EL VALOR CULTURAL DE LA RELIGIÓN NATURALISTA DE JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO

Resumen
Este artículo presenta un nuevo capítulo de la investigación histórica emprendida por el autor, sobre la vida y obra del notable maestro y filósofo cubano de la primera mitad del siglo XIX José de la Luz y Caballero, y trata aspectos muy significativos acerca de su concepción naturalista sobre la religión. El objetivo general planteado está dirigido a revelar las características principales de concepción naturalista lucista de la religión como fenómeno social. Otro objetivo trazado por el autor está orientado hacia el análisis del roll pedagógico de dicha concepción en la formación de costumbres y formas de conducta individual y social, que contribuyeron a la formación de valores éticos e identitarios, necesarios para fomentar en los niños y jóvenes de la época profundos sentimientos de amor a la patria.
Palabras clave: Amor, cristianismo, culto, Dios, educación religiosa, religión.

The cultural value of José de la Luz y Caballero’s naturalistic religion

Abstract
This article shows a new chapter of the historical investigation undertaken by the author, on the life and work of the outstanding, Cuban educator and philosopher of the first half of the XIX century José de la Luz y Caballero. The author deals with very relevant aspects about his naturalistic conception on religion. The general objective presented is intented to reveal the principal characteristics of the naturalistic conception of religion as a social phenomenon. Another objective to attain in this article aims at the analysis of the pedagogical role of this conception in forming habits and social and individual behaviors. They contributed to ethical and self-defining values formation, which are necessary to foster in children of present times everlasting feelings of love for the nation.
Key words: Love, christianity, cult, God, religious education, religion.

José de la Luz y Caballero (1800-1862) fue una de las personalidades más representativas del pensamiento cubano de la primera mitad del siglo XIX. En tanto hombre de su tiempo, asumió como compromiso la titánica tarea de dar continuidad al proceso de formación de la cultura nacional, profundizar la reforma educacional, así como estimular el desarrollo científico-técnico y su aplicación práctica a la producción agrícola e industrial, para contribuir a la prosperidad económica del país. Sin embargo, su obra y acción han sido objeto de variadas y contrapuestas interpretaciones, y sus ideas filosóficas, morales y hasta religiosas, ha constituido tema de amplios debates.

Por ello, el objetivo general planteado está dirigido a revelar las características principales de su concepción naturalista de la religión como fenómeno cultural. Otro objetivo trazado por el autor está orientado hacia el análisis del roll pedagógico de dicha concepción en la formación de costumbres y formas de conducta individual y social, que contribuyeron a la formación de valores éticos e identitarios, necesarios para fomentar en los niños y jóvenes de la época profundos sentimientos de amor a la patria y sus costumbres.

Después de su muerte, diferentes personalidades han interpretado de diversos modos sus ideas religiosas. Según Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro,

[i] la primera deformación premeditada de sus creencias religiosas la presentó José Ignacio Rodríguez en una biografía publicada en 1874. A finales de la década del 40 del siglo XIX Carlos Rafael Rodríguez denunció la existencia de un nuevo plan de distorsiones del pensamiento y acción del maestro cubano y especialmente de sus ideas religiosas. Los promotores del plan, denominados fanáticos clericales por Carlos R. Rodríguez, falsearon intencionalmente su imagen como creyente y lo presentaron como un religioso estricto, comedido y carente de espíritu crítico. En ese grupo incluyó al profesor Rafael García Bárcena (1907-1961), quien ofreció «un esquema del pensamiento filosófico de Luz en que aquel aparece como un místico, prescindiendo de su mejor contribución filosófica».[ii]

Determinados intelectuales le han reprochado, en diferentes momentos, la vinculación de su credo religioso a la actividad pedagógica. Entre esas  personalidades sobresale Manuel Sanguily, quien en 1890 ponderó su obra pedagógica y filosófica, y reconoció sus grandes contribuciones al pensamiento social cubano. Sanguily negó el valor pedagógico de su Texto de lectura graduada para ejercitar el método explicativo, porque el mismo incluía un importante número de fábulas e historias bíblicas.[iii] Después del triunfo de la Revolución cubana, han predominado los estudios que reconocen sus grandes aportes a las transformaciones sociales, económicas, políticas y culturales del país; sin embargo, algunos autores aún tratan con recelo su religiosidad.

En 1987 Armando Chávez Antúnez en un  artículo sobre la ética de Varela, Luz y Caballero, Enrique J. Varona y Martí, sin argumentos probatorios de ningún tipo y de manara categórica afirmó: «Todo el pensamiento ético de José de la Luz y Caballero está caracterizado por una profunda religiosidad. Para él, la devoción religiosa y por ende la fidelidad a Dios constituyen el único camino que garantiza la moralidad del ser humano».[iv] Igualmente, la investigadora Perla Cartaya Cotta en 1988, planteó: «El análisis de sus concepciones en la esfera de la educación moral, permite comprender la contradicción entre concepciones materialistas e idealistas, expresadas las últimas en su criterio  —constituye una limitación de su pensamiento—, de que era importante dar una educación religiosa desde los primeros años de vida».[v] La investigadora referida en otra publicación de 1989 expresó: «Las ideas religiosas que volcó en muchas de las lecturas se contradicen con la enseñanza científica que Luz y Caballero promulgó e impulsó, y sólo es posible entenderlo a partir de la evolución de su propio pensamiento, de la férrea censura existente y de las exigencias coloniales en materia de enseñanza».[vi] También Justo A. Chávez Rodríguez en 1992, aunque no comparte completamente las posiciones de Manuel Sanguily, negó el valor pedagógico de las actividades contenidas en el Texto de lectura graduada para ejercitar el método explicativo, porque consideró contradictorio el espíritu revolucionario del método explicativo lucista con respecto a lo que él denominó explicación de los dogmas de la religión.[vii]

Al igual que los iluministas franceses del siglo XVIII el gran educador cubano entendió el término naturaleza, no sólo como el conjunto de objetos, fenómenos y procesos de la realidad material regidos por leyes propias al margen de la intervención humana, sino como el valor máximo en la evaluación de su ser y el concepto que designa la esencia o modo de ser de las cosas o los rasgos que las caracterizan. Precisamente por esa razón, consideró que el hombre posee una naturaleza o esencia que refleja su modo de ser concreto. Según sus puntos de vista, el hombre es un ser vivo y, como tal, forma parte de la naturaleza; por consiguiente, es un ser real y natural cuya esencia o naturaleza consiste en la racionalidad, en poseer una inteligencia y una voluntad libre. Dicha naturaleza humana es universal y lo coloca en una situación privilegiada ya que, a diferencia del resto de los seres naturales no racionales, su comportamiento no está determinado por los instintos y necesidades naturales, sino que, gracias a su voluntad, puede actuar en correspondencia con los dictados de la razón y derivar sus ideas religiosas de la razón y la ciencia. Por consiguiente, declaró a los hombres y los resultados de su actividad como algo natural; es decir, concibió como natural los procesos y objetos del universo y  los fenómenos inherentes a la naturaleza humana. Es por ello que su concepción acerca de la religión puede ser declarada naturalista, pues la asumió como actividad que refleja, importantes aspectos de la vida espiritual y la cultura de los hombres.

Independientemente de las dudas generadas por sus ideas religiosas entre algunos intelectuales, el trascendente pensador fue muy sensato al analizar el fenómeno religioso como un fenómeno sociocultural condicionado por causas objetivas. Prueba de ello, es que al explicar la trayectoria histórica de la religión sostuvo que esta no ha seguido una línea recta en su desenvolvimiento, sino que ha sido el resultado de profundos cambios provocados por acontecimientos sociales trascendentales como la Reforma, incluso señaló que determinadas revoluciones le habían proporcionado nuevos bríos a la religión católica, en virtud de lo cual planteó: «hasta la Revolución francesa, la más cruenta de las protestas, ha sido un germen de vida para la religión».[viii]

La religión, afirmó, es la adoración acendrada a Dios, expresada a través de un apasionado amor, veneración y gratitud hacia la obra del Creador. Los principios de su religiosidad establecen que el hombre accede a Dios a través de la observación y el conocimiento de la obra del Eterno, porque en ella ve el plan y el orden divino concretado en el mundo. Así negó todo intento de hacer derivar la idea de Dios de la razón exclusiva, por eso no siguió el modelo de demostración de la existencia de Dios planteado por Santo Tomás y defendió el criterio de que Dios puede conocerse mediante el mundo, al respecto planteó que Dios es un ser absolutamente hipotético y declaró que «el que niegue la aparición de la idea de Dios en el examen del Universo, niega la existencia del Ente Supremo, pues en los fenómenos están las únicas pruebas racionales que de tan importante verdad pueden suministrarse».[ix]

Según sus puntos de vista, la religiosidad no puede basarse en la imposición, sino en el autoconvencimiento de la existencia de Dios como causa primera, resultante de las evidencias aportadas por la actividad empírica humana, pues sólo la experiencia es quien descubre al hombre los principios con los cuales es posible dar razón de la presencia de Dios. El amor y la poesía constituyen la sangre del espíritu divino que la religión transfunde a los individuos para hacerlos más humanos: «Sin ella –aseveró– no hay amor, y sin amor es la tierra un yermo espantoso».[x] Sobre esa base, le otorgó a la religión la capacidad de facilitar la unidad entre la razón y el amor, así como la cualidad de transmitir sentimientos, lo cual queda plasmado en uno de sus apuntes de enero de 1845: «La religión, hija y madre del sentimiento».[xi] Es esta la causa fundamental de la enérgica oposición lucista al ateísmo mecanicista de la filosofía moderna, que cuestionó la religión como fe y la redujo a un simple factor de alineación, sin reconocer su significación para la espiritualidad humana.

En su concepción filosófico-religiosa ocupa un lugar muy importante el principio de la unidad entre ciencia y religión, por esa razón en la Impugnación a Cousin  aseveró: «Al siglo presente no se le puede llevar al santuario de la religión, sino por el vestíbulo de la ciencia».[xii]  Ese criterio lo reafirmó en la misma obra, al alegar: «Son las ciencias en sus varios ramos como otros tantos ríos, que por doquiera que sigamos su curso, constantemente vienen a parar al océano de la Divinidad».[xiii] A partir de ambas aseveraciones concluyó que en la espiritualización de los hombres, la ciencia y la religión interactúan por un objetivo común: el mejoramiento de la vida social e individual humana.

El grande pensador interpretó la religión como un medio para lograr el equilibrio social, en virtud de lo cual señaló: «La religión es una potencia armonizadora; consuelo de los desgraciados, y freno de los favorecidos por la fortuna».[xiv] A este criterio agregó: «La religión —verdadera piedra filosofal, que hasta la escoria la convierte en oro; la desventura en alborozo».[xv] Sus palabras son más que elocuentes, para él la religión puede jugar el papel de guía de las actitudes que los hombres asumen ante la vida y, al mismo tiempo, puede ser una fuente que irradia esperanza, fraternidad, ayuda y armonía espiritual.

Es muy significativo su reconocimiento al valor cultural de las manifestaciones religiosas, expresadas mediante fiestas populares, celebraciones, ceremonias, creencias y tradiciones de los pueblos. También, apreció el valor del arte religioso, reflejado en grandes obras de la arquitectura. Del mismo modo, consideró muy valiosas las diversas formas de pensamiento basadas en principios religiosos como la mitología, la filosofía y la ética. El enfoque cultural lucista de la religión atisbó la apreciable idea de que las actitudes condicionan los comportamientos que gradualmente van identificando al individuo con la comunidad de origen. En ese sentido, las creencias religiosas constituyeron una fuente nutricia del proceso identitario cubano.

Aunque, bajo ciertas condiciones, la religión puede proporcionarle a las relaciones humanas un carácter enajenante, Luz y Caballero no la caracterizó como un veneno espiritual, porque descubrió en ella valores sociales que estimulan el desarrollo de las energías liberadoras del hombre. Desde esa perspectiva, afirmó que la religión cristiana es un medio inestimable para consolidar la formación de sentimientos y convicciones morales, y así lo hace constar en sus escritos académicos de 1839: «la religión es un elemento tan necesario para la vida moral, como el aire lo es para la corporal: tan indispensable al pueblo como al hombre instruido».[xvi]

De acuerdo con sus criterios, la religión cristiana es un fenómeno social muy influyente en la marcha del proceso histórico, por eso pasó por alto la rigidez de sus dogmas y la presentó como fuente nutricia del espíritu humano: «Entre los manantiales de la actual civilización brilla en primera línea el cristianismo».[xvii] También, destacó el significativo papel desempeñado por las  corrientes filosóficas grecolatinas en la conformación del cristianismo que «heredó, como toda síntesis poderosa, de todas las doctrinas que le precedieron».[xviii] De manera especial, señaló el legado ético aportado por el estoicismo, en virtud de lo cual sentenció: «todo lo bueno del estoicismo se transfundió en el cristianismo».[xix] Sus avanzadas concepciones filosóficas acerca del papel del método experimental como puntal en la búsqueda de la verdad y sus progresivas ideas sobre el carácter histórico social del fenómeno religioso, justifican su rechazo a los espiritualistas franceses del siglo XIX, que durante la etapa de la restauración divulgaron ideas religiosas retrógradas, en defensa de intereses políticos reaccionaros, que representaban el retorno a los viejos patrones feudales de la Corona y el Altar. A esos personajes los caracterizó como falsos y desleales creyentes, y al respecto afirmó: «Los que predican, pues, religión, como se hace hoy en Francia, por razones de conveniencia social, son los que le infieren mayor agravio y el peor servicio, acusando a un tiempo la incredulidad e hipocresía que por dentro llevan».[xx]

Al tratar el tema de las virtudes cristianas propuso revisar su significación y hacer las correcciones necesarias para humanizarlas más. Por eso identificó la caridad con la piedad, pero esta no la concibió como el sentimiento pasivo de lástima a las personas, sino como la asistencia fraternal a quien necesite ayuda. Del mismo modo, consideró que la caridad, el corazón y la sensatez, constituyen el lazo espiritual que une los seres humanos y como un principio de actuación social, sus palabras así lo expresan: «A veces no puede el talento ni la discreción bastar para conducirse bien: se necesita caridad, buen corazón, guiados por el buen juicio».[xxi]

Asimismo, rechazó la manipulación que  la Iglesia hacía de la resignación como virtud, por sus efectos negativos en la actuación de las personas, pues en el lenguaje cotidiano el concepto significa sumisión, molicie, quietud, abandono a la suerte, etc. En los hombres, explicó, la resignación puede significar la renuncia a la opulencia a favor de una vida austera, pero el alma que no tiene algo más muere, tanto para el prójimo como para Dios, al respecto sus palabras son muy precisas: «El desamor, la resignación, no pueden producir; nada negativo puede sustituir a lo positivo. Permanecer es quedar parado —producir es progresar».[xxii] A partir de ese criterio declaró que la molicie está reservada exclusivamente para los santos, porque los hombres han de amar, crear, luchar y producir, pero para lograrlo: «Es menester un móvil de acción».[xxiii]

El maestro de El Salvador, no concibió el culto como el conjunto de actos religiosos para intervenir en el curso natural de las cosas e influir sobre las fuerzas sobrenaturales, sino como un recurso para fortalecer la religiosidad del  creyente, en función de enriquecer su mundo interno y hacerlo mejor ser humano. Por ello sostuvo que la religión debe poseer un culto con determinado nivel de complejidad, esta posición quedó plasmada en un aforismo de febrero de 1847: «Ni el culto ni la religión pueden ser demasiado sencillos o, por mejor decir, deben ser bien compuestos, y formar un verdadero sistema —a lo menos para ciertos pueblos y ciertos individuos (por cierto, bien numerosos), porque como la religión se dirige a todas las facultades ¿cómo las ha de alimentar?».[xxiv]

Luz y Caballero percibió con nitidez el carácter ambivalente de las posiciones políticas y sociales del catolicismo y su compromiso a favor del colonialismo hispánico en Cuba, en virtud de ello en un aforismo de marzo de 1847 sentenció: «Este, ora conservador, ora opositor, no siempre progresista —según el terreno y tiempo».[xxv]

Sus estudios sobre el catolicismo le permitieron conocer detalles del reprochable expediente histórico de esa institución, por eso valoró la Reforma como un intento de adecuación de la Iglesia católica medieval a las exigencias sociales de la Época moderna, por ello afirmó: «Tengo a la Reforma por un verdadero refortalecimiento para el catolicismo, que estaba bien enfermo».[xxvi] A este tenor, coligió que el protestantismo ha sido la salvación del catolicismo. Es así como puede entenderse que descalificara los ataques de Balmes contra Lutero y valorara positivamente su obra reformadora, caracterizándolo como el Descartes de la religión.

Al tratar el tema de la educación religiosa consideró que la religión no debe ser asumida como un medio para formar espíritus conformistas y sumisos en los niños y jóvenes, sino como un poderoso instrumento de educación moral, con el cual podía cultivarse en los educandos los más sublimes sentimientos humanos. Esto era posible, declaró, porque la religión es como «un poder que se dirige a un tiempo a los sentidos, al corazón y a la razón».[xxvii] La educación religiosa debe aplicarse  «desde la tierna infancia, para infundir sentimientos tiernos y elevados».[xxviii] La educación de los niños en las primeras edades debe estar encaminada a formar su corazón por medio de los más puros principios de la moral evangélica.

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­El destacado pedagogo concibió la educación religiosa como un medio efectivo para el  perfeccionamiento espiritual de la personalidad, por eso estableció que la misma debía constituir el núcleo de la enseñanza primaria. Para cumplir con este postulado recomendó que la enseñanza de la lectura y la escritura en los niños, fuera realizada mediante la ejercitación con su Texto de Lectura Graduada para Ejercitar el Método Explicativo, que contenía un conjunto de alegorías, fábulas, parábolas y narraciones bíblicas, redactadas con un lenguaje sencillo, para lograr el doble propósito de ejercitar la habilidad de leer y, al mismo tiempo, formar en los niños sentimientos y valores morales y sociales. Los fragmentos bíblicos seleccionados, recogen pasajes de la vida de Adán y Eva, Caín, Abel, Noé, Abrahán, etc. El maestro recomendó su uso como recurso para inculcar en los niños los más nobles sentimientos humanos, como el amor hacia las demás personas. Por esa vía los educandos aprenderían a amar y defender la justicia, la paz, la verdad y el bien, y comprenderían mejor las ventajas que implican las relaciones familiares armónicas. Por esa razón redactó los textos de lectura en forma de cuentos cortos con una moraleja como final. Uno de sus objetivos era enseñar a los niños a rechazar la mentira, la envidia y el odio. Otro objetivo estaba dirigido a hacer comprender a los niños que sólo en la unidad radica la fuerza para enfrentar con éxito las contingencias de la vida. Esos relatos también podrían ser usados para educar la niñez en el respeto a la propiedad ajena, estimular las buenas acciones y condenar las actitudes negativas.

Según su criterio, el Evangelio aporta muchas enseñanzas positivas para la educación moral de los niños y jóvenes, pues su función social consiste en establecer la responsabilidad y el deber moral. Por esa causa aseveró que la educación religiosa, bajo los principios de una moralidad racional y ajustada a los nacientes intereses nacionales, constituía un rico componente de las nuevas costumbres domésticas que caracterizaban el proceso de formación nacional en Cuba.

Durante la tercera década del siglo XIX la educación religiosa era aplicada comúnmente en las escuelas del país y en La Habana fue sancionada por el Reglamento Provincial del 26 de noviembre de 1838, en su artículo 38. Luz y Caballero, cristiano honesto y convencido, percibió que esa circunstancia ofrecía la oportunidad de utilizar esa vía de manera oficial, sin obstrucción de las autoridades coloniales, como recurso pedagógico para inspirar los niños y jóvenes en los hábitos de la reflexión sana, el amor al trabajo, y para acostumbrarlos a practicar las virtudes cristianas y sociales universales. A partir de esta concepción, criticó severamente la sociedad de su tiempo, que no logró comprender las potencialidades pedagógicas que encierra la religión, especialmente si era usada como un medio para la regulación y orientación del comportamiento humano, al respecto señaló: «Nuestro siglo, eminentemente interesado e incrédulo, no sabe graduar la fuerza del resorte religioso».[xxix]

Como respuesta a las nuevas condiciones sociopolíticas imperantes, razonó que la escuela y los maestros podrían hacer de la educación religiosa un medio muy efectivo de formación de los hombres reclamados por la patria, así lo hace constar en el siguiente aforismo: «La escuela debe levantar el carácter de los maestros con los sublimes sentimientos de la Religión y la moral, para que así preparados, no presenten tan sólo, en aras de la patria, la ofrenda de unos hijos mejores en el entendimiento sino mejores en el corazón».[xxx] En otro aforismo de mayo de 1845 reafirmó la necesidad de desarrollar una fuerte educación religiosa para formar hombres que sean hombres. Por consiguiente, concluyó que la religión podría dar a la educación moral una connotación diferente a las exigidas por las autoridades coloniales y el clero católico. Así el credo serviría, no sólo para inspirar profundos sentimientos de fe en lo divino, sino también para templar el carácter de los jóvenes en el más legítimo compromiso de amor a la patria, sus costumbres y tradiciones.

Aunque, bajo ciertas condiciones, la religión puede proporcionarle a las relaciones humanas un carácter enajenante, Luz y Caballero no la caracterizó como un veneno espiritual, porque descubrió en ella valores que estimulan el desarrollo de las energías liberadoras del hombre. Desde esa perspectiva, afirmó que la religión cristiana es un medio valioso para consolidar la formación de sentimientos y convicciones morales. En el colegio de El Salvador, frecuentemente apelaba a la lectura de fragmentos de las Epístolas de San Pablo, para inculcar en sus jóvenes discípulos un vigoroso sentido del deber, responsabilidad y justicia. Es importante esclarecer que más de un centenar de sus discípulos, formados en esa admirable institución se incorporaron incondicionalmente a la lucha, al estallar la Guerra de liberación nacional en octubre de 1868, entre ellos el joven Ignacio Agramonte y Loynaz.

El enfoque cultural aplicado por José de la Luz y Caballero al estudio de la religión, sustentado en una filosofía comprometida con los intereses nacionales en formación, lo condujo a revelar que la religión como fenómeno social, posee profundas potencialidades pedagógicas, axiológicas e identitarias que nutrieron e impulsaron el proceso de formación nacional en Cuba. Su gran aporte al estudio del fenómeno religioso fue descubrir que en las circunstancias históricas vividas, la religión devino resorte pedagógico, con el cual fue posible avivar costumbres y maneras de conducta individual y social, que contribuyeron a la formación de valores éticos e identitarios, necesarios para fomentar en los niños y jóvenes de la época profundos sentimientos de amor a la patria.

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[i] Ver de Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro en su Selección de textos José de la Luz y Caballero, el epígrafe titulado La religión natural de Luz, p. 16-18. [Nota del autor]

[ii] Rodríguez, Carlos Rafael: José de la Luz y Caballero, p. 11.

[iii] Ver de Manuel Sanguily su libro titulado José de la Luz y Caballero. Estudio crítico, p.46. [Nota del autor]

[iv] Chávez Antúnez, Armando. Reflexiones en torno a la ética de la liberación nacional en Cuba, p. 21.

[v] Cartaya Cotta, Perla. La polémica de la esclavitud. José de la Luz y Caballero, p. 69.

[vi] ––. José de la Luz y Caballero y la pedagogía de su época, p. 60.

[vii] Ver de Justo A. Chávez Rodríguez su libro titulado Del ideario pedagógico de José de la Luz y Caballero (1800-1862), p. 77-78. [Nota del autor]

[viii] Luz y Caballero, José de la. Aforismos y Apuntaciones, p. 286.

[ix] –––. Impugnación a Cousin, p. 130-131.

[x] –––. Aforismos y Apuntaciones, p. 260.

[xi] Ibídem, p. 260.

[xii] Luz y Caballero, José de la. Impugnación a Cousin, p. 147.

[xiii] Ibídem, p. 147.

[xiv] Luz y Caballero, José de la. Aforismos y Apuntaciones, p. 262-262.

[xv] Ibídem, p. 259.

[xvi] Luz y Caballero, José de la. Elenco de 1839. Apéndice crítico al Elenco de 1835, p. 182.

[xvii] –––. Exámenes generales del colegio del Salvador, sito en el Cerro. Bajo la dirección de D. José de la Luz y Caballero (1850), p. 278.

[xviii] –––. Aforismos y Apuntaciones, p. 277-278.

[xix] Ibídem, p.79.

[xx] Luz y Caballero, José de la. Elenco de 1839. Apéndice crítico al Elenco de 1835, p. 183.

[xxi] Ibídem, p. 149.

[xxii] Ibídem, p. 216.

[xxiii] Ibídem, p. 217.

[xxiv] Ibídem, p. 272.

[xxv] Ibídem, p. 284.

[xxvi] Ibídem, p. 285.

[xxvii] Luz y Caballero, José de la. Doctrinas de Psicología, Lógica y Moral, expuestas en la clase de Filosofía del colegio de San Cristóbal, sito en Carraguao, el día 17 de diciembre de 1835 (Elenco de 1835), p. 110.

[xxviii] Ibídem, p. 111.

[xxix] Luz y Caballero, José de la. Aforismos y Apuntaciones,  p. 290.

[xxx] Ibídem, p. 360-361.

Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Lahera Martínez, Falconeri: "El valor cultural de la religión naturalista de José de La Luz y Caballero" en Revista Caribeña de Ciencias Sociales, marzo 2015, en http://caribeña.eumed.net/religion-naturalista/

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