LA IDENTIDAD LINGÜÍSTICA DE LA JUVENTUD CUBANA: ¿EL INSULTO COMO NUEVO ACCESORIO CULTURAL?

Resumen:
El ensayo científico vislumbra el fenómeno del uso del lenguaje entre los jóvenes cubanos en el siglo XXI. En el se analizan con detalle los posturas verbales que engrosan la identidad juvenil del contexto nacional. Para ello se toma al insulto como acto pragmático fundamental, variable que a la vez conduce el análisis general de estas posturas asumidas entre los hablantes del citado grupo etáreo. En el trabajo se hace referencia a las “contribuciones” del universo juvenil cubano a la identidad cultural. Se establecen de igual modo las pautas para identificar la presencia de una cultura en renovación y desprovista de fronteras culturales. Lo lingüístico sirve de muestra para caracterizar, desde lo sobreentendido como tabú, a la cultura cubana que se manifiesta en los jóvenes a través de un lenguaje semejante a su tiempo y no a sus tradiciones.
Palabras claves: cortesía verbal- descortesía verbal- anticortesía verbal- jóvenes- identidad- insulto.

¿Cuál es la identidad lingüística de la juventud cubana actual? ¿Es visible en el siglo XXI un fenómeno de decaimiento cultural debido a posturas de empobrecimiento en el lenguaje? ¿Podría hablarse del insulto como parte de la cortesía verbal si se produce una aproximación al lenguaje juvenil?

Para dar respuesta a estas interrogantes, el siguiente escrito permite adentrase en un tema propio de los estudios sociológicos, sociolingüísticos y pragmalinguísticos cuya meta es el examen de la cultura, específicamente del discurso oral de los jóvenes cubanos y una aproximación a la agresividad verbal en tanto arma discursiva para crear una identidad grupal, es decir, el insulto como definidor de una imagen social juvenil en el campo de la cortesía verbal.

Así, se persigue contrastar y concretar mediante el análisis de la lengua cuál es la imagen, las intenciones sociales y la concepción generacional de esta parte de la población cubana, asimismo definir la ubicación del insulto al utilizarse en contextos juveniles en respuesta a las variantes anticortesía o descortesía verbal que definen tales comportamientos identitarios.

El campo de estudio de las culturas juveniles se ha venido constituyendo desde mediados del siglo xx y se ha erigido como área específica de producción académica dentro de las ciencias sociales y humanísticas. En estos momentos tiene ya acumulado un cuerpo importante de investigaciones y elaboraciones teóricas, no solo en centros hegemónicos del pensamiento social, como los Estados Unidos y Gran Bretaña, sino también en numerosos escenarios académicos considerados “periféricos”, como Asia, África y Latinoamérica.

En la ciencia social y humanística cubanas, sin embargo, es apenas en los años 90 cuando el concepto de culturas juveniles ha comenzado a despertar cierto interés. Tal ventaja está dada porque súbitamente se ha hecho más visible la presencia cultural de las personas jóvenes en el espacio urbano de la capital y otras ciudades del país.

En las noches de los fines de semana o en los días festivos, las calles más visitadas se convierten en escenarios donde se reúnen adolescentes y jóvenes, mostrando cercanías y distancias entre sí, a través de la forma en que se visten, la música que escuchan, el lenguaje que utilizan y la(s) categoría(s) (miqui, friqui, emo, rasta) en que se ubican. Semejante fenómeno —que no se da solo en La Habana— es quizás la expresión más “espectacular” de una creciente pluralidad juvenil, que hace su aparición en la escena pública de algunas ciudades cubanas.

Para las ciencias sociales y los medios de comunicación en el país, tales manifestaciones constituyen un desafío que convoca a articular un discurso conceptual propicio para nombrarlas, caracterizarlas, interpretarlas y explicarlas; lo cual lleva a revisar los estudios realizados sobre fenómenos análogos en otros países, donde la noción de culturas juveniles aparece una y otra vez.

Como explica el investigador español Carles Feixa, experto en esta temática:

En un sentido amplio, las culturas juveniles se refieren a la manera en que las experiencias sociales de los jóvenes son expresadas colectivamente mediante la construcción de estilos de vida distintivos, localizados fundamentalmente en el tiempo libre, o en espacios intersticiales de la vida institucional. En un sentido más restringido, definen la aparición de microsociedades juveniles, con grados significativos de autonomía respecto de las instituciones adultas, que se dotan de espacios y tiempos específicos, y que se configuran históricamente en los países occidentales tras la segunda guerra mundial, coincidiendo con grandes procesos de cambio social en el terreno económico, educativo, laboral e ideológico. Su expresión más visible son un conjunto de estilos juveniles espectaculares, aunque sus efectos se dejan sentir en amplias capas de la juventud (Feixa, 1998:12).

Este acercamiento al concepto, ofrecido por Feixa, en su sentido lato, está asociado a la juventud cubana y a su actuación cultural. Esta generación es portadora de proyecciones y estilos de vida variados que los jóvenes han incorporado paulatinamente y con mayor fuerza a partir de los años noventa; pero al exponer el investigador sus concepciones en la acepción estrecha sobre culturas juveniles predomina la visión occidental que aun así no se aleja del modelo juvenil cubano; entiéndase, un nuevo modelo aprehendido de culturas europeas o norteamericanas, en su mayoría, producto de la globalización cultural que se percibe en el primer mundo y que influye en la cultura cubana.

También Feixa se refiere al término “microsociedades” que hace pensar en términos semánticamente aproximados o relacionados como: subculturas, contraculturas, antilenguajes, conceptos que a la vez distan, en su esencia, de las características de la juventud cubana.

Investigaciones como “Modernización, movimientos de protesta y cambio social” de Eisenstad o “Los estudios culturales de los 80 a los 90: perspectivas antropológicas y sociológicas en América Latina” de García Canclini constituyen investigaciones que rozan más de cerca estas nociones al referirse a las subculturas  como una búsqueda de identidad y una respuesta de grupos excluidos o marginados de la colectividad industrial de la modernidad.

Estos estudios se centran en la exclusión y el marginamiento sociales, que no constituyen un fenómeno propio de Cuba, pero dan lugar a la creación de símbolos de identidad y de protesta; también esclarecen que la sociedad marginante, la capitalista, advierte el proceso y asume para sí el papel de creadora, o de modificadora y universalizadora de estos símbolos, a fin de invertir su significado y anularlos: nada más lejos del pensamiento sociocultural cubano.

De igual manera explican que cuando una subcultura llega a un grado de conflicto inconciliable con la cultura dominante, se produce una contracultura: una batalla entre modelos, una guerra entre concepciones del mundo; la expresión de la discordia entre grupos desintegrados y desprotegidos dentro del conjunto del cuerpo social.

Es aquí, en este conflicto de grupos, donde nace el antilenguaje, que está aparejado a una antisociedad y es producto de la misma, algo muy parecido en el contexto cubano al lenguaje de los presos; pero en este último caso hasta la comunicación verbal incluye diferencias sociales y políticas como mediadoras. En relación a las ideas precedentes, no es viable el juicio del español en su totalidad,  aunque sí ofrece en algunas ideas el horizonte de la cultura juvenil cubana.

Lo que sí se une al filtro cognoscitivo de muchas investigaciones en la esfera sociolingüística y pragmática es que el lenguaje, entendido como parte de cualquier cultura o como cultura trasmitida verbalmente, se convierte en la identidad de un grupo, en una marca personal que como otros caracteres también se ha ido modificando en los grupos etáreos más contemporáneos.  Como la ropa, el peinado, y las aptitudes sociales en contextos determinados donde interactúan los jóvenes, también el lenguaje de este siglo y de finales del anterior ha ido modificando el léxico y ha conseguido agregar al registro popular de algunos jóvenes y adolescentes, palabras tabúes, frases mal intencionadas, expresiones del registro vulgar que toman, según el modo de aceptación de cada receptor lingüístico, dos líneas de análisis: la anticortesía y la descortesía, ambas ubicadas dentro del campo pragmalinguístico de la cortesía verbal.

Resulta pertinente entonces analizar los criterios ofrecidos en dos de los manuales de cortesía más trabajados por los estudiosos del habla. Por un lado, la cortesía es una posibilidad de tender puentes a través de la conservación de reglas y formas. Ella puede crear cercanía a través del respeto mutuo, pero con ella también puede mantenerse la distancia:

 […]La cortesía se muestra mucho en las cosas que hacemos diariamente sin pensar – sea esto la llamada o la tarjeta de cumpleaños, la felicitación por el examen logrado, o el abrir la puerta del automóvil, cuando una dama quisiera subirse o bajarse de él […]La cortesía es una suerte de estilo de vida que puede inclusive formar parte de uno mismo […] (von Au/Knigge, 2000; citado en Álvarez Muro, 2005)

Sumado a esto, se hace evidente que una sociedad humana no puede existir sin el respeto de ciertas reglas de juego y que, además, una sociedad armoniosa solo es posible cuando cada uno, en vez de decir y hacer lo que le viene en gana, se comporta de la forma como se espera de él, concretamente se espera […] que nos comportemos ante nuestros compañeros sociales de tal forma, como si respetáramos en él un ejemplar especialmente valioso de la especie homo sapiens. Eso es precisamente el comienzo y el fin de la cortesía”(Elwelspoek, 1952; citado en Lange, 1984).

Este último concepto muy cercano al expuesto en el manual de cortesía (Knigge, 2000; citado en Álvarez Muro, 2005), se centra en la función de la cortesía para establecer vínculos o nexos entre las personas a través de normas preestablecidas; la cortesía como don, pero también como hábito, como experiencia adquirida. Sin dudas, estas proposiciones son conocidas entre los jóvenes cubanos. Dichos grupos etáreos cuentan con la enseñanza de valores desde los niveles primarios y a la vez constituyen el objeto social del trabajo educativo establecido por el sistema educacional que favorece en cada enseñanza su aprehensión.

Asimismo, en el aspecto sociolingüístico, se debe tener en cuenta la noción de conciencia lingüística que hace a cada hablante portador del conocimiento explícito acerca de la lengua y la percepción y sensibilidad conscientes al aprenderla, al enseñarla y al usarla; en este caso, los jóvenes son conocedores de los valores corteses al producir un discurso, aun cuando hacen uso de otras conductas verbales, degradadoras de la imagen social, en contextos específicos.

El manual de Elwenspoek (1952), por su lado, hace hincapié en las reglas preestablecidas que guían el comportamiento. El escrito muestra una visión bastante estática de la sociedad y de la cortesía. Aquí prevalece –aparejada a la definición popular– el concepto de contención y de que la manera de conservar a la sociedad es comportarse según las expectativas de la misma.

Está también presente la idea manifiesta de manipulación: tratar al otro de manera especial. Por otro lado, en el manual de Carreño se observa la cortesía como indexación social y se vislumbre la distinción entre una sociedad culta y una que no lo es, entre civilización y barbarie, noción que también se encuentra en Knigge (2000), cuando menciona el beneficio que se obtiene en cuanto a la estima, difícil de recuperar una vez perdida. Al comparar estos textos se percibe que la cortesía no es homogénea; distintas sociedades y distintas épocas prescriben normas diferentes, pero todas son sus portadoras y por consiguiente constituyen reflejos de una identidad.

Los planteamientos de estos tratados de cortesía tienen un fin didáctico por lo cual prima el concepto igualado al de norma  social, pero al realizar un acercamiento a la dimensión lingüística, la cortesía es considerada como una estrategia para mantener las “buenas relaciones sociales” dentro del proceso comunicativo, abarca entonces un conjunto de actos simbólicos, gestuales, verbales, que expresan sentimientos de aprecio o respeto e implican una contención medida y sirven para construir la imagen personal y social. Estos actos regulan la conducta entre los seres humanos en busca de armonía. Así, para los estudios de la lingüística del español, el comportamiento social es considerado un sistema semiótico, construido a partir de normas de competencia social que implican cortesía o descortesía.

Surge entonces la pregunta ¿Cumplen los  adolescentes y jóvenes  cubanos con estos patrones corteses y/o descorteses en su discurso coloquial? Sí, todo uso lingüístico se encuentra en correspondencia con el contexto situacional donde se realiza el acto de habla y por el uso apropiado de los caracteres diafásicos y diatópicos que median los actos conversacionales.

Debe valorarse, de igual manera, que el estilo coloquial cuenta con características que hacen permisible la espontaneidad, la presencia de fraseologismos, el uso de la ironía como recurso lingüístico, el empleo indistinto o relajado de la segunda persona en función de estrategia cortés, el saludo y la despedida informales, la atenuación con meta en el logro eficaz de una acción; sumado a esto, si se percibe en el receptor del mensaje lingüístico una actitud de rechazo o negación, entonces se rompen las estrategias de cortesía y se manifiesta su cara contraria, véase el siguiente ejemplo:

En la calle dos hablantes jóvenes (A y B) se dan encuentro a distancia, ambos se gritan y su reacción extraverbal es de rechazo. Este acto comunicativo es acompañado por manotazos y otros recursos del lenguaje gestual.

Situación comunicativa1: A: Oye mona, contiga misma, búlgaro, acuérdate de lo que me debes, tú sabes…

B: Dime jevita, cuál eh.

La no aceptación de estos códigos lingüísticos no corteses hace pensar en descortesía, sin embargo, se hace evidente que  existe familiaridad entre los interlocutores, solo que se fija una distancia social entre ellos por el acuerdo incumplido de B, el cual los hace agresivos.  Estos usos junto a infinidad de combinaciones lingüísticas, resultan constantes entre los jóvenes que en muchas ocasiones utilizan este lenguaje para poder “encajar” o formar parte del grupo. Tal tipología de comportamiento se ha generalizado en el país y no presenta distinción de sexo.

El ejemplo citado es propio de la descortesía, entendida como una violación del contrato conversacional basado en los derechos y obligaciones que los interlocutores se conceden mutuamente. Los actos descorteses prototípicos son los que denotan un estado psicológico negativo de los hablantes (insultos, desprecios). No pueden efectuarse mediante locuciones performativas sino que deben ser definidos de acuerdo con los efectos perlocutivos que el interlocutor pretende producir.

Muy interesante resulta la postura de Lakoff (1989:35) quien propone una diferenciación entre cortesía, comportamiento no cortés y descortesía o rudeza. Para él los enunciados corteses son conformes a las reglas de la cortesía, sean o no esperados en un tipo particular de discurso; los enunciados no-corteses no son conformes a las reglas de la cortesía, y son utilizados cuando la aplicación de estas no es esperada; finalmente, los enunciados descorteses no utilizan las estrategias de la cortesía y al ser esperadas son interpretadas como un enfrentamiento intencional.

Esta diferenciación permite analizar el comportamiento lingüístico, al depender del tipo de discurso, y al tenerse en cuenta que no se pueden analizar todos los tipos desde la dualidad cortés/descortés, puesto que se debe considerar el comportamiento no-cortés del discurso.

Sería provechoso además detenerse en el modelo de Brown y Levinson (1987:14), el cual retoma el concepto de imagen de Goofman (1967). Ambos autores manifiestan que algunos actos verbales y no verbales son intrínsecamente amenazadores de la imagen del hablante (H) o del oyente (O). Por supuesto, todo adulto competente tiene una imagen negativa, el deseo de que no se le imponga lo que debe hacer y una imagen positiva, el deseo de que sus anhelos y valoraciones sean considerados. De este modo, una orden amenaza, antes que nada, la imagen negativa de O; el reconocimiento de un error, por su parte, la imagen positiva de H.

La descortesía, en una segunda línea de análisis, no tiene como objetivo la cooperación y la salvación de la imagen pública de los interlocutores y tampoco sigue ninguna de las máximas y reglas establecidas por Brown y Levinson (1987), ni por estudiosos anteriores de la cortesía, como Grice (1975), Leech (1983) y Lakoff (1989). Un ejemplo de descortesía pueden ser los insultos o la ausencia de cortesía en situaciones cuando se espera que se use. Un acto descortés puede dañar tanto la imagen social propia del hablante como la imagen del interlocutor y requiere explicaciones diferentes a las que existen sobre la cortesía.

Estas posturas no corteses son las más criticadas en Cuba por los integrantes de la tercera edad. Tal grupo generacional constituye un filtro lingüístico. Se convierten en  evaluadores de los preceptos educativos que, desde su perspectiva, deben marcar a la sociedad. Aquí se genera una lucha etárea, debido a que las relaciones entre la edad social y la edad biológica son complejas y persiguen intereses distintos.

De igual modo, tal comportamiento muestra que la edad es un dato biológico socialmente manipulado y manipulable; el hecho de hablar de los jóvenes como de una unidad social, de un grupo constituido, que posee intereses comunes, y de referir estos intereses a una edad definida biológicamente, constituye en sí una manipulación evidente (Bourdieu, 1990). Esta manipulación que se proyecta en cada aspecto de la cultura juvenil tiene su cauce, por consiguiente, en el lenguaje.

A la vez los criterios de manipulación y de edades biológicas son criticados y esclarecido con mayor detenimiento en el artículo “La juventud es más que una palabra” de Mario Margulis y Marcelo Urresti (1998); en el documento se expone que esta variable es una condición constituida por la cultura pero además tiene una base material vinculada con la edad. A esto le llama facticidad: un modo particular de estar en el mundo, de encontrarse arrojado en su temporalidad, de experimentar distancias y duraciones. La condición etárea no alude sólo a fenómenos de orden biológico vinculados con la edad: salud, energía, también está referida a fenómenos culturales articulados con la edad. De edad como categoría estadística o vinculada con la biología, se experimenta un traslado hacia la edad procesada por la historia y la cultura.

Los autores indican que la edad aparece en todas las sociedades como uno de los ejes ordenadores de la actividad social, asimismo la juventud puede analizarse como un período de la vida en que se está en posesión de un excedente temporal, de un crédito o de un plus, como si se tratara de algo que se tiene ahorrado, algo que se tiene de más y de lo que puede disponerse, que es más reducido para aquellos que no son jóvenes, y se va gastando, terminando antes, irreversiblemente, por más esfuerzos que se haga para evitarlo. A este excedente temporal le llaman “moratoria vital”.

Para Margulis y Urresti (1998:35) la diversidad de sujetos que se incluyen en la categoría juventud no es un argumento para vaciarla de contenido; y en su definición no debe obviarse un criterio material: la existencia objetiva de una moratoria vital es lo que tienen en común las personas consideradas jóvenes.

Quizá en este lapso o moratoria, nace el gusto por la experimentación que ha llevado a los jóvenes cubanos a apropiarse de los llamados “estilos urbanos”, patrones que no definen un comportamiento propiamente descortés en la expresión lingüística de dichos jóvenes, pero al fungir como asociaciones se convierten en productores de un vínculo joven-grupo que puede dotar a un hablante de los recursos verbales no corteses para su uso durante la comunicación discursiva dentro del grupo o cerca de este, entiéndase grupo estudiantil, grupo de amigos o jóvenes de edad contemporánea unidos en el barrio.

Dentro de este espacio grupal nace el insulto, elemento que viola en la mayoría de los usos lingüísticos, los principios de cooperación, y es entendido como acto de habla provocador de una ruptura comunicacional. De acuerdo con las reflexiones de Lakoff (1989) estos actos comunicativos explícitamente no consideran los deseos de la imagen del otro, al contrario, buscan denigrarla y deteriorarla: constituyen actos amenazadores y deteriorantes de la identidad. Esto demuestra que la cortesía no es una constante social sino una opción más entre otras. Por eso resulta atractivo el estudio de los actos de comunicación, porque lejos de lo convencionalmente entendido como correcto, forman parte de la cultura, designan una realidad asociada a elementos tabúes que inducen al rechazo social.

¿Resulta descortés el uso del insulto o frases tabuizadas como estrategia entre los jóvenes cubanos?

En total negación a la interrogante, los lazos de familiaridad o la afiliación que se desprende de las relaciones grupales propician el acortamiento de los espacios sociales entre hablantes jóvenes. En este fenómeno influyen diversos mecanismos: la sociedad y sus creencias, que establecen una interdicción lingüística, centrada en la palabra. La realidad negativa trasmite esta tabuización al término, y el hablante lo utiliza según su intención comunicativa:

-  Crear una relación social agradable, positiva con la imagen del otro: entonces atenúa, reduce el eufemismo. Si el grupo social se caracteriza por un alto grado de familiaridad o confianza, utiliza el tabú sin carga negativa, con efecto anticortés.

-  Establecer claramente un disfemismo para provocar una reacción de rechazo o negativa por parte del receptor. Este puede usarse como medio de identificación de un grupo social joven, un grupo profesional. En tal caso, ir contra la norma, permite la identificación de segmento marcado.

El tabú de palabra lleva al hablante a buscar mecanismos centrados en su cuerpo léxico, recurre a alteraciones fónicas o morfológicas que pueden enfatizar el valor negativo, o atenuarlo.

De forma paralela, el léxico marginal, es decir, las palabras empleadas por hablantes de bajo nivel de instrucción, y ligadas más a un ámbito de argot, utilizado por un grupo apartado de la sociedad, han ido pasando a los jóvenes, que lo emplean como medio de afiliación, desprovistos de su carga violenta, para generar una conciencia de grupo. Así, los jóvenes que no pertenecen a ámbitos socialmente marginados usan estos términos mientras piensan en una forma de reaccionar ante lo establecido, pero siempre en situaciones específicas de su actividad cotidiana: instituto, universidad, pandilla de amigos.

El mismo fenómeno de uso de términos no corteses se encuentran en letras de canciones de algunos grupos musicales de reggaetón y salsa que exportan una estética y una forma de hablar marginal, destacada y carente ya de dicha connotación, al habla en la cotidianidad.

Una reevaluación del insulto con intensión estratégica entre los jóvenes, llevaría a observar, su valor funcional, es decir, si es descortés o anticortés, que  dependerá del contexto de enunciación; si en el corpus de estudio se encuentra dicha palabra o frase será denominada insulto, pero será descrita como descortés o anticortés según el contexto y su grado de amenaza. Sobre el asunto enfatiza Zimmerman (2005:249) “en lo que sigue, quiero demostrar que hay insultos y otros actos descorteses que en ciertos contextos y entre ciertas personas no tienen la función de ofender, sino otra. Los voy a denominar actos anticorteses”.

El ejemplo más cercano son los destinatarios de estos actos de habla, que “al parecer, no se sienten atacados y/u ofendidos cuando el emisor se los dirige; por el contrario, pareciera que les agradara” (Zimmerman, 2005:249). Por eso se entiende que los insultos manejados en este tipo de intercambio, en el cual no se aprecia ningún conflicto entre los interlocutores, serán catalogados con el valor de anticorteses. En cambio, los insultos que se dan en interacciones marcadas por malentendidos o conflictos entre los interlocutores y que desembocan en la ruptura comunicativa, serán catalogados como descorteses. En este último caso, la función primordial de dichos actos de habla es atacar la imagen del destinatario.

El uso de este recurso lingüístico marcado por la descortesía o la anticortesía se explica mejor una vez analizada la categoría juventud desde sus preceptos teóricos, en este caso la cubana, ya sea contextualizada  en comunidades o barrios donde se manifiesta una incidencia  a nivel grupal o determinada como patrón representativo de este grupo generacional, focalizado desde la óptica nacional.

En los últimos tiempos, esta categoría ha sido tratada desde diversas aristas. Asimismo se aprecia un avance en la conceptualización de la juventud como construcción sociocultural e histórica, más allá de reducirla a un período de transición en el que se suscitan determinados cambios a nivel psicológico, biológico y social.

Para muchos especialistas ha quedado claro el papel transformador de la juventud, devenido punto de emergencia de una cultura que puede romper con el saber y la memoria de sus abuelos, e incluso, con los patrones de comportamiento de sus padres: así sucede con la incorporación del insulto a la comunicación discursiva en grupos de jóvenes cubanos. En consecuencia, se señala la urgencia de comprender a los jóvenes desde el contexto que los rodea y condiciona su existencia como grupo, para que puedan elaborarse diversas definiciones de juventud, según las épocas, culturas de todo tipo, niveles económicos, procesos sociales, espacios territoriales (urbanos o rurales), entornos políticos, etcétera.

No obstante, para la comprensión de la identidad juvenil cubana es necesario esbozar aquellas características generales de los jóvenes que matizan la conformación de su sentido de pertenencia como generación.

Desde el punto de vista sociopsicológico, el arribo a la juventud, entraña una

sucesión constante de cambios que adquieren significaciones importantes para los implicados, los cuales comienzan a debatirse en asuntos relacionados con su historia pasada, su presente y protagonismo en la construcción del presente y con un futuro que tal vez, nunca antes habían cuestionado. Las relaciones sociales se tornan más amplias, diversas y extensas, también influyen casi de manera determinante en sus comportamientos, actitudes y en la selección de sus pertenencias.

Unido a esto, desde el punto de vista intelectual, su pensamiento es más abstracto, lógico y teórico, lo que les posibilita la adquisición de una autovaloración, autodeterminación y autoeducación más consciente, todo lo cual redunda en la construcción de su identidad.

Por otro lado, los jóvenes no solo alcanzan un mayor cuestionamiento sobre el

Mundo, sino también sobre los grupos que conforman su sociedad. La selección e incorporación a estos grupos es más activa y consciente y sus pertenencias dejan de asumirse como naturales y eternas, razón por la cual, es muy común encontrarse muchachas y muchachos, que formando parte de determinados grupos hoy, mañana ya no se identifican con los mismos y modifican rápidamente sus comportamientos, formas de vestir, actuar y maneras de expresarse en el medio social.

De esta forma, participan en la redefinición de los espacios sociales y conforman nuevos ámbitos de pertenencias que siendo suyos, se diferencian de los establecidos por la sociedad, por lo que las identificaciones juveniles constituyen formas variadas de expresión, recreación e incluso, resistencia a las identidades culturales más ancestrales:

Uno de los rasgos más característicos de la juventud es justamente, su constante tendencia al redescubrimiento de su forma de ser, existir, pensar y relacionarse con los demás. Ser joven es enfrentarse al redescubrimiento del cuerpo, de la sexualidad, de sus potencialidades e insuficiencias. Es uno de los momentos más propicios para experimentar y buscar ser creativos, a riesgo de enfrentar los marcos convencionales o caer en la simulación de atributos y capacidades ( Krauskopf, 2002: 113).

Los adolescentes y jóvenes se descubren como personas en la búsqueda del sentido de su existencia individual. Claro está que este proceso de autorreconocimiento comienza mucho antes, cuando el niño o niña logra una conciencia de mismidad –autoconciencia– y un sentido de continuidad subjetiva que le permite reconocerse como la misma persona a lo largo de su vida.

Sin embargo, como fundamenta (Krauskopf, 2002) el desarrollo infantil transcurre en un estado, en el que aún se carecen de determinados recursos personológicos para pensar, crear, consolidar, argumentar y modificar los sentidos y significados que se reciben constantemente y que sustentan su imagen de sí. Estos recursos se adquieren con el desarrollo, al enfrentarse a las responsabilidades de una vida, que se aleja cada vez más del juego y se acerca a la independencia,  a las posibilidades profesionales y laborales, a la inserción en espacios sociales antes negados, a las nuevas relaciones interpersonales y en definitiva, a las características de la existencia adulta.

Si bien es conocido que las identidades juveniles son representadas, es decir, responden a imágenes que desde lo externo se configuran con respecto a la juventud, y a su vez son asumidas por los propios jóvenes y desplegadas en sus comportamientos. En este sentido resulta vital, al hablar de identidad juvenil, tener presente no solo la identidad de los jóvenes consigo mismos como individuos  −cómo estos se autoperciben y autocategorizan dentro de la colectividad−; sino también, su identidad con la categoría juventud, a partir de las características que los adultos y la población en general han legitimado y naturalizado para estas edades.

Por otro lado, no es posible hablar de identidad juvenil sin tener en cuenta el mundo adulto, ni se puede concebir a la identidad de los jóvenes como si fuese una realidad homogénea y uniforme. Los jóvenes no viven en un vacío social, sus identificaciones son relacionales y cambiantes, se construyen en la interacción social y por lo tanto se mantienen condicionadas por la historia personal, las situaciones concretas que se presentan, la etapa biopsicosocial que están viviendo, sus pertenencias, el control social de las instituciones (familia, escuela, trabajo), las atribuciones de género, los roles asignados, el modelo o sistema político, social y económico del país en que vive, etcétera.

Los jóvenes cubanos no se encuentran al margen de estos y otros condicionamientos. El proceso de construcción de la identidad juvenil de los cubanos, atraviesa hoy, por problemas como: las nuevas estratificaciones sociales, los conflictos de valores, la introducción de símbolos, valores morales, códigos culturales y comunicacionales. A tales dificultades se agrega la apertura al capital extranjero, la conjugación de nuevas formas de identificarse con determinados grupos, el predominio de la ética del “tener”, por encima del “ser”, el enfrentamiento entre las novedosas oportunidades de estudio y trabajo que brindan los actuales Programas de la Revolución y las tendencias de algunos jóvenes a la inmediatez, para satisfacer sus necesidades materiales, en detrimento de la preparación y superación intelectual. Todo lo cual genera reflexiones críticas hacia lo externo y como es lógico, hacia lo interno, hacia la realidad nacional.

A estos condicionamientos se suma en el orden del lenguaje, entendido como cultura codificada, la inevitable inserción de signos lingüísticos foráneos que al adaptarse se convierten en neologismos de esporádica duración (anglicismos, portuguesismos, italianismos), la cubanización de la lengua nacional que posibilita variedad de términos regionales, la tendencia a economizar el lenguaje que incurre en la segmentación errada de morfemas lexicales, el aumento de expresiones descorteses y anticorteses (insultos, frases tabuizadas) como respuesta generacional, es decir, códigos de comunicación grupal o etarios que desprovistos de intencionalidad negativa se convierten en plataformas aplicables a indicios de aproximación en contextos de familiaridad o amistad.

Estos aportes deben ser entendidos como contribuciones a la identidad cultural de estos grupos que enriquecen y forman parte la cultura cubana. Una cultura no colonizada, sino en renovación y desprovista de fronteras culturales. Una cultura dinámica que toma de los jóvenes un lenguaje semejante a su tiempo y no a sus padres.

Entonces el insulto como estrategia pragmática de los jóvenes cubanos debe entenderse en el ámbito sociocultural no con el valor de cortesía verbal, sino como parte de la anticortesía o la descortesía en el menor de los casos, definiciones que resultan líneas de análisis del campo de la cortesía en la lengua. Esto significa que la cultura lingüística de los jóvenes cubanos no es intrínsecamente agresiva o descortés sino anticortés en esencia. El insulto representa una actitud que está mediada por emociones o por patrones comunicativos aceptados y establecidos en estos grupos.

La cultura juvenil cubana se puede describir, criticar, pero no forzar; tanto esta como la lengua, parte muy cuestionada, constituyen ejemplos de adaptación y evolución propios de un sistema cambiante. Los jóvenes deben ser entendidos desde las formas que ellos escogen para autoexpresarse, a través de una variedad de estilos de la cultura, y desde un examen de las posibles formas de ser a que son restringidos.

Los jóvenes existen y operan dentro de una cultura dominante, identificándose como generación a través de modelos expresivos diferentes, independientemente de que los medios de producción sean capitalistas o socialistas. Su habla se encuentra en correspondencia con una etapa de la vida donde el lenguaje es diferencial, creado para entenderse solo en el universo de la juventud e incomunicarse con otros grupos sociales. Siempre será original, creativo, novedoso y transitorio.

Por eso, a lo que se aspira es a prestar una atención desprejuiciada y respetuosa a los múltiples y complejos mecanismos mediante los cuales la juventud cubana se inserta en los juegos de poder que se establecen desde lo simbólico. Se debe evitar el caer en dicotomías de idealización/satanización de lo juvenil, que simplifiquen de manera exagerada la realidad e impidan percibir, tanto los dispositivos de ordenamiento social que los trascienden y que condicionan su comportamiento, como los aportes culturales que suponen sus prácticas cotidianas para la necesaria renovación del contrato social y la apertura de alternativas para reinventarse formas de vida y de expresión posibles en la Cuba de hoy: un país culturalmente abierto, donde el lenguaje de los jóvenes representa un sello de identidad lingüística, no vulgar sino contextual.

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Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Laverdeza Reyes, Arian: "La identidad lingüística de la juventud cubana: ¿El insulto como nuevo accesorio cultural?" en Revista Caribeña de Ciencias Sociales, julio 2014, en http://caribeña.eumed.net/identidad-linguistica/

Revista Caribeña de Ciencias Sociales es una revista académica, editada y mantenida por el Grupo eumednet de la Universidad de Málaga.