LA INTERACCIÓN PRÁCTICAS CULTURALES COMUNITARIAS Y PRÁCTICA MÉDICA FAMILIAR: UNA VISIÓN DESDE LA PERSPECTIVA SOCIOLÓGICA

RESUMEN
Este artículo aborda desde la perspectiva de la sociología cultural y la relacional, la dimensión cultural en la atención primaria de salud, que a entender de estos autores, tiene su eje central en la interacción que existe entre la práctica médica familiar y las prácticas culturales comunitarias. La atención primaria de salud debe ser comprendida como un espacio social donde se desarrolla un sistema re relaciones sociales de poder entre el médico, sus pacientes, la población que atiende y las instituciones que en ella existen.

PALABRAS CLAVES: prácticas culturales comunitarias, práctica médica familiar, sociología, cultura.

El análisis de la bibliografía tradicional sobre la Atención Primaria de Salud en los marcos del sistema de salud en Cuba, demuestra cómo  los mismos no han estado necesariamente asociados a las prácticas culturales comunitarias, sino, más bien distanciados de una dimensión cultural que con base en la Sociología incursione en el análisis socio semiótico de dichos estudios.

La práctica médica familiar ha sido enfocada en el campo de la Sociología Médica desde las tendencias del pensamiento médico individual biologicista o en ciertas ocasiones desde lo social, permeado por limitaciones teórico-conceptuales; incluso cuando se ha presentado la relación entre factores culturales y salud, no se ha profundizado suficientemente en la interacción prácticas culturales comunitarias-práctica médica familiar, ni se ha hecho todo el énfasis necesario en argumentar el peso que tiene el factor cultural en los problemas de salud, en el cómo y por qué se relacionan los patrones culturales con la salud.

Dichos factores aparecen enunciados en diversas investigaciones médicas y publicaciones como referentes de riesgo para la salud, pero carentes de una dimensión cultural que guíe la estrategia de la acción social del médico  en este nivel de atención.

Por ello nos resultan valiosas las reflexiones sociológicas que con relación al binomio salud-enfermedad han expuesto pensadores como C. Marx (1844), E. Durkheim (1897), T. Parsons (1951) o E. Goffman (1961) entre otros, asumidas por este investigador en sus partes esenciales, pues no llegaron a proyectar su mirada hacia las prácticas culturales comunitarias, ignoradas como base de un sistema que se legitima como institución social, limitación de la que no se ha librado el pensamiento médico y sociológico cubano y de la cual este investigador toma distancia en el texto.

Tales reflexiones aportan postulados epistémicos-conceptuales y metodológicos; claves sociológicas desde la concepción materialista de la sociedad; la concepción de hecho social; la definición de la salud desde un enfoque sociológico y del rol social del enfermo; el modelo de relación médico-paciente; que sirven de anclaje y sostén de lo planteado en el diseño investigativo y de base para fundamentar el estudio de los problemas relacionados con la salud y la enfermedad, lo que le permite al investigador explicar el condicionamiento cultural de la salud como problema social.

Igualmente importantes han sido los estudios especializados consultados sobre enfoques sociológicos relacionados con los problemas de la salud y la enfermedad que, aunque resultan escasos, se han abordado por algunos autores en el contexto latinoamericano y cubano, cuyos aportes teóricos son tomados en consideración, entre ellos, los de Néstor García Canclini (1991), Raúl Rojas Soriano (1995), Nereida Rojo Pérez (2000), Francisco Rojas Ochoa (2004), Libertad Martín Alfonso (2004), Alaín Basail Rodríguez (2006). Estos proporcionan teorías esenciales acerca de la salud como fenómeno social; la conducta ante la adherencia terapéutica; el espacio social en el que se presentan diversos factores de riesgo; la aptitud social; sin embargo, no penetraron hacia lo interno del componente cultural de la salud.

Las investigaciones y argumentaciones sobre los problemas de salud y los factores sociales que en ellos inciden, constituyen hoy más que nunca una preocupación inherente a la existencia y supervivencia humana. Esta se legitima cada vez más como el bien más preciado, condición indispensable para garantizar el proceso de producción y reproducción social, el desempeño de roles y la realización de la vida cotidiana; como elementos esenciales para lograr una adecuada calidad de vida.

Interpretar la salud en el ámbito de la medicina familiar, desde una mirada sociológica, como parte del proceso de la socialización del individuo, requiere reconocer el importante papel que juegan las prácticas culturales comunitarias existentes en el entramado social y su interacción con la práctica médica familiar, lo que cobra especial sentido si se enfoca desde las perspectivas de la sociología cultural y la relacional. Esto significa que para comprender la salud como proceso de socialización  cultural se precisa de una teoría adecuada al carácter relacional de la realidad social como realidad sui generis, hecha de relaciones sociales y de que el conocimiento entendido como la relación entre el observador (médico) y el observado (paciente) se construya, en sí mismo, como relación social.

El pensamiento relacional permite colocar al médico en capacidad de analizar las relaciones, o sea, al ser en relación a su paciente y al resto de los individuos supuestamente sanos que integran la comunidad, inmersos en la multiplicidad de sus relaciones sociales, económicas y culturales, y no sólo la enfermedad; además de proporcionar las herramientas adecuadas para comprender y estudiar la comunicación y su papel esencial en el desarrollo integral de dichos pacientes.

La importancia de este enfoque consiste en que el mismo permite al médico familiar aceptar la diferencia como elemento enriquecedor, no como desigualdad, ni exclusión de grupos sociales.

Al colocar a los individuos unos en relación con los otros, el médico tiene la posibilidad de captar numerosas relaciones específicas que tendrá en cuenta en su valoración de la salud, o sea, concebir la salud de forma relacional, como situaciones de mutua causación y de acción y reacción entre seres que coexisten en ámbitos determinados, que reflejan las condiciones materiales de existencia propias de las diversas clases y grupos sociales a los que pertenecen.

La perspectiva del pensamiento relacional permite comprender, explicar y tratar la salud como fenómeno social, como el producto de sujetos y estructuras sociales que, moviéndose en un cierto contexto social subjetivamente definido, han producido prácticas culturales comunitarias que, a su vez, han generado relaciones diversas y distintas formas de salud.

De esta concepción relacional se infiere que “…un individuo sólo es lo que es a partir de su relación con lo otro.” (A. Chichu, 2002:29) y además que, “… un sujeto nunca tiene una imagen de sí mismo si no es por la mediación de otros sujetos” (J. Rodríguez, 2000:8)

Las prácticas de salud suelen ser diferentes en la medida en que los rasgos de los grupos sociales y sus prácticas culturales comunitarias son diferentes, o equivalentes, o idénticas. Es esta una idea válida y muy importante para evitar al médico durante su relación, diagnóstico y tratamiento del paciente, identificar indebidamente propiedades estructuralmente diferentes o distinguir equivocadamente propiedades estructuralmente idénticas.

Todos los fundamentos explicados hasta ahora, apuntan a la necesidad de que en la medicina familiar se incorpore como sustrato la cultura, en su condición de concepto de máxima generalidad, cuya extensión y relación con la salud se expresa mediante las prácticas culturales comunitarias, lo que le permitiría alcanzar mayor efectividad en las acciones de educación y prevención de salud.

Por prácticas culturales comunitarias se puede entender en un primer momento, las actividades específicas que realizan las personas dentro de un grupo social (clase, estamento, estrato, familia) o de un campo (artístico, académico, religioso, deportivo, escolar, científico, etcétera). Presupone que son espacios sociales que se van estructurando y consolidando históricamente como procesos de secularización, identificación y diferenciación social a partir de la presencia de lo cultural.

En las prácticas culturales comunitarias se incluyen formas de expresión y participación legitimadas o  institucionalizadas, y también aquellas que son propias  de la cultura popular. Una aproximación general y simplificada al término prácticas culturales comunitarias nos conduce a expresar que las mismas se refieren generalmente a la manifestación de una cultura o subcultura, especialmente en lo que tiene que ver con las costumbres culturales o particulares, así como con las prácticas tradicionales de un grupo étnico.

En un sentido más amplio, este término puede aplicarse a cualquier persona o grupo social y manifestar cualquier aspecto de la cultura, en especial aquellos que se han practicado desde la antigüedad, como los relacionados con la salud del hombre. En sentido antropológico y sociosemiótico, refleja los procesos identitarios de los diferentes grupos sociales, así como sus diferencias a partir del entramado de significados que estos le otorgan al contexto social.

Todos los grupos humanos desarrollan saberes y técnicas de carácter preventivo y curativo, normas sociales de control, y construcciones simbólico-culturales, para enfrentar los problemas salud-enfermedad-muerte. Los mismos constituyen una serie de prácticas culturales comunitarias que forman parte de los mecanismos de control de la naturaleza y de las personas, para la reproducción del orden social imperante.

Las prácticas culturales comunitarias no son estáticas, equilibradas, ni coherentes, pues, como elaboraciones simbólicas y materiales de las condiciones de producción y reproducción del mundo de la vida, incorporan las contradicciones y los antagonismos de las relaciones de poder dominantes. Por consiguiente, se puede afirmar que ellas conforman sistemas de referencia para estructurar la interacción social de los hombres y mujeres en su cotidianidad, según las particularidades de su participación en la sociedad.

Las prácticas culturales comunitarias involucran la conducta de dos o más individuos interactuando, las mismas entran en relaciones funcionales que forman parte del nivel cultural. Ellas implican consistencia en el comportamiento de muchos individuos a través del tiempo y del espacio.

Lo anterior supone que la interacción social es una condición mediadora e indispensable  en las prácticas culturales comunitarias. La interacción en el mundo se da en el plano de la intersubjetividad, lo cual implica la cualidad y la práctica de las personas de ver y oír relacionalmente. Estas constituyen las dos formas de relación por excelencia con el mundo. Y el habla, como principal canal de comunicación, es consecuencia de ellas.

Es a partir del ver y el oír que se forma el sentido, desarrollado a través de los diálogos y las interacciones. Interactuar y percibir son dos actividades que van estrechamente ligadas. Sin ellas, el sujeto social no existe.

Una práctica cultural comienza cuando la conducta de una persona se relaciona funcionalmente con la conducta de otra persona. Son relaciones  entrelazadas que producen conductas realizadas por varios individuos y por varias generaciones diferentes. Por tanto, es correcto afirmar que una práctica cultural comienza como la diferencia.

Desde tiempos inmemoriales las prácticas referidas a lograr soluciones a problemas de salud, tanto de carácter físicos como psíquicos, han encontrado un fértil campo de cultivo en las creencias de las sociedades. Prácticas y creencias que, por otra parte, han quedado reflejadas, de manera muy viva y siempre vigente en la memoria e imaginario de las mismas.

Esto significa que el lenguaje tiene un valor como vehículo de transmisión cultural y la oralidad incorporada. En este sentido Claude Lévi-Strauss había señalado que éste es producto y parte de la cultura. Según sea el punto de vista elegido se puede considerar el mismo como una condición de la cultura, en un doble sentido en el que el individuo adquiere la cultura por medio del lenguaje y el lenguaje condiciona a la cultura.

La cultura oral nos ofrece el acceso a otra porción de la experiencia popular acumulada, que en la comunidad reviste vital importancia como medio de conservación y narración. El saber humano procede del tiempo. Aún detrás de las abstracciones de la ciencia, se encuentra la memoria oral y con ella la narración de las observaciones y las experiencias humanas esparcidas en el tiempo, con base en la cual se han formulado las abstracciones.

La oralidad y las fuentes orales son sumamente útiles para conocer gustos, intereses, tradiciones y otros valores afines, junto con diversas formas de pensamiento y significados existentes como los mitos y los ritos, devenidos en prácticas culturales comunitarias. Así por ejemplo, el mito como práctica cultural es un relato, una narración que tiene tres funciones que le son reconocidas tradicionalmente y su conocimiento por parte del médico de la familia le sería de gran valor para su trabajo.

El conocimiento de estas prácticas culturales comunitarias por estos especialistas en la comunidad,  supone que este descodifique y tome como referentes el imaginario colectivo, las creencias, las leyendas, los mitos, lo mágico, lo ritual, lo religioso; ese amplio marco conceptual que involucra la memoria histórica. Las creencias, y por ende, los imaginarios sociales, entran en juego allí donde la razón, expresada en este caso por las Ciencias Médicas, no puede dar respuestas a interrogantes que hacen referencia a los problemas de salud. Las representaciones sociales y los imaginarios existentes, tienden a justificar y construir destinos de salud comunes para todos los integrantes de la comunidad.

Una actividad fundamental del médico en la atención primaria de salud es la valorativa. Esta constituye la práctica médica familiar cotidiana; pero esta habilidad presupone la capacidad de observar e interpretar. Esto significa que el médico de la familia posea una determinada competencia hermenéutica como herramienta de trabajo, o sea, estar en condiciones de conocer y aplicar inexorablemente en su práctica el arte de interpretar textos sociales y contextos que le faciliten el camino hacia el diagnóstico de la situación o los problemas de salud.

La medicina no es sólo un cuerpo de conocimientos teórico-prácticos, sino que es una disciplina que objetivamente tiene fundamento en un trípode: el médico, como agente activo en el proceso sanitario; el enfermo o paciente; la entidad o enfermedad que es el vehículo y nexo de la relación médico-paciente. La práctica de la medicina combina tanto la ciencia como el arte de aplicar el conocimiento y la técnica para ejercer un servicio de salud. Esta conjunción bidimensional implica que la práctica médica familiar gira alrededor de la relación médico-paciente, que es el núcleo necesario para que la acción médica pueda intervenir en la necesidad de salud del paciente.

Enmarcar la práctica médica familiar en los términos de conocimientos, métodos, técnicas, procederes, habilidades y destrezas, es expresión de una visión tecnicista o mecanicista, reduccionista y unilateral, que no se ajustaría a nuestra concepción, en tanto que deja fuera de esas relaciones las prácticas culturales comunitarias, los conocimientos y la experiencia del propio paciente, la familia y la comunidad.

En cada momento en la sociedad intervienen un conjunto de posiciones sociales que va unido por una relación de homología a un conjunto de prácticas, a su vez caracterizadas relacionalmente. El nivel primario de atención de salud (independientemente del término con que se acuñe en los distintos sistemas de salud), es el espacio social donde se encuentran legitimadas y funcionando las instituciones de salud, espacio que deviene en escenario fundamental de actuación del médico y demás actores sociales que intervienen en la práctica de la medicina familiar, inmersos en un universo de relaciones de poder.

Entendemos como relaciones de poder en el campo de la salud familiar las que se establecen entre: médico/médico; médico/pacientes; médico/familia; médico/comunidad; individuos sanos/enfermos. De aquí se deriva que las relaciones sociales que se establecen durante el desarrollo de la práctica médica familiar, se pueden clasificar a partir de criterios espaciales, temporales, legales y éticos, así como del carácter y las peculiaridades sociales y culturales de dichas relaciones, este investigador  las clasifica como:

  1. Relaciones sociales mediadas por el lugar que ocupan en la estructura social según el capital simbólico de que disponen o el rol que desempeñan los individuos en el proceso salud/enfermedad: relaciones médico/médico; médico/paciente; médico/individuo sano; médico/familia; médico/comunidad; enfermo/sano, hombre/mujer, niño/adulto.
  2. Relaciones interpersonales y grupales mediadas por la cultura de salud y las prácticas culturales comunitarias: enfermo/sanador.
  3. Las que ocurren en el seno familiar, escolar, laboral, grupal, comunitario.
  4. Relaciones entre la infraestructura institucional de salud y la infraestructura socialmente legitimada, entre el cuerpo legal establecido y la práctica alternativa, entre los códigos éticos y los comportamientos individuales.

Si el médico en la atención primaria de salud, no incorpora en la práctica médica familiar, (entendida no solo como los elementos técnicos o de procedimientos que desde la clínica ejecuta este profesional, sino además, como aquellas variables de las cuales no puede divorciarse dicha práctica, a saber: acciones educativas, trato y relaciones con el  paciente y sus familiares, comportamiento ético, garantía del secreto médico y la confidencialidad, así como el establecimiento de un clima de confianza y seguridad con el paciente y sus familiares), las características culturales de la población que atiende, ignorando que la misma es portadora de un sistema de prácticas culturales comunitarias vinculadas a la salud, estará incidiendo negativamente en la calidad, efectividad y resultados de su labor, pudiendo incurrir en consecuencia, una mala práctica médica, lo que da al traste en no pocas ocasiones con los resultados esperados en la aplicación de estrategias y programas en la Atención Primaria de Salud y genera en una parte significativa de la población insatisfacciones, criterios desfavorables y hasta actitudes de rechazo hacia este servicio.

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Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Moncada Santos, Margarita y Villarreal Varela, José Alfredo: "La interacción prácticas culturales comunitarias y práctica médica familiar: una visión desde la perspectiva sociológica" en Revista Caribeña de Ciencias Sociales, mayo 2013, en http://caribeña.eumed.net/practicas-culturales/

Revista Caribeña de Ciencias Sociales es una revista académica, editada y mantenida por el Grupo eumednet de la Universidad de Málaga.