EL PROCESO MIGRATORIO EN CUBA DURANTE SUS TRES PRIMEROS SIGLOS COLONIALES

Resumen
Desde los orígenes del hombre los procesos migratorios hacia las diferentes regiones del planeta han sido una constante. Unas veces de manera voluntaria y otras de manera forzada, en ellos han influido desde las condiciones naturales hasta el ocupamiento de sus territorios por otros emigrantes o conquistadores. Este proceso, generador de culturas mestizas, ha centrado la atención de los historiadores. Muchos miembros de este gremio han considerado al capital humano como el principal aporte hispano a la construcción nacional de los países americanos. Cuba no ha quedado exento a lo planteado aunque tuvo una diversa migración entre los siglos XVI al XVIII, donde se incluyen otras partes de Europa y América.

Palabras claves
Migración, Cuba, península, colonización

Los resultados iniciales del proceso de viajes de búsqueda de nuevas rutas comerciales, auspiciados por la corona española y culminatorios con el encuentro entre el viejo y el nuevo mundo, así como, la conquista y colonización de este último, no generó grandes esperanzas en los sectores aristocráticos más elevados de la Península quienes adoptaron una actitud conservadora y hasta de oposición ante el mismo.

Las expediciones encontrarían en los segundones hijosdalgos sus principales representantes. Las tierras americanas brindaban posibilidades hasta esos instantes negadas en la Península de hacerse de fortuna y superar la decadencia económica en que estaban sumergidos estos actores sociales, a los que el Derecho español medieval les negaba algún beneficio económico.

Desde el principio los monarcas españoles se esforzaron por conseguir el pase a las Indias de menestrales y artesanos especializados en determinados oficios, así como de labradores, cultivadores de las tierras; ante los nada halagüeños resultados de esta política se dictaron entre 1492 y 1497 Reales Cédulas autorizando la recluta de delincuentes para formar parte de las expediciones descubridoras. Estas disposiciones que no alcanzaron mayor importancia quedaron abolidas por otra Real Cédula del 11 de abril de 1505.

En el índice de las personas prohibidas en las expediciones descubridoras o colonizadoras figuraron: los descendientes de moros o judíos, los herejes reconciliados o castigados por la Inquisición, los negros ladinos y los gitanos. Hoy es muy difícil comprobar si estas prohibiciones[1] fueron o no cumplidas,  pues es muy sabido que el Derecho español en las tierras americanas se cumplía de manera bastante cuestionable.

En los inicios del siglo XVI, se decretó que solo los súbditos de la Corona de Castilla estaban autorizados para pasar a las Indias a establecerse o comerciar con estos territorios, considerándose extranjeros los propios españoles peninsulares no castellanos, siendo la mayoría de los participantes en las expediciones conquistadoras pobladores de Castilla, León y Asturias, de la parte montañosa de Extremadura y especialmente de Andalucía.[2]

Con el ascenso del primero de los Habsburgos al trono español, se quiso equipar a todos los súbditos en materia de comercio con las regiones indianas, fueran castellanos o no, autorizándose desde mediados del siglo XVI la entrada de habitantes de otras regiones como fueron navarros, aragoneses, catalanes, valencianos y mallorquines, hecho legalizado a través de la llamada Carta Real de Naturalización, cuyos requisitos y efectos jurídicos para obtenerla cambiaron según los tiempos y las circunstancias.

En un primer momento bastó para conseguirlas haber vivido diez años con casa abierta y estar casado con una mujer natural de Castilla. El falseamiento de las informaciones exigidas, y el incremento peligroso que tomó el comercio de extranjeros, fácilmente naturalizados al amparo de estas disposiciones, motivaron disposiciones reales de tendencia restrictiva, elevándose a veinte el número de años de residencia previa, se impuso la exigencia de la posesión de bienes raíces y se determinó que solo el Consejo de Indias, y no como antes la Casa de Contratación de Sevilla, podía autorizar la concesión de estas naturalizaciones.

La realidad americana obligó a que no fuera la naturalización el único camino legal que permitió a muchos extranjeros arraigar en estos territorios o sostener con ellos desde la metrópoli, relaciones comerciales. La necesidad de fomentar en las Indias el ejercicio de ciertos oficios y profesiones mecánicas hizo abrir la mano a los gobernantes españoles y permitir la entrada a extranjeros hábiles en semejantes menesteres, mediante examen de capacidad y prestación de fianza, garantizando que seguirían desempeñando en las Indias los oficios en los cuales habían acreditado su eficiencia.

La Casa de Contratación de Sevilla y luego el Real Supremo Concejo de Indias fueron los encargados de emitir la autorización o licencias que permitían el embarque. Solo se conservan ciento cincuenta mil licencias de todo el período colonial para todos los territorios de ultramar. Se calcula que el flujo emigratorio hacia América fue de 60 000 personas.[3]

En Cuba los emigrantes peninsulares durante el siglo XVI acudieron fundamentalmente a las fundaciones urbanas y en menor medida a las poblaciones rurales, esto contribuyó a modificar el sentido típicamente extensivo de la población anterior. Por esta época continuaba la prohibición a la entrada de extranjeros, especialmente ingleses y franceses, quienes eran los enemigos acérrimos de los españoles.

El proceso de colonización hispánica y su paulatino asentamiento en la Isla de Cuba influirá de modo negativo en su población aborigen, diferentes factores (hambruna, suicidios, baja natalidad, enfermedades) la irá exterminando, sin dejar de producirse un proceso de mestizaje físico y cultural con los españoles meridionales y negros africanos, condicionando la heterogeneidad de la composición étnica del proceso de formación del pueblo cubano.

Un primer proceso de asentamiento tuvo dirección oriente-occidente, justificado por la cercanía de La Española, centro de dominación colonial en América pero además, donde estaba la mayor cantidad de aborígenes a emplear como fuerza de trabajo. Sin embargo, la conquista del espacio continental americano cambiará el ritmo y la dirección del poblamiento hispánico en la Isla desde la primera mitad del siglo XVI. Para 1550 la parte oriental solo posee el 25 % de la población, la zona central y occidental el 42 y 33 % respectivamente.[4]

Para el siglo XVI las fuentes documentales y estadísticas existentes son muy imprecisas en la determinación de la cantidad de ¨blancos¨ asentados en la Isla. Se plantea que para 1518, el total de personas consideradas ¨blancas¨ ascendían a unas tres mil, pero ya para 1544[5] solo se encontraban en Cuba unas ciento familias[6] sin definirse componente étnico o procedencia geográfica.

Un elemento determinante en esta situación eran las expediciones organizadas para la conquista de México y de la Florida en busca de mejores establecimientos auríferos[7]. Hasta la sexta década del siglo XVI la Isla se caracterizará por un crecimiento poblacional lento que se hará sostenido y favorable hacia la década de los setenta del mismo siglo gracias al factor flota que impulsará cierta inmigración.

Entre 1569 y 1570, el ¨censo de blancos¨ realizado por el Obispo Juan del Castillo es muy limitado pero refleja sin dudas el decrecimiento de la población hispánica del este de la Isla: el prelado cuantifica setenta vecinos (cabezas de familias) en Bayamo, treinta y dos vecinos en Santiago, veinticinco vecinos en Puerto Príncipe, y veinte vecinos en Sancti Spíritus; es decir, unas setecientas cincuenta personas en el área centro-oriental. Por otra parte, solamente en la Habana aparece la cifra de ciento veinte vecinos hacia 1582 (unos seiscientas habitantes); sin contar cincuenta y un individuos ¨sin casa ni mujer, ni algunos isleños (de Islas Canarias) que van haciendo sus vinos y vendiendo vinos¨. A diferencia del resto de la Isla, el crecimiento de la población habanera es muy acelerado en el último cuarto del siglo XVI, pues sin contar los transeúntes o forasteros, en la Habana hay alrededor de ochocientas familias hacia 1598; o sea, unas cuatro mil personas.[8]

Para el siglo XVII, unido a la incipiente manufactura azucarera y la entrada de negros africanos como fuerza de trabajo esclava que se mantendrá de manera continua pero sin los niveles significativos que alcanzará a fines de la centuria dieciochesca, el auge de la producción tabacalera necesita también fuerza de trabajo que aunque en menor cuantía posibilitó la entrada de los europeos, fundamentalmente canarios.

Los conflictos armados entre España e Inglaterra, en el siglo XVII condicionaron la inmigración de muchas familias. Llegan unas ocho mil  personas de origen hispánico procedentes de Jamaica en 1656 y varios grupos de la Florida, Louisiana y Santo Domingo, donde se incluyen personas de otras nacionalidades, principalmente francesas.[9]

Para finales del siglo XVII la Habana tiene el 50 % de la población de la Isla con unos cincuenta mil habitantes[10], lo que refleja una intensa concentración poblacional. Los pobladores se agrupan fundamentalmente en cerca de veinte asentamientos, contando las siete primeras villas, donde la Habana y Bayamo tiene la mayor cantidad. Entre los años 1493 y 1600 aproximadamente, tenían procedencia hispánica unas cincuenta y tres mil trescientos cincuenta y nueve personas en América, observándose la significación de Andalucía, Extremadura y las dos Castillas[11].

A partir del siglo XVII el número de emigrantes andaluces y extremeños disminuye en comparación con el período anterior, creciendo los procedentes del este y el norte de España, los gallegos y asturianos comienzan a adquirir significación emigratoria, también los vascos y catalanes se destacan por su número y actividad[12]. El cambio no estuvo influido por una transformación en la política de ultramar, sino que, fue el reflejo de una mayor participación económico-social de esas regiones que no se vieron beneficiadas con el “descubrimiento”.

En el siglo XVII un grupo importante fueron los vascos y los navarros, estos últimos autorizados a emigrar a América desde 1563. Esta emigración era, al igual que la canaria, muy selectiva, aunque sin la ayuda oficial. Los vascos y los navarros eran, por lo general, negociantes o emigrantes relacionados con la pequeña nobleza regional y mostraron una fuerte propensión a protegerse unos a otros estimulando el traslado de sus coterráneos. Familias como las de Arango, Aróstegui y otras procedían de esas regiones llegando a constituirse en grupos económicos importantes de La Habana.[13]

Estando ya en Cuba, los emigrantes se dirigieron principalmente a las fundaciones urbanas creadas desde el siglo XVI y en menor grado a las áreas rurales cuya colonización era nueva. Se estima que entre los siglos XVI al XVIII emigraron unas ochocientas tres mil personas[14], aunque la mayoría de los emigrantes hacia Cuba fueran peninsulares, desde principios del siglo XVI los isleños formarían un por ciento importante de estos. Su significación numérica y cualitativa constituyó sustrato de la formación de pueblos y ciudades de la Isla. Al ser las Islas Canarias la principal escala entre España y América, y embarcarse en ellas pobladores, agua, comida, bebidas, el comercio y el tráfico ilegal van a caracterizar este contacto. A diferencia de la península hispánica, desde donde emigran mayormente hombres, las salidas son reglamentadas y se mantiene cierta observancia en torno a la calidad y condiciones de las familias agricultoras. Desde la segunda mitad del siglo XVI comienza la emigración masiva de grupos familiares canarios, dando lugar a que las Islas se convirtieran rápidamente en un trampolín para saltar a la América.

En 1561, aunque condicionada por las Ordenanzas de la Casa de Contratación de Sevilla, se ratifica y prorroga el derecho que tienen los isleños a emigrar a América, las sesenta y cinco personas (siete familias y diversos pasajeros con acompañantes) que emigraron legalmente entre 1569 y 1589 nos muestran que el proceso de traslado comienza tempranamente.[15]

También del territorio peninsular llegaban súbditos de la corona a Canarias con el fin de trasladarse a América, sin importar la forma en que se concretase su objetivo. Para lograrlo alegaban que se iban a asentar en las Islas Canarias y en la primera oportunidad, se embarcaban para el Nuevo Mundo. Otros, aquellos que habían perdido la Flota, se dirigen al archipiélago para tomar otro barco que los llevara a su destino. Este tipo de emigración aunque era prohibida por la Corona, continúa de manera creciente.

Muchos extranjeros, sobre todo portugueses, van en sus naves hasta Canarias, venden una parte de las mercancías y continúan viaje hacia América. En otras ocasiones, entran en las Islas, simulan la venta del buque y siguen hasta las Indias como capitanes de los barcos. Los naturales de Canarias, por supuesto, aprovechan cada barco (lusitano o no) para exportar y emigrar.

La protección a la entrada de isleños en Cuba fue autorizada por Real Cédula de 11 de abril de 1688, la que encarga a las autoridades para que ofrezcan facilidades y tierras en lugares apropiados a familias canarias que arriban tanto a Cuba como a Puerto Rico[16]. Es muy difícil comprobar hasta que punto esas disposiciones fueron cumplidas, pero en cuanto a los canarios es sabido que, por lo general, se asentaron en el interior, en tierras agrícolas, lejos de los centros urbanos, -lo cual aparte de que respondía a la calidad de los emigrantes- puede ser un indicio de que la protección les fue dada.

A esta emigración se debe principalmente la formación de una serie de centros urbanos de la región de La Habana, dedicados por lo común al cultivo del tabaco. Bastaría para dar una idea de la importancia que tuvieron los emigrantes canarios en la difusión de la economía tabacalera cubana recordar que la sublevación de los vegueros en 1717-1723 fue llamada de los isleños.[17]

La emigración hispánica a América durante el siglo XVIII es grande y responde también al predominio andaluz, extremeño y castellano, según los estudios realizados por historiadores españoles, sin que las demás zonas dejen de contribuir. Para facilitar la emigración, el rey dispone que a cada persona emigrante se le entregara un doblón de 4 escudos de plata y se le exonere de pagar los gastos del pasaje.[18]

La emigración de familias desde Islas Canarias a la Florida que promueve la Real Compañía de La Habana, muestra el interés que España mantiene por el asentamiento de agricultores en América durante todo el siglo XVIII, lo que facilita el desarrollo de la industria azucarera y tabacalera. Para 1758 viajan a la Florida setenta y cinco familias (trescientas setenta y cinco personas) de ellas cuarenta y seis proceden de Santa Cruz de Tenerife y veintinueve de Gran Canaria[19]. La empresa dispone de dos barcos que anualmente embarcan en Santa Cruz de Tenerife a las familias fijadas. Esto influye considerablemente en el aumento de la población de Cuba, pues muchos isleños desertan en La Habana y se internan en la vida rural.

Hacia 1730, la población de Cuba alcanza un monto calculado en cien mil personas, número similar al inicio de la conquista, lo que evidencia el despoblamiento provocado por el exterminio de los aborígenes, al comenzar el reinado de Carlos III (agosto de 1759) había ascendido en cuarenta mil habitantes, de los cuales sesenta mil vivían en La Habana y sus inmediaciones, espacio que contenía unos ciento veinte ingenios de bajo rendimiento; gran número de hatos y corrales que ya sufrían los embates del proceso de deslindes producto a la expansión azucarera y las estancias y sitios de labranza pasaban de quinientos. La Habana se estaba convirtiendo en una de las más populosas ciudades de América[20]. Esta situación confirma que hacia el siglo XVIII la hegemonía del poblamiento hacia occidente es un hecho y la realización del primer censo lo confirma. En el período de 1774 a 1792, la tasa de crecimiento es de 2,3%, o sea, de haberse mantenido esta constante, se efectúa una duplicación de la población total en solo 27 años.[21]

Hacia fines del propio siglo durante el gobierno de Don Luis de las Casas (1790-1796) se introducen muchos canarios con la ayuda de las autoridades. Los blancos no españoles habían sido sistemáticamente excluidos de América so pretexto de que eran herejes o enemigos de la Corona española; pero no se había logrado evitar completamente su presencia, bien cuando en alguna forma satisfacían a esas objeciones del Estado español o cuando, como prisioneros de guerra, vivían en las poblaciones coloniales como si fuesen nacionales.

Con la llegada de los Borbones al trono español se ofrecieron posibilidades de inmigración de ciertos europeos, algunos de los cuales llegaron a Cuba en cantidades apreciables y, sobre todo, dejaron huellas significativas. El primero de los contingentes de este tipo estaba constituido por los franceses. Tanto la administración del negocio de la trata, antes de la Paz de Utrecht, como las frecuentes relaciones comerciales determinaron el establecimiento de emigrantes franceses en Cuba durante la primera mitad del siglo.

Como en los casos anteriores es difícil precisar la importancia numérica de estos emigrantes; pero debieron constituir un núcleo urbano de cierta cuantía en La Habana cuando al cesar la concesión de la trata a la Compañía de Guinea se les ordenó salir del país y muchos de ellos huyeron hacia el interior  negándose a cumplir la orden. Esta emigración francesa fue por su calidad bastante más variada que las demás; aparte de los comerciantes, hubo entre ellos médicos y funcionarios.

Cuando esta etapa de afluencia de franceses y de afrancesamiento de la administración y la política española en América cesó, aparecen los primeros emigrantes ingleses. Al igual que los franceses, llegaron a Cuba como agentes de la compañía concesionaria de la trata de esclavos. Con anterioridad hubo núcleos cuantitativamente importantes en calidad de prisioneros, algunos de los cuales al decir del Dr. Sloane vivían libres en La Habana y ejercían sus oficios como cualquier ciudadano español o criollo; pero no debemos pasar por alto que estos emigrantes venían forzados y generalmente permanecían muy poco tiempo.

A los ingleses que llegan después de 1713 las circunstancias sociales de la colonia les impiden sus pretensiones de  avecindamiento, y por ello, retornaron a su país. Quizás alguno que otro de origen irlandés, como O´Farrill creó una familia cubana de relieve en la administración, en la economía y en la cultura del país.[22]



[1] Se conoce que a tierras americanas llegaron gran número de judíos y a Cuba lo hicieron desde el siglo XVI aunque se carece de información documental para su identificación.

[2] Jesús Guanche: España en la savia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999  P. 13.

[3]Jesús Guanche: España en la savia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999  P.17

[4]Jesús Guanche: España en la savia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999,  Pp. 35 y 36.

[5] Estadísticas ofrecidas por el Obispo Sarmiento.

[6] Cerca de 750 personas

[7] Jesús Guanche: España en la savia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999, P. 36

[8]Jesús Guanche: España en la savia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999, P. 37

[9] Ídem. P. 38

[10] Ídem. P. 38

[11] Ídem. P 15

[12] Jesús Guanche: España en la savia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999, P. 18

[13] Julio Le Riverend: Historia económica de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, P. 20 y Arturo Sorhegui D´Mares: La Habana en el mediterráneo americano, Editorial Imagen Contemporánea ,Ciudad de La Habana,2007

[14] Jesús Guanche: Ob.cit. P. 21

[15]Jesús Guanche: España en la savia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999, Pp.24-25.

[16] Julio Le Riverend: Historia económica de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, P. 19

[17]Julio Le Riverend: Historia económica de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, P 20.

[18]Jesús Guanche: España en la savia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999, P.27

[19] Ídem P. 27

[20] Arturo Sorhegui D´Mares: La Habana en el mediterráneo americano, Editorial Imagen Contemporánea ,Ciudad de La Habana,2007

[21] Jesús Guanche: España en la savia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999, P. 38

[22] Julio Le Riverend: Historia económica de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, P. 21

 

Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
García Concepción, Patricia: "El proceso migratorio en Cuba durante sus tres primeros siglos coloniales" en Revista Caribeña de Ciencias Sociales, enero 2014, en http://caribeña.eumed.net/proceso-migratorio/

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