LOS CONSUMOS DESDE LA SOCIOLOGÍA. ACERCAMIENTOS CONCEPTUALES

Resumen.
Las investigaciones sobre consumos se han multiplicado al punto de que hoy se advierten diferentes perspectivas de análisis que reproducen la compartimentación y fragmentación desde las ciencias sociales. Conocemos de teorías económicas, psicosociales y antropológicas sobre los consumos; teorías literarias y de la comunicación que abordan estos procesos desde los estudios de audiencias; así como teorías socioculturales que enfatizan los consumos desde la significación. Los autores de este presente trabajo realizan una sistematización sociológica del consumo desde el proceso de reproducción social para connotar dos perspectivas de análisis: el consumo como estratificación social y el consumo como estilo de vida.

Palabras claves.
Consumos culturales, estratificación social, reproducción social, consumo como apropiación, consumos como estilos de vida.

Introducción.

En la construcción de un marco teórico para explicar los procesos del consumo cultural, se ubica con mayor fuerza el de asumir al consumo como apropiación. Ello hace distinguir que las prácticas y conductas sociales se orientan  por pautas y normas sociales, el cual sugiere la recuperación de los conceptos de uso, formas y estrategias pues  permiten observar el consumo desde dos caras: como formas y como estrategias de consumo. Preguntarnos por las formas de consumo de un objeto significa adentrarnos a las vivencias temporales y espaciales de tal consumo y a su vez, advertir el proceso de estructuración y la manera en que un determinado sector social vive su posición en la estructura social.

Esta aseveración contribuye a entender el estudio del consumo cultural no sólo como la indagación estadística del modo en que se compran las mercancías, sino también el conocimiento de las operaciones con que los actores sociales seleccionan y combinan los productos y los mensajes, conocer cómo los consumidores mezclan las estrategias de quienes fabrican y comercian los bienes con las tácticas necesarias para adaptarlos a la dinámica de la vida cotidiana. Las prácticas culturales reproducen la relación entre la acción y la estructura, pues ellas sólo existen en y mediante las actividades de los agentes humanos y que se hace posible debido a la existencia de normas y recursos, A. Giddens (2010)

En el presente artículo  se realiza una sistematización sociológica del consumo desde el proceso de reproducción social para connotar dos perspectivas de análisis: el consumo como estratificación social y el consumo como estilo de vida.

1.1.- El consumo cultural en los estudios sociológicos: de la alineación a la apropiación.

El consumo y consumo cultural son dos conceptos que la sociología ha incorporado a sus desarrollos teóricos y en torno a ellos se han construido teorías que explican los complejos procesos de la realidad contemporánea. Esta idea permite aseverar que el fenómeno del consumo ha devenido un tema de interés para todos los que han reflexionado sobre las transformaciones de la modernidad, que si bien para algunos estudiosos esta  materia no ha llegado a constituirse en un marco conceptual sólido (J. Callejo, 1995; A. Martínez, 1998, 1999; G. Sunkel, 2002), los recorridos que se han realizado desde la sociología clásica ofrecen sustantivos recursos para ubicar encuadres teórico y metodológico cuando de consumo y consumos culturales se trata. (K. Marx, -el fetichismo como mercancía-1973; M. Weber,- la ciudad como consumo- 1971; G. Simmel-la moda en la cultura del consumo; B. Veblen-  la acumulación dineraria y  clase ociosa- ; M. Mauss –formas de intercambio económico como instituciones sociales-1923; M. Auge –el consumo en la interacción en los espacios del anonimato-, 2000; P. Bourdieu –la dimensión simbólica de las prácticas sociales, disposición adquirida para apreciar y diferenciar- 1979, Baudrillard – el consumo como un modo de actividad sistemática y de respuesta global en el cual se funda todo nuestro sistema cultural- 2009; M. Featherstone,  2000- los consumos de los bienes significan antes que los propios bienes, los “burgueses bohemios”- 1991; García Canclini- el consumo cultural como construcción identitaria- 1989, 1994; M. Barbero como producción de sentidos, por los usos que le dan forma social; G. Sunkel, Soldevilla, 2002; 2006; A. Martínez- M. Tamayo, 2013, G. Castells, 2013; Lipovesky, 2008, con el análisis de la sociedad como decepción.

Los desarrollos que ha alcanzado la sociología contemporánea en los últimos 70 años ha permitido abrir un campo disciplinar que centra sus análisis en la cultura donde el consumo aparece como concepto dentro del proceso de la reproducción social .Con ello asistimos a un cambio de paradigma: el paso del consumo como alineación al consumo como apropiación, al considerar al consumidor como un agente activo, donde adquieren connotaciones argumentativas los conceptos de usos, apropiaciones y estrategias.

En este recorrido se advierten teorías clásicas y escuelas de pensamiento  que repercutieron en las maneras de analizar  el consumo, no sólo como concepto sino también como elemento fundamental en la transformación de la sociedad capitalista. Un conjunto de corrientes, sobre todo dentro de la sociología, la economía, la filosofía, la psicología y la antropología, han facilitado el contexto de la conformación del concepto consumo, cuyos basamentos se hallan en el siglo XIX.

Estas teorías comienzan a obtener expresividad, especialmente, a partir de los aportes de la Escuela de Frankfurt (Téllez: 2013). La apropiación, traducción y reformulación de teorías de la cultura surgidas en la Europa de la post guerra – los trabajos de la escuela de Frankfurt con Erich Fromm, Herbert Marcuse, Theodor Adorno, Walter Benjamín, Marx Horkheimer)[1] con una tradición marxista, expresaban que los puntos de vista de K. Marx precisaban de ser radicalmente revisitados para poder ser aplicados en la actualidad, al argumentar que Marx no había dado una atención suficiente a la influencia de la cultura en la sociedad capitalista (Giddens: 2008, pp. 465).

Cambiaron entonces las perspectivas, pues, en lugar de una orientación exclusivamente hacia los estudios marxistas como fue originalmente, se programaron investigaciones interdisciplinarias, dando lugar a la que fue llamada “teoría crítica”. Se constituyó como su proyecto al retomar y profundizar la teoría de Marx (como teoría crítica del capitalismo), e incorporan a través de Fromm y Marcuse, el psicoanálisis y los desarrollos de S. Freud en lo relativo a la sociedad, a la teoría crítica; el nuevo marxismo de Louis Althusser, Antonio Gramsci; los estudios culturales británicos (Muñoz: 2009) de Raymond Williams, Richard Hoggart y  Stuart Hall.[2]

La trayectoria histórica por las principales aportaciones al análisis sociológico del consumo permite advertir dos líneas temáticas que de conjunto ofrecen un corpus sociológico disciplinar: la sociología del consumo y la sociología del consumo cultural desde corrientes como el funcionalismo, constructivismo estructural, neofuncionalismo, teorías culturales y de la comunicación.

Para las  autoras de este trabajo el eje que ha permitido articular el desarrollo de los estudios sociológicos del consumo es la tríada usos, formas y estrategias y por consiguiente, el principal fundamento para exponer y argumentar el marco de explicación en el  proceso de reproducción social. Con este encuadre se explicitan el consumo y el consumo cultural, y que a su vez,  con el empleo de estos conceptos se posibilitan encontrar respuestas a las nuevas prácticas de consumos culturales que comienzan a caracterizar a una buena parte  de nuestras sociedades.

 

Gráfico No 1. El consumidor como agente activo.

Fuente: Alicia Martínez y Teresa de Jesús Andrade.

 

Las ideas que sustentan este encuadre son las siguientes:

ü  El consumo es un hecho social total (Marcel Mauss). Las sociedades se organizan también simbólicamente.

ü  El tránsito del consumo como alineación al consumo como apropiación (subjetivación de lo objetivo en las que emergen los conceptos de usos, formas y apropiaciones). Desde K. Marx la concepción del uso y el consumo como apropiación se presentaron como articuladores de hábitos y aspiraciones vitales.

ü  El consumidor es un agente activo. Los significados que los sujetos dan a esas realidades expresan una acción estructurada y repetida en el tiempo.

ü  Los usos se configuran como los lugares claves entre agentes y mercancías.  Las formas de  consumo recoge el concepto de habitus; las estrategias que asume el concepto de aspiraciones vitales y las apropiaciones material y simbólica.

ü  Es en la estructura social donde los usos encuentran su principio ordenador, capaz de sintetizarlas.

ü  En la relación del consumidor con los objetos de consumo se producen las apropiaciones, así como la posición del consumidor con otras posiciones sociales (reproducción social)

ü  Las estrategias que se elaboran son formas estructurantes  de consumo.

ü  Las formas estructuradas de consumo encierran los significados de una práctica social.

La trayectoria histórica por las principales aportaciones al análisis sociológico del consumo que se expone mediante el gráfico  solo adquiere sentido si la situamos en una doble perspectiva contextual: por un lado, debemos tener en cuenta los propios avances en la teoría sociológica que tiende a otorgar un carácter más activo a los sujetos en la construcción de la realidad social (T. Veblen, 1974; G. Simmel, 1976, 1999;  Baudrillard 2009), y por otro, las transformaciones que experimentan las sociedades capitalistas hasta el punto de poder distinguir distintas fases o etapas en la sociedad de consumo (De Certeau, 2000; M. Augé, García Canclini, 1989, 2000; M. Barbero; M Bisbal, 2006).

Para las autoras  se significa que solamente teniendo en cuenta el entorno social y cultural más amplio, podremos entender ese deslizamiento o transición teórica del análisis sociológico del consumo desde una concepción de éste como mero marcador o expresión de la posición económica y donde el valor de uso orienta las prácticas,  al énfasis en el consumo cultural, como marcador simbólico, a partir del cual se configuran  la identidad individual y social. (López de Ayala: 2004, Tamayo Téllez: 2013; Gómez Castells: 2013).

El recorrido del concepto permite precisar dos momentos: la práctica de consumo bajo la orientación del valor de uso y la práctica de consumo bajo la orientación del valor simbólico.

A continuación se explican los momentos de la trayectoria del consumo, asociados a los conceptos de usos, formas y estrategias, conceptos que marcan la transición del consumo desde el proceso de producción, al proceso de reproducción simbólica. En este recorrido los conceptos son los que revelan las corrientes de pensamiento sociológicas, en su afán de atrapar las realidades.

II.- Los consumos desde la estratificación social.

El estudio del consumo desde la perspectiva sociológica más tradicional ha venido muy vinculado al análisis de la clase social como categoría sociológica básica, en la búsqueda de correlatos  entre el acceso diferencial al consumo y la estratificación en clases sociales de las sociedades capitalistas industriales. (K. Marx; M. Weber G. Simmel, T. Veblen; M. Mauss). De esta manera una primera línea de análisis del consumo puede ser vinculado con la estratificación social, desde un modelo que se inicia con la tradición economicista.  En esta perspectiva adquiere importancia el concepto de mercancía trabajado por K. Marx  para ahondar en las variadas connotaciones que la transacción comercial lleva implícitas.

Las mercancías vienen al mundo bajo la forma de valores de uso u objetos materiales: hierro, tela, trigo, etc. (…) Sin embargo si son mercancías  es por encerrar una doble significación: la de objetos útiles y, a la par, la de materializaciones de valor. Por tanto, solo se presentan como mercancías, solo revisten el carácter de mercancías, cuando poseen esta doble forma: su forma natural y la forma de valor. (K. Marx, 1973: 15)

 

Con el análisis que Marx plantea en El Capital la sociología clásica introduce una diferenciación en el concepto de dinero, en tanto que el valor de uso instrumental le añade el valor de cambio o precio. Dicha asociación lleva a la cosificación, a considerar al trabajador como mercancía y al capital como sujeto, del que se desprende el fetichismo de la mercancía.

A primera vista, parece como si las mercancías fuesen objetos evidentes y triviales. Pero, analizándolas, vemos que son objetos muy intrincados, llenos de sutilezas metafísicas y de resabios teológicos. Considerada como valor de uso, la mercancía no encierra nada de misterioso, dando lo mismo que la contemplemos desde el punto de vista de un objeto apto para satisfacer  necesidades del hombre o que enfoquemos esta propiedad suya como producto del trabajo humano. (Ibíd.: 38)

 

En este contexto de desarrollo del capitalismo, el sujeto ha perdido la relación directa con el objeto de su trabajo.  Se produce así una alineación respecto a la propia actividad de producción, en la que se articulan las mercancías, su producción y necesidades de consumos. Marx pone al descubierto desde las primeras páginas de El capital cómo se atribuye valor a la mercancía, que es solamente un valor producido por los mismos hombres en el proceso de relaciones de producción.

K. Marx traza el análisis del sistema capitalista partiendo del paradigma de la producción y, sin embargo, al analizar la esencia misma de la mercancía resultado de este nuevo modo, inicia ya el fundamento crítico de la fase capitalista del consumo. La forma mercancía constituye un modelo estructurante de las relaciones sociales en su conjunto, donde se convierte el uso en trascendente al propio valor de cambio y abre la posibilidad de existencia de valor de uso sin necesidad de valor de cambio y  sin su reciproca relación. (Callejas: 1996).

Sin embargo, una lectura más acuciosa de esta obra en su primer capítulo dedicado a la Mercancía y Dinero  (Marx: pp. 3-109), en el que el consumo es planteado desde el proceso de producción, el concepto de uso puede ya ser ubicado en el ámbito de la  apropiación (subjetivación de lo objetivo), valoración no sólo realizada por los autores del presente artículo, sino que es también compartida por otros sociólogos y que son referenciados en esta investigación (Baudrillard: 1970; Veblen, 1974; Bourdieu: 2003, García Canclini: 1989, Callejas:1996, Martínez: 1998,  Téllez:2013) . Desde Marx se accede a una concepción del uso y el consumo como apropiación, capaz de articular hábitos y aspiraciones vitales, de articular las formas de consumo y las estrategias sociales en las que se incluye tal consumo (Téllez:2013)

El primer trabajo sobre la distinción social a través de consumo se debe a Thorstein Veblen, para el cual las bases de la buena reputación del ciudadano en sociedad yacen tanto en su capacidad pecuniaria, como en su disposición al consumo ostentoso. En otras palabras, las dos formas privilegiadas de indicar el estatus pecuniario de uno, de acuerdo con Veblen, son el ocio y el consumo conspicuo. Por ello, Veblen es el primer autor que defiende expresamente que los fenómenos del consumo dependen de la estructura social, y no de las necesidades naturales y de su libre satisfacción por parte del consumidor a través del mercado. (Soldevilla, 2002)

T. Veblen sigue la tendencia desarrollada por K. Marx. Su obra más conocida Teoría de la clase ociosa (1974)[3], centra sus análisis en los modelos de consumidor, también enfocado en la categoría sociológica de clase social, a la que denomina consumidor ostentoso y ciudadano distinguido, clase fuera del proceso productivo y la ubica dentro de la intelectualidad como clase destinada a la no productividad. Para Veblen, las sociedades se dividen irreparablemente en clases. Si bien existen varias de ellas dentro de un grupo extenso, por lo general adquieren una tendencia bipolar a constituirse en dos principales: la productiva-técnica y la ociosa.

Distingue el trabajo productivo del trabajo de los servicios. La clase ociosa surge de la concatenación de diversas variables. La primera y la más importante, la variable de propiedad con la cual obtiene como dato la ostentación de riqueza, aspecto éste de transferencia simbólica. Veblen, lo escribe muy claramente “la posesión de la riqueza confiere honor; es una distinción valorativa (individuos distinción)” (1974: 32). Esta necesidad de ostentar bienes los cuales toman un sentido simbólico, llevan indefectiblemente al “consumo conspicuo”. Precisamente, éste es uno de los valores más presentes y distintivos de la “clase ociosa”. Los individuos que forman parte de la clase ociosa se interesan por las cuestiones teóricas y abstractas, en cierta forman establecen ciertos códigos y normas de modales para adoctrinar a las clases productivas. Por tanto para Veblen, conforman en general a este grupo: gobernantes, deportistas, clérigos, militares e intelectuales. “En el proceso de la evolución cultural, la aparición de una clase ociosa coincide con el comienzo de la propiedad. Es necesario que así ocurra porque ambas instituciones son resultado de la misma conjunción de fuerzas económicas. En la fase preliminar de su desarrollo no son sino aspectos diferentes de los mismos hechos generales de la estructura social. (…) El ocio y la propiedad nos interesan para nuestro propósito en cuantos elementos de la cultura social -hechos convencionales (…) (ibíd.: 26)

El  ocio para el autor no significa otra cosa que “pasar el tiempo sin hacer nada productivo: 1) por un sentido de la indignidad del trabajo productivo, y 2) como demostración de una capacidad pecuniaria que permite una vida de ociosidad” (Ibíd.: 51). Con Veblen podemos entender el consumo como el ritual que nos permite reproducir la estructura social mediante la ostentación, a partir del estudio realizado en la sociedad norteamericana, donde la tenencia de la propiedad, constituyó el principal recurso para su clasificación dentro de la teoría de clases, cuyo valor instrumental se mantiene hasta nuestros días.

K. Marx y T. Veblen configuran los pilares de una sociología del consumo pluridimensional  y que hallamos en dos de las obras más importantes del pensamiento social de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX y lo que va del siglo XXI: El capital y Teoría de la clase ociosa, respectivamente. Estas obras  continúan suscitando reflexiones críticas para llegar todos a la conclusión de que sus ideas constituyen bases para realizar estudios de consumos en sociedades cada vez mas segmentadas y diferenciadas por el lugar que ocupan los grupos dentro del proceso de producción de bienes materiales y de servicios. Los conceptos de mercancía,  necesidad y clase ociosa permitieron y permiten graficar relaciones de clases que siguen ordenándose no sólo por el tipo de propiedad, sino también, por el sentido que se le imprime a lo que se posee y que le condiciona una determinada distinción.

III.- El consumo como estilo de vida.

Dentro de la misma orientación dada por el modelo económico, en el que el valor de uso es el marcador del consumo, la sociología se enriquece con la postura que desarrolla G. Simmel, al considerar el consumo como una práctica de diferenciación de grupos, clases y culturas, para continuar profundizando la perspectiva de la reproducción social. Con Simmel, el concepto de uso adquiere nuevos contenidos al comenzar un giro en el consumo desde su dimensión social. La mirada penetrante de Simmel a las dinámicas citadinas, favoreció de manera extraordinaria el desarrollo de la teoría del consumo. El caleidoscopio sociológico contempló una diversidad de imágenes que fueron convertidas en valiosos datos para explicar los nuevos fenómenos de una sociedad más plural y significativa.

La sociedad de la que participa se encuentra en el momento de transición, rico en tensiones latentes, entre una industrialización consolidada y los efectos no previstos de la misma.  Simmel vive entre el capitalismo de producción, triunfante en apariencia, y las primeras crisis de éste. Como Veblen, Simmel se enfrenta a un modelo de sociedad que  es el del consumo conspicuo, el consumo distinguido y  notable: el consumo de la distinción, (…) es decir una calidad determinada, casi siempre considerada como innata (se habla de «distinción natural»), del porte y de los modales, de hecho no es más que diferencia, desviación, rasgo distintivo, en pocas palabras, propiedad relacional que tan sólo existe en y a través de la relación con otras propiedades (…)” (P. Bourdieu: 1997, p. 16). Una sociedad en la que la acumulación dineraria de la industrialización engendra una nueva clase ociosa. Pero para  Simmel, los consumos conforman y matizan estilos de vida.

La mirada de Simmel es pionera en el análisis de la sociedad de consumo precisamente porque es el primero en plegarse a la vida de las cosas, a lo fugaz que adviene, a los sujetos sociales fabricados por la nueva cultura, catapultados por las incipientes industrias del consumo: el periódico, las revistas, el cine mudo, cuyos productos adquieren fisonomías en las arterias comerciales. Su peculiar método de análisis de la realidad -viajar, caminar por las calles, observar y anotar las cosas, escribir ensayos- (Marinas: 2000) le permitió desarrollar la capacidad de asociación y desplegar una alta sensibilidad necesaria para percibir  las nuevas relaciones que se construyeron alrededor de objetos con una temporalidad efímera, como lo es la moda. El sujeto del consumo no es el individuo, sino el entramado de relaciones reales y simbólicas que éste mantiene con cosas y que Simmel etiquetó como  estilo de vida. El objeto del consumo no es el bien que se compra, sino una red mayor de pautas culturales, de relatos y signos en la que los objetos se presentan y adquieren argumento, esto es, sentido, por el uso que se le otorga.

De estos rasgos de su contexto, de un capitalismo pujante, vertiginoso, acosador, se sigue bien el derrotero teórico y metodológico de Simmel al abordar la cultura del sistema capitalista, en la medida en que va apareciendo como un sistema no sólo de producción, sino como un modo de vida que abarca las esferas de la cotidianidad. La mirada simmeliana captó una amplia variedad de materiales  dados por la realidad vivida por él,  con los cuales logró explicar el silencioso advenimiento de la sociedad de consumo. Los nuevos escenarios mediados por el dinero y la lógica de la mercancía, los espacios urbanos con sus arterias comerciales, los estilos y la moda, son hoy recursos imprescindibles en la incursión de los estudios del consumo dentro del proceso de  reproducción social. Simmel ha dejado una agenda aún sin ser escudriñada en su integralidad por la sociología.

En La filosofía del dinero (1976) se vislumbra la lógica interna de la incipiente sociedad de consumo, en el que se destacan el carácter global y no sólo económico del consumo y del intercambio representado en el dinero; la superación del concepto de necesidad y la atención al deseo en la relación con las mercancías; la fundamentación de un concepto de mercancía y de valor que pretende leer los implícitos de Marx; la lectura del consumo desde el concepto de estilo de vida.

“Mientras las modas —y no se trata aquí sólo de modas en la vestimenta—duraban aún cierto tiempo y mantenían cohesionados círculos relativamente reducidos, podía darse, por así decirlo, una relación personal entre el sujeto y los contenidos singulares de aquélla… [el cambio hoy radica en] la multiplicidad de estilos que nos encontramos en los objetos de la vida cotidiana, desde la arquitectura de las viviendas a la impresión de los libros, desde las esculturas a los jardines, y la decoración de habitaciones en las que se acumulan al mismo tiempo el Renacimiento y el orientalismo, el barroco y el estilo imperio, el prerrafaelismo y la regularidad del realismo” (1976:581-582)

 

Simmel pudo percatarse que el sujeto moderno está afectado por la fragmentación de la vida en las ciudades. Con ello incorpora a la sociología el lado social del consumo. El consumidor construye su propio estilo de vida el cual reproduce. Se está en presencia de nuevas prácticas de consumo, diseminadas en las ofertas de servicios engendradas por las vidrieras, escaparates, casas de modas, recintos para el ocio, inserto en una amalgama de significado en el que se nota el uso dado por el consumidor.

En Simmel el concepto de  uso se constituye desde las prácticas cotidianas de los individuos y grupos; desde esa materialidad que son las relaciones sociales a partir de la posición ocupada en la estructura social, donde la adquisición de la mercancía marca un lugar dentro de las clases. Al uso se le  otorga un carácter estructural, pues distingue y diferencia un grupo de otro, pero también los usos destacan las formas de hacer. Comienzan a conectarse los conceptos de usos y formas, en una sociedad donde el consumo marca diferencias.

Dentro de esta misma línea –el consumo como estilo de vida- M. Weber deja a la sociología importantes lecturas recogidas en su texto La ciudad (1921). La ciudad  no es meramente el punto focal de la economía del dinero, es además la intersección de círculos y redes sociales de la división de trabajo, que posibilita la autonomía y libertad del individuo, a la vez que ámbito de la masificación, anonimato y alienación de los individuos y sus fragmentarias imágenes de las cosas.

M. Weber apoyado por sus estudios de sociología de la y la sociología  histórica, había investigado los distintos tipos ideales de estilo de vida que, relacionados con formas de vida y tipos de liderazgo, ofrecían las pistas para conceptualizar la noción de estatus. M. Weber no sólo desarrolla una teoría de la estratificación social basada en los criterios de gusto y diferenciación entre los distintos grupos sociales y ocupacionales, que facilitará los ulteriores programas de investigación de W. Benjamin y P. Bourdieu; sino que, además, despliega una teoría psicosocial de la acción frente a las consecuencias negativas de la modernización sociocultural, en la que una “personalidad valiosa” tiene que orientar su acción hacia el “estilo de vida”. De ahí, que la relevancia de las prácticas de consumo, en Weber, siempre tengan como horizonte la estilización de la vida.

Por su parte M. de Certeau enriquece la  noción de usos al identificar el uso que hacen de los objetos, grupos e individuos. Para él (…) el análisis de las imágenes difundidas por la televisión (representaciones) y del tiempo transcurrido en la inmovilidad frente al receptor (un comportamiento) debe completarse con el estudio de lo que el consumidor cultural “fabrica” durante estas horas y con estas imágenes. Ocurre lo mismo con lo que se refiere al uso del espacio urbano, los productos adquiridos en el supermercado, o los relatos y leyendas que distribuye el periódico (…). (De Certeau: 2000, p 35)

La presencia y la circulación de una representación (enseñada como el código de la promoción socioeconómica por predicadores, educadores o vulgarizadores) para nada indican lo que esa representación es para los usuarios. Insiste De Certeau que hace falta analizar su manipulación por parte de los practicantes que no son sus fabricantes. Solamente entonces se puede apreciar la diferencia o la similitud entre la producción de la imagen y la producción secundaria que se esconde detrás de los procesos de su utilización.

Usos y formas también desarrollados como conceptos por M. de Certeau devienen en las  “maneras de hacer” y que constituyen las mil prácticas a través de las cuales los usuarios se reapropían del espacio organizado por los técnicos de la producción sociocultural. Al ubicarse en la perspectiva de la enunciación, de Certeau privilegia” (…)  el acto de hablar: opera en el campo de un sistema lingüístico; pone en juego una apropiación, o una reapropiación, de la lengua a través de los locutores; instaura un presente relativo a un momento y a un lugar; y plantea un contrato con el otro (el interlocutor) en una red de sitios y relaciones (…) (Ibíd.35-49)

Con P. Bourdieu[4] la sociología del consumo se escinde para dar lugar a un nuevo corpus con los conceptos de espacio social, capital cultural, habitus y  campo,  al introducir la variable consumo cultural en la teoría de clases desarrollada en sus obras La Distinción. Criterios y bases sociales del gusto (1988), Razones prácticas sobre la teoría de la acción (1997), Creencia artística y bienes simbólicos. Elementos para una sociología de la cultura (2003). Demostró que para acceder a algunos consumos, nuevos, frecuentes, se requieren de reiteradas instrucciones de uso y que son resultado de un largo proceso de socialización, donde la familia, la escuela y otros dispositivos de la comunicación intervienen en ellos; es en la estructura social donde los usos encuentran su principio ordenador, a la que denominó habitus[5].

Bourdieu retoma las tesis de Veblen (relaciones entre consumo conspicuo y estructura social) y de Simmel y Weber (consumo, moda y preferencias de estilo de vida como estrategias de distinción social), para estudiar “las bases sociales del gusto” que intervienen en los comportamientos sociales del consumo, y que implican juicios diferenciales que al mismo tiempo identifican y vuelven inteligibles y clasificables los juicios y conductas de los individuos y de los grupos sociales.

Desarrolló minuciosamente los registros etnográficos lo que le permitió “(…) captar la lógica más profunda del mundo social a condición de sumergirse en la particularidad de una realidad empírica, históricamente situada y fechada, pero para elaborarla como «caso particular de lo posible», en palabras de Gaston Bachelard, es decir como caso de figura en un universo finito de configuraciones posibles. (…)”(Bourdieu, 1997, p. 12), en los que se advierte  una pluralidad de usos y formas de las apropiaciones simbólicas, en palabras del autor, la relación entre las posiciones sociales (concepto relacional), las disposiciones (o los habitus.) y las tomas de posición, las «elecciones» que los agentes sociales llevan a cabo en los ámbitos más diferentes de la práctica. (Ibíd: 16)

Para P. Bourdieu “Hablar de consumo cultural es decir que hay una economía de los bienes culturales, pero que ésta economía tiene una lógica específica (…) es un momento de un proceso de comunicación, es decir, un acto de  desciframiento, de decodificación que supone el dominio práctico o explícito de una cifra o de un código” (P. Bourdieu: 2003, p, 229-230)

La teoría del consumo en la obra  bourdieusiana  permite notar el lado simbólico de la reproducción social a partir de la conjunción  de lo objetivo y subjetivo como par de conceptos que desarrolla dentro de lo que él mismo denominó constructivismo estructuralista, en la que los patrones de percepción, pensamiento y acción constituyen el habitus, y por otro lado, las estructuras sociales, los campos. (Corcuff, 2003:31)

P. Bourdieu propone una diferenciación de clases atendiendo no únicamente a las propiedades o a las relaciones de producción sino a la manera en que estas propiedades en relación conforman un habitus de clase determinado y cómo éste se sostiene con las prácticas de las que es producto. De una manera concreta, el habitus depende de las relaciones que existen en un individuo / grupo entre el capital económico y el capital cultural. Propone una diferenciación de los habitus en función de la clase social, encontrándose en cada una, una multiplicidad de matices al modelo general (formas).

Las características propias de las sociedades modernas – que son sociedades individualistas, liberales y clasistas fundadas en la economía de mercado – han exigido sucesivas correcciones y readaptaciones del concepto de habitus, todas ellas orientadas a atenuar sus funciones reproductivas y a subrayar su apertura, su creatividad y su capacidad de improvisación.

El tratamiento dado por Bourdieu al concepto de habitus[6] como disposiciones duraderas, propicia el tratamiento sociológico del concepto de estrategia ligada al mercado, con lo cual, se completa la trilogía usos/formas y estrategias conceptos con  los que se explican los consumos  en la reproducción social.

Con la introducción del concepto espacio social Bourdieu permite desarrollar nuevas consideraciones para la sociología del consumo. El espacio de las posiciones sociales y el espacio de los estilos de vida son los dos principios de diferenciación en que los agentes y grupos se distribuyen en función de su posición social, según el volumen global del capital y su estructura.  (Bourdieu, 1997, p. 15-19). Es en el espacio social donde toman posición las prácticas y los bienes que poseen los agentes, las prácticas y sobre todo, las maneras en que ellas funcionan, como signos distintivos (formas). El espacio social es una estructura de posiciones diferenciadas por el lugar que ocupan en la distribución de un determinado capital.

Sin embargo, este análisis que desarrolla Bourdieu dentro de su concepción de clases, se demarca cuidadosamente del marxismo en cuanto a la manera de concebir la estructura de clases sociales. “(…) Pero ello no significa que constituyan una clase en el sentido de Marx, es decir un grupo movilizado en pos de unos objetivos comunes y en particular contra otra clase” (…) (Ibid. p, 23). Para Bourdieu lo que existe es un espacio social, un espacio  de diferencias, donde se construyen la cooperación y se reproducen los conflictos.

Las clases se diferencian para él, igual que en el marxismo, por su relación con la producción, por la propiedad de ciertos bienes, pero también por el aspecto simbólico del consumo, o sea, por la manera de usar los bienes transmutándolos en signos. Esta consideración constituye uno de los aportes de Bourdieu a la teoría sociológica de clases. “(…) las clases que cabe producir separando regiones del espacio social agrupan a unos agentes lo más homogéneos posible no sólo desde el punto de vista de sus condiciones de existencia sino también desde la perspectiva de sus prácticas culturales, de sus consumos, de sus opiniones políticas, etc”(…)(ibid.p.29)

Entonces para Bourdieu la clase social no puede ser definida únicamente por una sola variable o propiedad. Significa que para conocerlas no es suficiente establecer cómo participan en las relaciones de producción; también constituyen el modo de ser de una clase o una fracción de clase, el barrio en que viven sus miembros, la escuela a la que envían a sus hijos, los lugares a los que van de vacaciones, lo que comen y la manera en que lo comen. Estas prácticas culturales son más que rasgos complementarios o consecuencias secundarias de su ubicación en el proceso productivo; componen un conjunto de “características auxiliares que, a modo de exigencias tácitas, pueden funcionar como principios de selección o de exclusión reales sin ser jamás formalmente enunciadas. (Bourdieu: 1988, p 18)- el valor  simbólico del consumo.

Las relaciones simbólicas que se dan entre las clases muestran las diferencias que se reflejan en distinciones significantes. Las personas que componen una clase se determinan en relación a unos “índices concretos” de lo que les corresponde o no como clase. Estos índices son aplicados tanto en los objetos que consume como en la forma de apropiación de esos objetos y esto se da en una relación de poder.

Usos, formas y estrategias explican estilos de vida y distinciones. En el tratamiento sociológico de estos conceptos dados por Bourdieu es posible connotar importantes ideas: establecer los vínculos entre producción, circulación y consumo; el desarrollo de una teoría del valor trabajo, la articulación de lo económico y lo simbólico, la determinación en última instancia y el concepto de clase social (Canclini: 2008). En la reproducción de la estructura de la distribución del capital cultural se lleva a cabo en la relación de las estrategias en las apropiaciones donde las instituciones familia y escuela desempeñan un papel significativo, pues éstas instituciones permiten perpetuar las diferencias sociales.

El tratamiento de estrategia permitió pensar la reproducción social más allá de todo reduccionismo  sociológico, no muchas veces reconocido (Wilkis: 2004; Gómez: 2013). Con el concepto de estrategia Bourdieu dota a los agentes de una competencia específica, una manera de estar ocupando un lugar en el espacio social, con lo cual los agentes, reproducen un habitus de clase, de familia, de grupo. Las estrategias son el sentido práctico, reflexivo, discursivo denotativo de ese habitus. Las estrategias orientan objetivamente a las prácticas de consumos, sus usos y apropiaciones.

Con P. Bourdieu el análisis de los modos de producción cultural da cuenta  que una estructura global del mercado simbólico, configura las diferencias de gustos entre las clases y también en la medida en que la sociedad organiza la distribución de los bienes materiales y simbólicos, se estructuran en los espacios sociales las clases, grupos e individuos; sus relaciones subjetivas,  las aspiraciones, la conciencia de lo que cada uno puede apropiarse.

En el proceso de reproducción social, con los consumos culturales como estilos de vida en su devenir social – sociedades modernas- y en su construcción sociológica –la obra bourdieusiana- se llega al modelo de consumo como marcador simbólico. Las conjunciones de lo objetivo y subjetivo, producción y reproducción, espacio social y diferenciación social, todos ellos desarrollados desde el constructivismo estructural y desde una sociedad altamente desarrollada como lo es Francia, constituyen poderosos recursos para continuar explicando los procesos de apropiaciones simbólicas.

Ubicar parte de la obra de Pierre Bourdieu para argumentar el tránsito del consumo como valor de uso, a valor simbólico  no significa dejar de reconocer que en casi la totalidad de las investigaciones y estudios que retoman sus postulados lo asumimos como un producto acabado, pues si bien es cierto que las herramientas son aún útiles para explicar cómo se mueven las clases en los espacios sociales, un recorrido lento y pausado a través de toda su producción, y auxiliado por juicios emitidos de sus colaboradores más cercanos como Claude Grignon y Jean-Claude Passeron, permiten la elaboración de críticas a su constructo. Respecto al material empírico obtenido afirmaba Grignon: «sobre todo, el tiempo de las encuestas había pasado, no se llevaban a cabo otras nuevas, y no por falta de medios financieros, la explotación en curso se alargaba, se ponía en espera (…) había datos para la eternidad» (Grignon, 1996: 84). Por su parte Passeron abandona la colaboración con Bourdieu por el cambio de perspectiva realizado por el segundo, respecto a los vínculos que debían guardar la política y la sociología. (Marqués: 2006)[7] (Grignon, 1996: 84).

El pensamiento de P. Bourdieu fue resultado de un largo período de gestación, que nunca se deslindó de su trayectoria individual,  de sus orígenes y de su estrato social. Como ya se anotó en líneas anteriores, en la construcción de su marco teórico es perceptible rupturas con las corrientes intelectuales dominantes de su Francia natal y como el mismo aseveró “(…) es cierto  que soy un producto de la Escuela Normal que traicionó la Escuela Normal (…)” (Gutiérrez: 2002)

 

Conclusiones.

El contexto sociohistórico va a marcar tanto las formas de pensar lo social, como la propia evolución de las formas de consumo.  Su lógica  debe estar articulada con las necesidades del sistema social para garantizar la estabilidad y reproducción de sus estructuras.

Los estudios del consumo cultural han hecho significativo las nuevas realidades socioculturales que se construyen en los espacios sociales como elemento activo en la experiencia cotidiana de la gente y como el escenario que aparece entre la ciudadanía y las instituciones. Se condensan  las posibilidades y las problemáticas de la ciudad como referente de identidad urbana. Sin embargo, aun requerimos de ampliar el conocimiento y profundizar la investigación sobre los usos y apropiaciones de los consumos dentro de la trama de relaciones, de prácticas, de actores y de formas organizativas que surgen en el espacio social.

En el consumo cultural están involucrados no solo el hecho de la apropiación, sino también las variables de los usos sociales, la percepción / recepción, el reconocimiento cultural, así como la «construcción » de ciudadanía en sentido de pluralidad, por tanto de concepción democrática de la vida.

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[1] La Teoría Crítica deviene en un importante espacio en el que se hallan nuevas explicaciones a las dinámicas sociales ante un nuevo replanteamiento de los problemas de la teoría y de la práctica en su aplicación a la nueva Sociedad de Masas. Precisamente, el desarrollo de una nueva fase del capitalismo, a la que V. I. Lenin, denominó imperialismo, reveló una fuerte economía de demanda y de consumo, que puso en cuestión numerosas previsiones hechas por el Marxismo clásico. La búsqueda de un tipo de construcción teórica en la que la ruptura con la “teoría tradicional” abriera la posibilidad de abarcar las complejísimas interacciones del capitalismo avanzado, aparece como la génesis de los primeros frankfurtianos. Conceptos como industrias culturales, ideología, cultura de masas, dialéctica de lo objetivo y subjetivo, aportaron elementos a los estudios del consumo.

 

[2] Surgen en el contexto de la democratización de la cultura que acompaña la posguerra. Estos autores, particularmente, Raymond Williams y Richard Hoggart provienen de familias obreras, preocupados en estudiar las influencias de la cultura popular en la formación de las mentalidades de la clase obrera. Donde el primer espacio académico sobre los estudios culturales contemporáneos y donde se trabajó sistemáticamente, fue fundado en Birmingham por R. Hoggard. En Ob. Cit.  De ahí emerge la Escuela de Cultural Studies en finales de los años 50, en Inglaterra. Un aspecto clave fue la transposición de las coordenadas estéticas y éticas, asociadas a la crítica literaria, para la práctica de las culturas vivas o populares. En: Reflexões sobre indústrias culturais (imprensa, rádio, televisão, internet, cinema, videojogos, música, livros, centros comerciais) e criativas (museus, exposições, teatro, espectáculos). Bloguero desde 26 de Diciembre de 2002. Enderezo electrónico: Rogério Santos.

 

[3] La teoría de la Clase ociosa obra que por sí misma resalta entre otras cosas el papel de los intelectuales como clase destinada a la no productividad. Explica y describe con lujo de detalles, la influencia que los intelectuales han tenido a lo largo de los años en diferentes sociedades. La obra de referencia, comienza con un prólogo del ya fallecido Kenneth Galbraith que dice así “sólo hay que tomar en cuenta que, si se desea apreciar a Veblen, se le debe leer muy cuidadosa y lentamente. Veblen ilustra, divierte y deleita, pero sólo si se le dedica bastante tiempo” (Galbraith, XX, en Veblen, 1974).

[4] En su obra tardía (desde principios de los 80 hasta fines de los 90, cuando murió) ha logrado dar con las claves de la dominación a través de la cultura, centrándose en la educación. En una sociedad posmoderna que se enfrenta a desigualdades, exclusiones y riesgos que ya no explican por la teoría tradicional, Bourdieu ofrece desde la sociología de la cultura elementos que están cambiando la forma de entender lo social. Bourdieu buscó en investigaciones empíricas la información y el estímulo para replantear el materialismo

[5] La Distinción supone uno de los mayores acercamientos de la sociología a la psicología social de los últimos tiempos, por el objeto de estudio, el método y la mirada que trata de impregnar en el elector a la hora de entender los fenómenos de la sociedad en el nivel más elemental de interacción, a saber, la vida cotidiana. Bourdieu propone de manera brillante una aplicación de sus conceptos de habitus y campo al estudio de la relación de los distintos grupos sociales con la cultura, lo que convierte a este libro, por méritos propios en un clásico del estudio sociopsicológico cultural

 

[6] Bourdieu no presenta su concepto de habitus como un paradigma nuevo, sino como la explicitación de una idea que siempre estuvo presente en la tradición filosófica y sociológica, y en cuanto tal “predispuesta” a superar y a la vez conservar los paradigmas precedentes, incluyendo sus versiones contemporáneas. El habitus se remonta a la hexis de Aristóteles, entendida como una disposición moral generadora de actos. El  uso sociológico del término con Durkheim, quien insiste sobre su carácter general y duradero, por lo que le asigna un anclaje institucional: los colegios de los jesuitas y la universidad medioeval. El precedente inmediato del habitus de Bourdieu se encuentra en la obra de E. Panofsky (1967), quien recupera de la escolástica la noción de “hábito mental, como principio organizador de las formas de expresión y de las creaciones de la cultura escolástica puede aplicarse también a las prácticas simbólicas e ideológicas de las sociedades modernas caracterizadas por la diferenciación de campos y la división en clases sociales. (Giménez: 1997)

[7] Marqués Perales realiza un exhaustivo estudio de  la génesis conceptual de la teoría social del sociólogo francés Pierre Bourdieu. Introduce una periodización de la producción intelectual, con abundantes datos y valoraciones que ilustran el proceso de maduración de este importante intelectual. Nos descubre pasajes que favorecen un mayor acercamiento a su producción y de manera particular, los puntos débiles de su teoría social. Es un texto interesante y que no debería dejarse de leer.

Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Martínez Tena, Alicia de la C.,Andrade, Tereza de Jesús y Expósito García, Elpidio: "Los consumos desde la sociología. Acercamientos conceptuales" en Revista Caribeña de Ciencias Sociales, abril 2014, en http://caribeña.eumed.net/consumos-sociologia/

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