación vulgar de la riqueza, pero “al rechazar el industrialismo el movimiento artístico y liberal, también rechazó la ciencia, a la que consideraba (…) identificada con la maquinaria productiva y con todas sus consecuencias. En ese período de mediados del siglo empezó a manifestarse la separación entre científicos y humanistas, característica de nuestra época. Los humanistas no podían comprender el funcionamiento del sistema y solo producían emociones ineficaces; los científicos se encerraron en un aislamiento deliberado de todo aquello – arte, belleza o justicia en la sociedad- que no formaba parte, por aquel entonces, de su altamente especializado trabajo” (Bernal, 2007: 407)

Las dudas de humanistas sobre los modos y resultados del empleo de la ciencia, se hacen más evidentes a inicios del siglo XX con la fase de expansión imperialista, en la búsqueda del dominio de mercados internacionales. Por tanto la debilidad del enfoque social como componente de la actividad científica, se acentuó.

Mientras se ampliaba la brecha ideológica, se reforzaba un fenómeno epistemológico ya iniciado en el anterior siglo, de imitación de las ciencias naturales por las jóvenes disciplinas sociales, sobre la base de entender el concepto de ciencia como fuente de progreso a nivel mundial, y a partir de los contundentes descubrimientos en la Biología, Astronomía, Física, entre otras. El amplio dominio epistemológico de las ciencias físico-naturales determinó el auge de la corriente filosófica “Positivismo”, que impregnó todas las manifestaciones de la vida científica, artística, religiosa, pedagógica, jurídica, política, y filosófica propiamente como perspectiva utilitarista, coordinadora de todo aquel conocimiento. Desde esa lógica se asociaba el alcance del progreso real científico al establecimiento de las verdades de hecho y no de razón, con lo que se hiperbolizaba el llamado conocimiento científico en la vida humana (Guadarrama, 2004) Ello se tradujo en la práctica de un culto extremo a la ciencia clásica de la exactitud (relegando incluso la Filosofía al rol de auxiliar de aquella), y una manifestación de culto también a la tecnología, cuyo concepto en aquellos momentos no rebasaba el de mera técnica.

El propio pensamiento social que pretendía ser reconocido como científico, se identificaba con la necesidad de borrar todo vestigio de cultura medieval, las deidades y creencias, en el orden de concentrarse en las demandas de conocimientos prácticos, probados objetivamente. “Y para ello debía alejarse de la interferencia de otros valores e intereses extrínsecos al valor y al interés cognoscitivo” (Núñez, 2002: 59) Esta imagen del científico como cultivador de la verdad, ajeno a presiones e intereses no científicos, había sido cultivada en las universidades durante todo el siglo XIX, con raíces en la filosofía y la sociología positivistas, y según Núñez (2002), se convirtió en una especie de ideología grupal de los científicos académicos, como antídoto para cualquier cuestionamiento recibido supuestamente de agentes externos. “Entonces se levanta la bandera de la autonomía, y la búsqueda desinteresada de la verdad se presenta como un valor supremo” (Núñez, 2002: 64)

A esto contribuyó la progresiva institucionalización de la actividad científica, en el nivel universitario primeramente, y luego a través de organizaciones gubernamentales para su difusión, coordinación y desarrollo de investigaciones, ya entrado el siglo XX. En ese proceso, se le dejó a los propios científicos la potestad para seleccionar libremente las áreas de investigación, sin un compromiso directo con el contexto ético-cultural, solo con la industria como fuerza orientadora, y en muchos casos, financiadora, en el camino de responder a las metas de lo que se consideraba progreso (crecimiento económico – acumulación de capital-modernización de las relaciones de producción, lo que se tradujo en la concepción Investigación – Desarrollo (I+D). Esta tendencia de la industria, no solo como orientadora, sino como productora de ciencia directamente, se fortaleció a lo largo del siglo XX, en la medida que se fortalecía el sector empresarial y su incidencia en el funcionamiento político de las naciones.

Se desarrollaron de manera creciente políticas científicas y tecnológicas, apoyadas por programas de posgrado en facultades de ingeniería y también de ciencias sociales como apoyo a esa ideología, donde ciencia y tecnología se articulaban en megaproyectos, que encontraban un amplio campo de aplicación en las guerras, y en el complejo de la industria militar en general. “El interés gubernamental, empresarial y la investigación universitaria, van a converger en los años 50 en el propósito de acelerar el desarrollo económico de los principales Estados capitalistas” (Núñez, 2002: 70), lo que se traducía en un mayor control de las naciones antes colonizadas, ahora controladas por mecanismos económico-políticos, detrás de los llamados proyectos de compromisos de las antiguas metrópolis con el desarrollo de las antiguas colonias.

II. Aportes de los nuevos paradigmas de producción de conocimientos a la asunción orgánica del carácter social de las ciencias naturales.

Con la tercera Revolución Industrial en los años setenta del siglo XX, ante el dominio de la computación, la energía nuclear y las revelaciones sobre el código genético, se impone a la industria la necesidad de un nuevo paradigma tecnológico, liderado por el sector electrónico, con una desenfrenada demanda de información, conocimientos, innovaciones técnicas e investigaciones aplicadas, en función de una fuerte competencia comercial transnacionalizada. El sector informático comenzó a ser determinante en las formas de organización y gestión del trabajo, de administración pública, de interrelaciones humanas, con amplias ventajas para los grupos sociales con acceso a ese poder tecnológico, al asegurarse el control de las fuentes de información, esencial para el dominio político y cultural sobre los otros grupos humanos, lo que constituye un soporte económico incuestionable a la globalización neoliberal en la actualidad.

Por tanto, los efectos culturales se sintetizan, lejos de responder a auténticas demandas de desarrollo socioeconómico de amplios grupos humanos,  es funcional a la carrera actual por el dominio de los mercados mundiales en manos de una élite de poder globalizado, a través de la manipulación de las conciencias y de los valores culturales de las sociedades. Esto evidencia hoy la amplia brecha entre la ciencia y el necesario enfoque sociocultural que debe estar en su propia base. Por ello, es también palpable la disminución del tradicional apoyo o admiración pública hacia  la actividad científica, por el creciente cuestionamiento al carácter ideológico de sus bases, fines y proyecciones. En esa suspicacia a nivel mundial, ejerce un fuerte condicionamiento en la actualidad el imaginario social identificado con la gravedad del problema ecológico, y los peligros que se ciernen sobre la humanidad dentro de ese entorno.

El fortalecimiento del tema ético, frente a la evidencia de que la ciencia no es solamente una búsqueda desinteresada de la verdad, se expresa en el ámbito de los paradigmas científico – sociales con marcadas tendencias desde la segunda mitad del siglo XX, en particular en sus últimas tres décadas. El contexto filosófico de la Posmodernidad cuestionó los cimientos del gran relato o de la racionalidad de infinitud ideal de la historia, dos pilares filosóficos del poder  del sistema capitalista a nivel mundial, y puso en primer plano la necesidad de enfocar analíticamente la diversidad cultural propia de la humanidad, así como de imprimir a la actividad científica el valor ético valorativo de los límites del progreso, como crecimiento económico que debía atender a los efectos sociales, e incluir las variables culturales en los proyectos de desarrollo (Corcuff, 2003).

En las investigaciones sociales este sistema de concepciones epistemológicas se tradujo en la emergencia del llamado paradigma Socio-crítico, que se sustenta en una crítica a los fines tradicionales de la ciencia, tanto básica como I+D, de mantener una lejanía de la influencia de valores considerados como no puramente científicos, lo que la llevó por un camino ajeno a intereses genuinos de las grandes mayorías sociales, y funcional a poderes políticos que han puesto en peligro la estabilidad del planeta, por lo que este paradigma crítico establecía como una pauta obligada para la ciencia, el compromiso con fines de transformación emancipatoria de la humanidad (Fals, 1999).

A pesar de la fuerza de estas tendencias en el ámbito de las ciencias sociales, debió materializarse principalmente en micro proyectos comunitarios, fuera de las universidades e instituciones gubernamentales, dada la profundidad de sus cuestionamientos, o simplemente se asumieron algunos elementos prácticos a en estudios de clima psicosocial laboral, donde era necesario mostrar a los grupos de trabajadores algunos pasos en materia de bienestar, para un mayor rendimiento productivo (Orozco, 2007). Esto sucedía en décadas de amplia represión política en América Latina, donde el esfuerzo de los gobiernos estaba encaminado en primera instancia a garantizar el marco de aplicación de los llamados proyectos de modernización tecnológica, de industrialización y de crecimiento económico, de acuerdo con las fórmulas occidentales emanadas del paradigma tecnológico I+D. Por tanto, se constataban pasos de avance en la concienciación de la necesidad del enfoque sociocultural de la ciencia, pero no a nivel macro institucional.

Mientras, a nivel mundial en las últimas décadas se evidencia una transición ascendente en ciencia y tecnología y en procesos de innovación, ya no solo en los centros económicos occidentales, sino también en los países asiáticos recientemente industrializados, cuyas políticas científico tecnológicas se orientan en función de las necesidades del mercado altamente competitivo, con un papel importante del estado junto a las empresas privadas, donde se sigue priorizando la Investigación + Desarrollo dentro del propio sector empresarial, privado mayoritariamente, lo que garantiza indudablemente un crecimiento económico a los países, pero con enormes costos sociales que no son debidamente atendidos desde las políticas científicas por lo general, en momentos en que está demostrado que el desarrollo tecnológico no necesariamente favorece el empleo, ni en sentido general el bienestar psicosocial de grandes grupos humanos.

La lógica seguida por la integración de ciencia y tecnología con la sociedad ha llevado a denominarla “sociedad del conocimiento”, por el desenfrenado ritmo de producción de información y/o conocimientos, y su creciente papel de soporte de las economías capitalistas, y de pauta determinante en la movilidad socio estructural de los individuos en sus respectivas naciones (Núñez, 2002). Pero precisamente por los efectos negativos, y la irracionalidad del actual aceleración del proceso de gestión de productos cognoscitivos en función del mercado, es cada vez más evidente el cuestionamiento a la denominación de “conocimientos” como la pauta movilizadora de la actividad científico técnica, porque muchos analistas llaman la atención sobre el hecho de que información no equivale a conocimiento, y de que “también genera ignorancia y desconocimiento en ausencia de marcos teóricos, conceptuales y axiológicos que le den sentido” (Morín en Núñez, 2002: 88).

Estos cuestionamientos se insertan en los análisis desde las últimas décadas del siglo XX, sobre la ciencia como actividad social, aportados por pensadores de disciplinas como la Filosofía y la Sociología de la ciencia, con determinados valores humanistas o contrapuestos al positivismo, ante el rápido deterioro social y ecológico al que ha contribuido la actividad científico técnica, muy marcada por la ideología tecnicista y cuantitativista de progreso de aquellas élites económicas y políticas que la financian, promueven y determinan en gran medida.

La creciente reflexión crítica sobre la filosofía de los últimos tres siglos ha centrado su atención en la actitud “depredadora” del hombre sobre la naturaleza a través de la ciencia proveedora de productos materiales y aplicaciones técnicas, libre de interferencias subjetivas cuestionadoras, lo que ha cimentado el pensamiento desarrollista y economicista, y con este, la absolutización, o la irracionalidad, en las vías para materializar los proyectos desarrolladores (Mateo, 2000).

Precisamente en este contexto crítico se inserta el enfoque conocido como Ciencia, Tecnología y Sociedad, que argumenta la estrechez de la identificación de la ciencia con conocimiento probado como sistemas teóricos, y visualiza su carácter de actividad social institucionalizada, o forma de expresión de una cultura en la que son reconocidos, y se auto-reconocen, los individuos que la practican, al compartir finalidades, valores, códigos ético – ideológicos, creencias, en los marcos jurídico – político establecidos desde el poder a nivel macro, y en la comunidad científica u organización a nivel micro (Núñez, 2002). Al propio tiempo, critica la imagen tradicional de la tecnología como mera cuestión procedimental resultante de destrezas técnicas, y legitima su carácter de práctica social integradora de “conocimientos, destrezas, problemáticas organizacionales, valores e ideologías” (Núñez, 2002: 93), igualmente sujeta a una intencionalidad de quien la posee, de modo que se convierte en un medio de control y poder económico y político sobre individuos y territorios.

Esta visión se enriquece con los aportes de la perspectiva de la complejidad, referidos a la necesidad de recuperar en el conocimiento científico la noción de totalidad de la realidad objeto de estudio y transformación, ante la creciente complejización de las sociedades, y la capacidad autodestructiva acumulada por la tecnología, que ponía en crisis su condición tradicional de eje central e incuestionable del progreso. Ahora se argumenta y se evidencia “el papel de los valores como instrumentos para la definición de los problemas sociales relevantes, y para la identificación de las opciones de transformación” (Espina, 2004: 21)

Igualmente la visión de interdisciplinariedad recibe otra mirada desde el paradigma de la complejidad, en la búsqueda de una integración dialéctica científica. Según Elizalde (1993) la más efectiva transdisciplinariedad se lograría con un intercambio dinámico de las ciencias exactas, las humanistas, el arte y la tradición, porque en definitiva todas se enfocan en realidades directa o indirectamente ligadas con la vida del ser social.

Sin embargo, desde ambas perspectivas críticas (complejidad y enfoque CTS), se reconoce que todo intento dialéctico de asumir como praxis la relación entre ciencia, tecnología y sociedad, queda limitado por la ausencia de estrategias sistémicas de educación de estudiantes de ciencias naturales y técnicas, en materia de percepción social de su objeto científico – tecnológico (Núñez, 2002). Al propio tiempo se percibe insuficiencia de voluntad  política traducida en estrategias gubernamentales, capaz de comprometer la actividad científico técnica con regulaciones ético – humanistas que cuestionen sus fines, sus efectos para las mayorías sociales, en momentos de agudización de la competencia global por el dominio de nuevos mercados que sostengan el crecimiento productivo, cuando los recursos se agotan por la propia gestión irracional de la ciencia y la tecnología.

Conclusiones:

Las raíces filosóficas de la concepción materialista, vinculadas a los progresos  del conocimiento empírico demostrable sobre la naturaleza y la sociedad, debieron evolucionar en antagonismo con las concepciones idealistas, lo que sumado a la división aristotélica entre ciencias de lo posible (ética, política, retórica, poética) y ciencias de lo necesario (matemática, física y filosofía), asoció un margen de inseguridad, falta de veracidad, e incluso, de especulación, a las disciplinas sociales y humanísticas, que condicionaría hasta hoy el escaso reconocimiento del enfoque sociocultural de las ciencias naturales.

El Renacimiento dio paso a una Revolución económica que condujo a una ciencia experimental, lo que dejaba atrás a la Iglesia como expresión intelectual y administrativa, y con ella al sistema de valores feudales que no eran mensurables. El propio pensamiento social que pretendía ser reconocido como científico, se identificaba con la necesidad de borrar las deidades y creencias, para concentrarse en las demandas de conocimientos prácticos, probados objetivamente. Este proceso contribuyó a fortalecer la imagen del científico como cultivador de la verdad, ajeno a presiones e intereses de índole subjetiva, y con total potestad para seleccionar libremente las áreas de investigación, sin compromiso directo con el contexto ético-cultural, solo con la industria como fuerza orientadora.

El nuevo paradigma tecnológico regido por el sector informático, fruto de la tercera Revolución Industrial en los años setenta, reporta amplias ventajas a los grupos sociales con acceso a ese poder tecnológico, al asegurarse el control de las fuentes de información, esencial para el dominio político y cultural sobre los otros grupos. Ante este contexto se fortalece el tema ético, evidenciando que la ciencia no es solo búsqueda desinteresada de la verdad.  La Posmodernidad visibilizó éticamente los límites del progreso como crecimiento económico, y fundamentó la necesaria inclusión de variables culturales en los proyectos de desarrollo. El paradigma Socio-crítico criticó el rechazo de la ciencia hacia valores considerados como no puramente científicos, lo que la convirtió en funcional a poderes políticos peligrosos para la estabilidad del planeta.

El enfoque de Ciencia, Tecnología y Sociedad de las tres últimas décadas argumenta la estrechez de la identificación de la ciencia con conocimiento probado y sistemas teóricos, y visualiza su carácter de actividad social institucionalizada, o forma de expresión de una cultura en la que son reconocidos, y se auto-reconocen, los individuos que la practican, legitima su carácter de práctica social integradora de conocimientos, destrezas, problemáticas organizacionales, valores e ideologías, donde estos valores se tornan instrumentos para la definición de problemas sociales relevantes, y para la identificación de las opciones de transformación.

El paradigma de la Complejidad actualmente sustenta la transdisciplinariedad para el logro de un intercambio dinámico de las ciencias exactas, las humanistas, el arte y la tradición. Sin embargo los límites siguen siendo evidentes, por la ausencia de estrategias sistémicas de educación de estudiantes de ciencias naturales y técnicas, en materia de percepción social de su objeto científico – tecnológico, y por la falta de una voluntad  política traducida en estrategias gubernamentales, capaz de comprometer la actividad científico técnica con regulaciones ético – humanistas que cuestionen sus fines, sus efectos para las mayorías sociales. 

Bibliografía.

1. Bernal, John D, 2007, La ciencia en la historia, Editorial Científico Técnica, La Habana.

2. Buch Sánchez, Rita M, 2007, Introducción a la filosofía antigua, Editorial Félix Varela, La Habana.

3. Colectivo de autores, 1999, Tecnología y sociedad, Editorial Félix Varela.

4. Corcuff, Philippe, 2003, Las nuevas sociologías, Editorial Félix Varela, La Habana.

5. Elizalde A, 1993, “Hacia una epistemología integradora: paradigmas y metáforas”, en I. Osorio y Weinstein, eds., El corazón del arco iris. Lecturas sobre nuevos paradigmas en educación y desarrollo, CEAAL, Santiago de Chile.

6. Espina Prieto, Mayra Paula, 2004, “Humanismo, totalidad y complejidad. El giro epistemológico del pensamiento social y la conceptualización del desarrollo”, en Linares, Cecilia, eds., La participación, diálogo y debate en el contexto cubano, CIDC “Juan Marinello, 2004.

7. Fals Borda, Orlando, 1999, Selección de lecturas de Investigación Acción Participativa, CIE Graciela Bustillos, La Habana.

8. Guadarrama, Pablo y Suárez, Carmen, 2000, Filosofía y sociedad T. II, Editorial Félix Varela, La Habana.

9. Mateo, José M. y Suárez, Carmen, 2000, “La ciencia ante el debate ambiental: el cambio de paradigmas”, en Guadarrama, Pablo, Filosofía y sociedad T. II, Editorial Félix Varela, La Habana.

10. Núñez Jover, Jorge, 2002, La ciencia y la tecnología como procesos sociales, Editorial Félix Varela, La Habana.

11. Portal Moreno, Raiza y Recio Silva, Milena, 2007, Comunicación y comunidad, Editorial Félix Varela, La Habana.

Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Díaz Machado, Nayibis y Fernández Medina, Carlos: "Factores históricos y epistemológicos condicionantes de la debilidad del enfoque social en las ciencias naturales" en Revista Caribeña de Ciencias Sociales, mayo 2013, en http://caribeña.eumed.net/ciencias-naturales/

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