MITOS Y LEYENDAS CUBANAS EN LA DÉCIMA ESCRITA

Resumen

Los mitos y las leyendas son modalidades del saber oral del pueblo, forman la tradición y condicionan el modo de pensar y actuar de las personas; su estudio requiere un trabajo vinculado con los campesinos porque es en los medios rurales donde esta parte del folclor se encuentra más pura, variada y fortalecida.
Son elementos indispensables en toda la cultura y se regeneran constantemente; alegorías que surgen como consecuencia de la fe viviente necesitada de milagros y generadoras de leyendas cuya esencia no encontramos en la mera lectura de un texto, sino en el estudio combinado de la narración y el ambiente social y cultural en que ocurren.
Tomando como base la clasificación que hizo Samuel Feijoo en su libro Mitología cubana, podemos agrupar –a partir de los elementos que la conforman– a los cultivadores decimistas en correspondencia con el tratamiento que a ella dan.

Abstract

The myths and the legends are modalities of the oral knowledge of the town, they form the tradition and they condition the way of to think and to act of people; their study requires a work linked with the peasants because it is in the rural means where this part of the folklore is more pure, varied and strengthened.
They are indispensable elements in the whole culture and they are constantly regenerated; allegories that arise as consequence of the needy alive faith of miracles and generating of legends whose essence doesn’t find in the mere reading of a text, but in the combined study of the narration and the social and cultural atmosphere in that you/they happen.
Taking like base the classification that made Samuel Feijoo in its book Cuban Mythology, can contain – starting from the elements that conform it – to the farming decimistas in correspondence with the treatment that you/they give to her.

Palabras clave: mitología, décima, tradiciones, mitos, leyendas.

Introducción

La riqueza mitológica atesorada en América es extraordinaria y la cubana sobresale por su originalidad. Su búsqueda, rescate y revitalización no han sido suficientes y ello lo corroboran las palabras de Alejo Carpentier: «América está muy lejos de haber agotado su caudal de mitología».[1]

   Los gérmenes de la mitología podemos encontrarlos en la imaginación humana que favorece la exteriorización de supersticiones y creencias envueltas en una gran fantasía, y en la naturaleza creadora con formas extrañas y figurativas, elementos que motivan el genio poético en los escritores,  fuente natural que los estimula a lograr obras originales y admirables.

La mitología india representa a mitos sobre la formación y el origen de la tierra y el hombre. La mitología mayor cubana contempla al jigüe, güije o büije, la madre de aguas y el cagüeiro; y la mitología de misterio incluye seres fabulosos y fantásticos, apariciones y desapariciones, toda una maravilla sorprendente e imaginativa recreando elementos naturales.

 

Décima y alegorías: expresión de una tradición.

 

Con maestría poética el villareño Leoncio Yanes logra dar la versión del mito que con respecto al Pan de Matanzas recogió Américo Alvarado en esta provincia, y para su libro Donde canta el tocoloro escribe:

MATANZAS

 

Matanzas: diosa querida,

entre valles y palmares,

al suave son de los mares

parece que está dormida.

Perla formada y pulida

con sacrificio y amor,

no pude haber un pintor,

arte, ni luz, ni colores,

que despliegue los primores

de su suelo encantador.

 

¡Qué maravilloso el Pan

con su corona de flores!

¡Qué dulces son los amores

del caudaloso San Juan!

Cuántas bellezas están

cantando su amor allí:

los arcos del Canesí,

su paisaje, su palmar,

las Cuevas de Bellamar

y el Valle de Yumurí.[2]

 

La leyenda narra cómo una hermosa mujer enloquecía a los hombres por su coquetería y ellos, seducidos, abandonaban el trabajo. El cacique, preocupado por tal situación, va al río Jibacabuya para pedirle consejo a la boca de agua del Dios murciélago, y resolver el asunto sobre la bella y ardiente Baiguana. De regreso, llevó a la muchacha como regalo un pescado mágico, ella lo comió y se acostó frente a su bohío para contemplar la luna. Cuando salió el sol, Baiguana estaba convertida en una montaña con forma de mujer dormida.

Este mismo estilo y audacia en el verso lo encontramos en «Paisaje Villareño». Aquí evoca a nuestros antepasados utilizando algunos de sus vocablos. Veamos los siguientes fragmentos:

PAISAJE VILLAREÑO

7

Dale tu canto al Caonao

que corre entre florecillas

y en cuyas frescas orillas

canta el jíbaro guareao.

Las aguas del Arimao

piden también que le cantes,

con las dulces consonantes

de tus décimas hermosas,

que premiará con las rosas

de sus márgenes brillantes.

 

8

Allá por Ciego Montero,

unos baños cristalinos,

reclaman los besos finos

de tu plectro decimero.

Las galas de ese venero

a ti cantarles te toca.

Y sobre una esbelta roca

sin fatigas y sin penas,

rima a las aguas serenas

que duermen a Guanaroca.[3]

 

En estas décimas entrega un canto a Guanaroca, nombre que toma una laguna cienfueguera, cuyo origen aparece cuando la madre busca desesperada el hijo perdido y al encontrarlo en un güiro colgado de un árbol se emocionó y sintió tanto dolor que lo soltó a tierra. Al romperse, Guanaroca vio con estupor cómo brotaban peces, tortugas y gran cantidad de agua formando islas y cayos que junto a las lágrimas salobres y ardientes de la madre, desconsolada por la muerte del hijo amado, crearon la laguna.

Según la leyenda, Guanaroca fue la primera mujer que existió en la tierra, hija de Maroya, la luna, y Hamao, el primer hombre creado por el sol, quienes al convivir tuvieron a Caonao.

También Feijoo en La décima culta en Cuba canta a la mitología:

CAONAO

 

Para gozar en Caonao

y su valle generoso

hay que ser del genio airoso

del trovador Güenseslao.

Dejar la rabia del guao

debajo del montoncillo;

y ver con ojo sencillo

de ocaso la lontananza

y vivir en la esperanza

de su reflejo amarillo.[4]

 

Encontramos aquí otro vocablo mitológico, el guao, cuya leyenda dice que Aipirí era una hermosa mestiza muy coqueta y dada a los placeres y el canto, quien se casa con un buen hombre que pasaba el día trabajando. Tuvieron seis hijos que estaban constantemente abandonados por su madre, pasaban hambre, crecían en la miseria, adquirían malos hábitos y lloraban durante todo el tiempo atronando el espacio con su eterno guao, guao. Mabuya, genio del mal, cansado de oírlos y temiendo que, cuando crecieran fueran tan desalmados y crueles como él, en su arrebato de ira los transformó en arbustos venenosos conocidos hoy como guao: árbol seco y estéril cuyas resinas y hojas producen al contacto hinchazones y llagas. Si el genio maligno castigó en los hijos la falta de la madre, el espíritu del bien impuso el suyo a la causante del daño y transformó a Aipirí en tatagua, mariposa nocturna de cuerpo grueso y alas cortas conocida también como bruja. Su significación mitológica es disímil, pues ella advierte a la progenitora lo sagrado de sus obligaciones y que jamás, por asistir a fiestas, bailes ni diversiones, debe abandonar sus obligaciones y deberes con los hijos.

La mitología mayor cubana refiere los mitos con más valor y extensión en la Isla, no sólo por la gran fantasía que los envuelve sino por una marcada vigencia, cuya variada riqueza resulta sorprendente.

El primer elemento es el polémico jigüe. Aunque muchos investigadores coinciden en afirmar que el término jigüe es de origen indio, no lo incluimos en esa clasificación porque este se vio afectado por la influencia cultural africana llegada a Cuba. En él domina la creencia afro que con respecto al mito existía sólo en forma y estructura, manteniendo su nombre original.

Detengámonos para que los poetas desentrañen elementos importantes, teniendo en cuenta disímiles versiones y acepciones. Estas refieren un fantasma con figura de indio con cabellos largos, que aparece en los ríos; otras afirman que es un negrito desnudo salido de las aguas, pero el Pequeño Larousse Ilustrado lo define como un árbol silvestre,[5]designación empleada por El Cucalambé en composiciones pertenecientes a Rumores del Hórmigo, pues el bardo habla del jigüe-árbol sin imprimirle los matices que ocupan el presente estudio:

RIGORES DE LA AUSENCIA

1

Desde el mismo hermoso día

en que te fuiste de aquí,

no hay consuelo para mí,

adorada prenda mía.

Ya se acabó mi alegría,

ya tuvo fin mi contento,

no encuentro divertimento

que mi dolor apacigüe,

y estoy más triste que un jigüe

cuando lo desgaja el viento.  [6]

 

También en el citado diccionario lo identifican como duende y ahí le encontramos correspondencia con los duendes europeos y aunque pocos de estos sean negros o medio indios, sí tienen una marcada semejanza en cuanto al tamaño, lugar en que habitan y ese jugueteo constante en el agua para llamar la atención de las personas cercanas. Tal similitud ayuda a no considerarlo como indio o africano, sino un elemento propiamente nacional, pues nadie niega la influencia que sobre el mito ejerció la cultura traída por los españoles. Sin dudas, el jigüe cubano es una variante de los universales, contextualizado en el campo, dentro de la naturaleza cubana.

Es válida para el momento una décima de Renael González:

VERSIONES DEL GÜIJE

El sobrino de la bruja.

El hijo de una mentira.

Piedra que sola se tira.

Una verdad de burbuja.

Negrito que se dibuja

en las páginas del miedo.

Sombra huidiza, remedo

de duende, chamico, jigüe,

madre de aguas… averigüe,

que decirle más no puedo.[7]

Téngase en cuenta que cada verso es una definición del jigüe, y esto da a la décima una estructura diferente. En un empeño de precisar la génesis del mito refiere cierto parentesco con otros seres mitológicos y establece una relación entre el jigüe y el miedo, significando el temor que este ocasiona a muchos.

De otra manera es tratado por Rodolfo de la Fuente, quien al describirlos refiere que tienen los dientes fríos:

JIGÜES

 

Por la orilla de los ríos

pasan los niños de prisa:

vigilan muertos de risa

los jigües de dientes fríos.

Tensa el caballo sus bríos

cuando se crispan las manos.

Montes de miedo, cercanos,

se agitan de extraño viento.

Taimado el caguayo atento

se mueve a troncos lejanos.[8]

 

Al igual que Renael, Rodolfo relaciona al jigüe con el miedo ubicándolo en un espacio mítico: el monte.

En los ejemplos anteriores el jigüe o güije es visto como un negrito pequeño, juguetón y habitante de los ríos, aspectos que corroboran su desprendimiento de la mitología india, la marcada influencia africana y la contextualización de la que fue objeto. No está incluido dentro de la mitología africana ya que sobrepasa los límites de lo yoruba y lo siboney, por la asimilación y constancia que ha adquirido en el contexto nacional; además, dioses, creencias y supersticiones traídos a la Isla no sólo por los esclavos africanos sino también por los españoles conforman un ajiaco sincrético capaz de crear una cultura popular y cubana, que fue reflejada en diversas formas mitológicas por el campesino, y es el jigüe uno de sus resultados más genuinos.

Junto al güije constituye la madre de aguas cubana, la más fuerte yunta mitológica del país. Tiene características muy distintas al resto de las conocidas en América; su germen es amerindio y la vemos como una serpiente mágica, un majá poderoso que como una sombra se eleva sobre la superficie de las aguas y devora todo cuanto encuentra a su paso; pero la leyenda es más: estas sierpes son eternas y nunca nadie puede matarlas, pues quien lo intenta muere. Lo beneficioso es que donde existen el agua no cesa.

En términos generales, en Cuba, la madre de aguas no es sirena, ni diosa, ni espíritu atrayente y terrible, sino –por lo que reflejaron las investigaciones de Feijoo y su pequeño equipo explorador– un enorme majá agresivo o no, silbante y relativamente bienhechor.

Rodolfo de la Fuente la recrea de esta manera:

MADRE DE AGUA

I

Quién osaría matarla.

Quién a su casa se iría

en temible cacería

y de las aguas sacarla.

No se podría ni mirarla

ante el temor de morir

de fiebres o de asistir

al prodigio de su cuerpo.

Se queda el misterio abierto

para en leyenda vivir.

II

Cuando el agua removida

hace temblar la majagua,

sale la madre del agua

para comerse la vida.

Pobre de la res perdida,

del confiado caminante

o el pájaro trasumante,

pues con todo acabará.

Nunca su agua secará.

Como ella será: constante.[9]

 

Como último integrante de la mitología mayor cubana relacionaremos al cagüeiro, mito surgido en nuestra región oriental, muy original. Su esencia consiste en ser un hombre que al verse perseguido por sus fechorías puede convertirse en chivo, vaca, conejo, etcétera.

Cuenta la leyenda que el cagüeiro pronunciaba un ensalmo y se transformaba en el animal deseado para burlar a la guardia rural, pues asaltaba y robaba en las tiendas de los campos. Ante el peligro recurría a su magia.

CAGÜEIRO

 

Viento, pájaro, llovizna,

caimán, humo, río crecido,

huracán, guano perdido,

carbón hallado que tizna.

Ceiba, lagartija, brizna,

cabeza de mil sombreros

es su cuerpo, caballeros:

veloz cambia su ropaje.

Muy corto le queda el traje:

van armados los monteros.[10]

 

En la décima anterior nótese como Rodolfo de la Fuente hace uso de diversos sustantivos para darnos su idea respecto al cagüeiro. Es una manera muy personal al reflejar la esencia del mito, sin llegar a darnos una acertada definición.

El tesoro mitológico que guarda Cuba abarca, además, la mitología referida a seres fabulosos, apariciones y desapariciones de objetos y personas, y componentes de la flora y la fauna permeados, en todos los casos, de una profunda superstición.

 

CEIBA

 

La ceiba su nombre tiende

bajo el sol redonda brasa

y en ella tiene su casa

sin puertas el viejo duende.

Su verde traje desprende

para su renovación,

y de sus frutos, que son

jaulas abiertas sin prisa,

se ven volando en la brisa

mil pájaros de algodón.[11]

 

La décima anterior da dos elementos míticos: la ceiba y el duende. En esta estrofa rica en imágenes el autor describe la belleza natural que caracteriza este árbol.

La relación existente entre unos y otros elementos mitológicos está en ocasiones bien justificada; tal es el caso de la siguapa que, aunque para el Larousse en Cuba y Puerto Rico es un ave de rapiña,[12] se inserta de manera coherente en nuestra mitología como la mujer del jigüe. Presenta características sui géneris y quiméricas: la describen chiquita, de color negro, con el cuerpo cubierto de pelos, siempre desnuda, los pies planos, el calcañal hacia delante, los dedos hacia atrás, el cabello muy largo, no habla, tiene un movimiento circular continuo de la cabeza y produce un sonido similar a ju… ju… ju… Nuevamente recurrimos a Rodolfo de la Fuente, quien se inspiró en este ser mitológico:

LA SIGUAPA

I

El hombre nada sospecha.

Desnudo sobre la arena

puede que tenga una pena.

Pero la siguapa acecha

                                                    buscando abrir una brecha

en el corazón del hombre.

Ella espera, no se asombre

de su profusa pelambre,

hembra repleta de hambre,

roja lujuria sin nombre.

 

II

 

Pez, animal o mujer:

no tiene origen ni casa.

Sola la noche traspasa

la noche. Busca tener

para su amor otro ser.

En la leyenda camina

como una profunda espina

que vigila al caminante.

Mito, no conoce instante.

Ah, ingenuidad campesina.[13]

 

El texto destaca rasgos del mito femenino. El decimista emplea una estructura que rompe el bloque tradicional de la estrofa para hacer énfasis en términos como acechar, pelambre… Remata el conjunto con versos en los cuales contrastan dos términos clave: mito-ingenuidad campesina.

Cuando analizamos al jigüe decíamos que era nuestra variante de los duendes universales, pero tenemos duendes muy propiamente cubanos y poco parecidos a los europeos o de otras zonas mundiales.

Los duendes cubanos sobresalen por su manera tan original de comportarse. Son seres invisibles y existen en determinado lugar haciendo travesuras; en algunos casos causan temor y pánico. Entre sus aventurillas sobresalen las reflejadas en esta décima:

DUENDES

 

Mezclan azúcar con sal.

 

Se orinan en las cazuelas.

 

Denuncian las botijuelas

que los muertos guardan mal.

 

No son gente ni animal:

bien no va quien los engaña.

Peor el que los regaña

pues no entienden de razones.

Son leves como gorriones

y cubanos como caña.[14]

 

Esta décima que relata muy claramente la esencia de los duendes, cierra con dos símiles que hacen énfasis en la sensibilidad y cubanía.

El folclor y la mitología cubanos registran además el viejo mito de las sirenas, reflejado (como casi todos los demás) en la poesía, la plástica y la narrativa universales. Tomemos esta décima folclórica, rescatada por Feijoo, para ver su propio misterio:

SIRENAS EN CUBA

 

Sirena soy en mi nombre,

en el mar me han conocido,

y mi cuerpo no ha podido

ser jamás mujer o hombre.

Mírame sin que te asombres

de tan extraña belleza,

ocultando la cabeza

y bajándola después:

suelto mi cola de pez

y me vuelvo una princesa.[15]

 

Llama la atención la originalidad del sujeto lírico al describir el mito en voz de la propia sirena. Este es un recurso poco usual que da mayor expresividad y hace más veraz lo mostrado.

Otros seres fabulosos que no podemos obviar en esta clasificación resultan los jinetes sin cabeza. De ellos se ha hablado mucho pero se ha escrito muy poco. El mito recorre la Isla y llega a Las Tunas para motivar a Oscar Vázquez, colaborador del periódico El Eco de Tunas y de la edición especial del periódico Razón, la revista Tunas de ayer y de hoy, de la cual seleccionamos estos fragmentos:

[...]

el indio en la tradición

sigue su marcha macabra

cual fantástica visión.

[...]

y al reflejo de esas lunas

lindas de plateada luz

por la calle Lico Cruz

marcha el caballo en Las Tunas.

 

En la región oriental

rica en lindas tradiciones,

en cantos y narraciones

de belleza espiritual.

Un recuerdo fantasmal

se esconde en cada rincón

como late el corazón

con la crispante belleza

el indio aquel sin cabeza

pletórico de emoción.[16]

 

Consideraciones finales

   En torno a los mitos y las leyendas presentes en la décima cubana podemos apuntar que creadores populares o repentistas y decimistas cultos han recreado, con visiones propias y originales, diversos elementos que conforman este importante mítico de la cultura nacional.

Mitos como la madre de aguas, los cagüeiros, las siguapas o las sirenas, y leyendas de procedencia indígena, entre las que se destacan Caonao y Guanaroca, el guao o la tatagua, enriquecidos y conservados con amor por las tradiciones orales campesinas, crean un fuerte caudal mitológico en el que vienen a beber improvisadores y escritores, para luego volcar en múltiples textos las nuevas versiones que trascenderán su tiempo.

Dice don Fernando Ortiz que « [...] nosotros, cuando menos lo pensábamos, hemos dado con el jigüe en la selva africana, y ya creemos que sea negrito de raza [...]»[17]no obstante el origen indio y la mezcla con lo español, cuyo resultado es un todo sincrético y contextualizado en nuestra naturaleza, hasta convertirse en el mito mayor de la Isla, no sólo por la fuerza y riqueza de sus versiones, sino como tema persistente en el quehacer artístico del país. Asimismo, el mitológico güije es motivo de grandeza artística para Cuba.

Es la décima –como estrofa mayoritaria por el uso y línea limítrofe entre una literatura más elaborada y la tradición oral– la que adquiere, en los textos escritos y repentizados, papel protagónico hasta convertirse en feliz portadora de este complejo mítico con sus rasgos propios, recursos y lenguaje característicos.

 

Bibliografía

 

Además de los libros citados en las notas al pie de página:

 

Arrom, José Juan: «El poeta que hizo amansar los güijes», en Revolución y Cultura, no. 118, La Habana, junio de 1982.

 

Malinowski, Bronislaw: «Función del mito en la vida», en Signos, año 1, no. 1, Santa Clara,        noviembre de 1969.

 


[1] Alejo Carpentier: Revista Signos, año 5, nos. 2-3, Santa Clara, mayo-diciembre de 1974, p. 6.

 

[2] Leoncio Yanes: «Matanzas», en Donde canta el tocoloro, Universidad Central de Las Villas, 1963, p. 16.

 

[3] Idem.

 

[4] Samuel Feijoo: «Caonao», en La décima culta en Cuba, Dirección de Publicaciones de la Universidad Centra de Las Villas, 1963, p. 361.

 

[5] Miguel del Toro y Gisbert: Pequeño Larousse Ilustrado, Instituto del Libro, La Habana, 1968, p. 601.

 

[6] Juan Cristóbal Nápoles Fajardo: «Rigores de la ausencia», en Poesías completas, Editorial Arte y Literatura, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1974, p. 132.

 

[7]

7 Renael González Batista: «Versiones del güije», en Ocho sílabas, Editorial Sanlope, Las Tunas, 1991, p. 9.

 

[8] Rodolfo de la Fuente Escalona: «Jigües», en Paisaje y pupila, Primera Mención Décima en el Concurso 26 de Julio, de las FAR (1981), Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1982, p. 44.

 

[9] Rodolfo de la Fuente Escalona: «Madre de agua», en ob. cit., p. 41.

 

[10] Idem, p. 38.

 

[11] Renael González Batista: «Ceiba», en ob. cit., p. 27.

 

[12]Miguel del Toro y Gisbert: Ob. cit., p. 943.

 

[13] Rodolfo de la Fuente Escalona: «La siguapa», en ob. cit., p. 47.

 

[14] Rodolfo de la Fuente Escalona: «Duendes», en ob. cit., p. 49.

 

[15] Samuel Feijoo: «Sirenas», en Mitología cubana, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1986, p. 460.

 

[16] Oscar Vázquez: «El caballo blanco», en revista Tunas de ayer y de hoy, febrero de 1951, p. 6.

 

[17] Fernando Ortiz: Nuevo catauro de cubanismos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, p. 305.

 

Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Jodar Velázquez, Mercedes E.: "Mitos y leyendas cubanas en la décima escrita" en Revista Caribeña de Ciencias Sociales, enero 2013, en http://caribeña.eumed.net/mitos-y-leyendas-cubanas-en-la-decima-escrita/

Revista Caribeña de Ciencias Sociales es una revista académica, editada y mantenida por el Grupo eumednet de la Universidad de Málaga.