LA PARTICIPACIÓN EN LOS PROCESOS DE INTEGRACIÓN SOCIAL: MIRADAS DESDE EL PENSAMIENTO CUBANO AL SOCIALISMO LATINOAMERICANO

Resumen

El análisis de la integración en el ámbito regional se ha convertido en un tema recurrente dentro de la agenda de investigaciones sociales. Amén de los logros alcanzados encontramos que al interior de nuestras sociedades persisten elevados índices de desigualdad, marginalidad y exclusión social. El estudio de este discurso desde donde destella la participación como una de sus dimensiones fundamentales nos orienta por el camino de tópicos que como la inserción en las estructuras sociales, incidencia en la toma de decisiones, transformación de las relaciones de poder y valores compartidos, tienen y deben ser condición inherente de aquellos proyectos sociales que en América Latina optan hoy por opciones humanas como el socialismo. La redefinición de las relaciones Estado-sociedad y la influencia de la globalización neoliberal no pueden ser obviados en un discurso que más allá de la innovación, se comprometa con la metamorfosis de la sociedad de los tiempos actuales.

Palabras claves: participación – integración social – actor social – transformación social – socialismo.

Abstract

The integration analysis in the regional field has become a repeated theme within the social investigation agenda. In spite of the reached achievements, it was found out that within our society there are great rates of disparity, marginality, and social exclusion. The study of this speech from which participation highlights as one of its main dimensions, guides us towards the topic path that like the insertion in the social structures, influence in decision makings, power relation transformations and shared values, have and should be inherent condition of those social projects which opt to human options as socialism in Latin America. The Society-State relationship redefinition and the neoliberal globalization influence can not be avoided in a speech that beyond innovation, compromises itself with the social metamorphosis of our present times.

Key words: participation – social integration – social actor – social transformation – socialism.

1-ARGUMENTOS INICIALES.

 

Hablar de integración en los últimos tiempos se ha convertido en urgencia para las naciones que en el ámbito latinoamericano buscan nuevas alternativas de cambio. Hacer de estos tiempos, símbolo de unidad, asociación y cooperación en un proceso que evolucionando nos lleve a la identificación de lo propio de acuerdo a las condiciones particulares de los pueblos, se hace recurrente desde distintas aristas de pensamiento y discurso.

 

El estudio de los elementos que componen, como ha sido definida en criterio de María Isabel Domínguez la ya “controvertida categoría integración en el ámbito social”, constituye una necesidad para los que todavía tenemos fe en el mejoramiento de la humanidad. Abocarnos en el pensamiento de los que nos han precedido permite comprender las breves máximas expuestas. ¿Por qué unirnos desde fuera? Es una interrogante cuya respuesta ya está en proceso.

 

Categoría o no, de acuerdo al criterio de unos u otros, la integración social ha tenido una larga historia en la tradición del pensamiento cubano y foráneo, por lo que ha sido precisado desde disímiles aristas.

 

Un recorrido por las huellas del hombre en el decursar del tiempo, permite comprender porque fue precisamente con el advenimiento de la Revolución Francesa y la Revolución Industrial que es perturbado el “supuesto orden social” que la sociedad tenía mistificado, aquel sentido de estabilidad con el cual las personas se habían identificado y conformado por mucho tiempo, es decir, como bien expuso Mills interpretando a Parsons “…las gentes admiten con frecuencia las mismas normas y esperan que todos se atengan a ellas. En la medida en que lo hacen así, su sociedad puede ser una sociedad ordenada” (Wright, 1996: 49). Hasta este momento de una forma u otra el individuo se encontraba inmerso en un orden social que aceptaba y conformaba, lo anterior vino a abrir nuevos caminos en la vida social. Se habían consolidado los términos equilibrio social y control social.

 

Este último utilizado por primera vez por Edward Ross, sociólogo norteamericano, como categoría “enfocada a los problemas del orden y la organización societal, en la búsqueda de una estabilidad social integrativa resultante de la aceptación de valores únicos y uniformadores de un conglomerado humano disímil en sus raíces étnicas y culturales” (González, s/a: 2).

 

El control social pasó a ser entonces una de las vías a tener en cuenta para mantener al individuo dentro del equilibrio social que se necesitaba en medio de la situación existente. Bien lo afirma Mills: “…el primer problema del mantenimiento del equilibrio social es conseguir que la gente quiera hacer lo que se exige y se espera de ella. Si eso fracasa, el segundo problema es adoptar otros medios para mantenerla en línea” (Wright, 1996: 51), o lo que es lo mismo controladas por medio de aquellas acciones que ya han sido aprobadas y legitimadas dentro del sistema social.

 

A lo largo de la tradición sociológica el tratamiento de la variable “orden social” ha cambiado, por lo que nos acogemos al criterio de Mills una vez más cuando expone: “…el problema del orden, en su formulación más útil, puede llamarse ahora el problema de la integración social. Requiere, desde luego, un concepto básico de la estructura social y del cambio histórico” (Wright, 1996: 62). Es decir, ya no hablaremos de orden social como categoría central, sino como a través de la  integración social podemos obtener una sociedad ordenada.

 

Debido a su importancia, tomaremos la definición que recoge a modo de elementos relevantes: justicia social, participación y cohesión nacional, asumida por la citada María Isabel Domínguez cuando expone: “…integración social es la compleja red de relaciones que se entreteje entre los tres elementos básicos de su existencia: justicia social entendida como la real igualdad de oportunidades para el acceso equitativo de todos los grupos e individuos a los bienes que brinda la sociedad y la ausencia de discriminación de cualquier tipo; participación, entendida no en sentido estricto, solo como participación política, sino en un sentido más general, por lo que ponemos en primer lugar la participación en la vida social y económica a través del estudio y el trabajo, y cohesión nacional, entendida como el sistema de valores y normas compartidas por los distintos grupos sociales que se configura y modifica en el propio proceso participativo” (Domínguez, 2001: 17).

 

Cuando entendemos entonces la integración como proceso de participación real de todos los grupos e individuos en el funcionamiento de la vida social, a favor de promover igualdad y valores compartidos nos referimos a que “…una sociedad estará más o menos integrada según sus miembros participen de sus bienes efectivamente o tengan al menos oportunidades de hacerlo. No existirá tal integración en la medida que ciertos sectores no tengan dicha posibilidad” (Espina, 1994).

 

He aquí la necesidad de entender la participación, sin dejar de tener presente los dos restantes elementos, como eje que posibilita la verdadera inserción en las estructuras sociales, incidencia en la toma de decisiones, transformación de las relaciones de poder y demás eventos en que se ven involucrados los actores sociales, o sea, “acceso y presencia real de los individuos y los grupos en las instituciones y organizaciones económicas, sociales y políticas de la nación y la posibilidad de intervenir en las decisiones que le conciernen no solo como beneficiarios sino también como formuladores de estas decisiones” (Cristóbal, Domínguez, 2004: 161), y con esto, por supuesto valorar el estado de la democracia que existe en la sociedad y su comportamiento en la vida real.

 

Partir de la asunción conceptual de integración social permite acercarnos estratégicamente a la participación. Las miradas que desde el pensamiento cubano emanan en pos de comprender dicha dimensión deviene en condición necesaria, si tenemos en cuenta, los supuestos que defendidos por autores de las más diversas corrientes de pensamiento se constituyen en referentes de obligada consulta para aquellas naciones latinas que trabajan en aras de contribuir y fortalecer desde la participación, en favor de la integración, en sus distintos niveles, a la construcción de un socialismo sustentable. Es por ello que la presente pretende, analizar los supuestos de la participación que visualizada a través de la integración a nivel social encuentra en los países de América Latina el escenario idóneo en su contribución a un socialismo que sea sobre todo sustentable.

 

1.1-APUNTES TEORICOS SOBRE EL IDEAL DE PARTICIPACION.

 

El ideal de participación está presente en el marxismo, en la obra de Lenin, George Luckas, Antonio Gramsci y por supuesto en la realidad actual. Sin embargo, de todas estas personas “Lenin fue quien mayor aportes realizó al análisis de la participación, no solo teorizó sino que fue el primero en llevar a la práctica su concepción política en torno a la democracia en las condiciones de una revolución socialista”. (Valdés, Toledo, 2005: 104).

 

Se hace preciso hacer un pequeño esbozo de los planteamientos realizados por estos teóricos debido a la relevancia que le confieren a la participación en la consecución de la integración y el desenvolvimiento social de los individuos.

 

En el caso de Lenin podemos encontrar su idea del control obrero, la cual se desarrolló en los inicios de la Revolución de Octubre. De hecho el 14 de noviembre de 1917 se expone un Decreto del Comité Ejecutivo Central que les daba a los trabajadores el poder de intervenir en la dirección de las actividades productivas.

 

Se expresaba legalmente la visión de Lenin, orientada a cumplir un doble papel: “colocar en posición de liderazgo social a la clase obrera, y garantizar la participación en sus necesidades” (Martín, 2004: 116).

 

Participar desde esta perspectiva del control obrero se convierte tanto en una tarea política como económica; es decir, un acto del poder político que se inscribe en el poder económico y una forma de promover al poder real a las clases antiguamente explotadas.

 

George Luckas fue otro teórico que tuvo en cuenta lo importante de la participación, a través de elementos como: la “democracia en el comunismo” (Tertulian, 2002: 17), la transformación evolutiva de la sociedad, la conciencia de clase, etc., de los cuales se presentó como verdadero defensor. Para nosotros tiene una especial trascendencia la conciencia de clase en el logro de la participación social.

 

“La conciencia de clase supone la identificación de uno con sus propios intereses de clase, el rechazo a los intereses de otras clases que uno considera como ilegítimos, y la capacidad para utilizar los medios políticos colectivos para alcanzar los objetivos de los intereses de su clase” (Sanoja, 2004: 1).

 

Esto contribuye a que el individuo participe de forma consciente en la sociedad y las actividades de ésta para con él. Necesario aclarar, uno de los obstáculos que mayor influencia ejerce en este proceso se basa en la imposición de las clases dominantes de sus ideas y criterios como únicos y válidos, su conciencia entonces se convierte para los dominados en “falsa conciencia” (Sanoja, 2004: 1). Precisamente esta falsa conciencia, es quien imposibilita que el individuo intervenga socialmente llevando a cabo acciones conscientes, provocando la separación entre su ser y la realidad que lo circunda.

 

Por otra parte, Luckas reaccionaría  contra “cualquier tentativa de homogeneizar artificialmente un tejido por definición heterogéneo y sacrificar lo concreto socio-histórico a esquemas fabricados por el entendimiento abstracto” (Tertulian, 2002: 21), es decir, como posteriormente reflexionara María Isabel Domínguez, no es buscar en lo social la colaboración, tolerancia, unidad, participación y por ende integración social a través de las similitudes que existen, sino luchar por el logro de la aceptación de la diversidad en una realidad concreta.

 

De forma general los supuestos que encierra esta visión favorecen el accionar de los sujetos sociales bajo la máxima de la libre autodeterminación individual, como verdadero componente de la acción y como “telos último de la vida social y la búsqueda de aspiraciones hacia la plena autonomía de éstos y hacia el desarrollo de la personalidad” (Tertulian, 2002: 22). Luckas en su momento histórico devela una serie de elementos que ya autores habían mencionado, y ahora continuarían desarrollando otros.

 

También se destaca Antonio Gramsci, uno de los intelectuales más brillantes del siglo XX, quien realizó aportes fundamentales para comprender sociedades complejas como las nuestras. Entre las principales preocupaciones de Gramsci podemos encontrar la necesidad del cambio revolucionario, él cual requiere de “un cambio de conciencia que el pueblo debe lograr desde su propio seno y no serle impuesto desde afuera, es decir, el pueblo debe alcanzar una transformación endógena de su forma de pensar y actuar para lograr la transformación de su sociedad” (Caponi, s/a: 2).

 

Para esto reconoce como medios fundamentales la cultura y la educación, la primera entendida como la “totalidad de las ideas, tradiciones y creencias que constituyen el marco ideológico de una sociedad” (Caponi s/a: 3),  y la segunda basada en una “una escuela de libertad y libre iniciativa, no una escuela de esclavitud y precisión mecánica” (Gramsci, 1977: 26).

 

Personas consideradas sujetos y no objetos de la acción social, es el principal logro a obtener con estas dos esferas sociales, donde los individuos adquieran conciencia de sí mismos a través de la comprensión de su papel en la sociedad y de sus relaciones con los demás, es adquirir la conciencia a través del análisis crítico de las condiciones existentes.

 

Este análisis nos conduce, aunque no de forma explícita, por el sendero de la participación de los individuos, bajo las condiciones de una sociedad regulada por la acción consciente de sus actos, superando la visión de sí mismos, iendo más allá de los intereses individuales a intereses colectivos.

 

La conquista de la realidad, aparentemente, va a ser nuestro único objetivo, sin embargo, a través de ella es que podremos preparar las vías para el hombre completo, libre, y así extenderlo al mayor número posible de individuos. Es decir, promover el “acceso y disfrute de los derechos culturales y sociales de cada individuo en una determinada sociedad” (Achurar, s/a: 3), evitando la existencia de grupos discriminados o la imposibilidad de convertirse en ciudadanos de pleno derecho.

 

Por tanto, en un contexto donde predomine la participación unida a los demás componentes (justicia social y cohesión nacional), necesariamente abre espacios para una mayor inserción de los grupos e individuos sociales lo que a su vez implica mayores posibilidades de reproducción democrática de las estructuras sociales, es decir, cuando se brindan oportunidades similares a las diferentes capas sociales se constituye un espacio más adecuado para la socialización de normas y valores que favorecen la solidaridad y reducen el individualismo. Es decir, “si los grupos no se insertan no pueden compartir valores comunes” (Naciones Unidas, 1995).

 

1.2-DE LA PARTICIPACION A LA INTEGRACION SOCIAL: ALGUNOS ELEMENTOS IMPLICADOS.

 

La integración social se constituye entonces en un área clave de inserción a través de rasgos como la participación y a su vez lugar de socialización de normas y valores, ante la apatía de la sociedad. Es por ello que todo sistema social contiene su propio modelo de integración conformado por las distintas vías y grados de posibilidades que se brindan para la incorporación a ese modelo y la capacidad para reproducirlo. Es en el proceso de socialización que esa transmisión de normas y valores sirve de base al sujeto para su posterior participación y por ende integración a la sociedad. Este va a estar dirigido por la familia, escuela, instituciones sociales, etc., que tienen la misión de preparar y educar al individuo, para su desenvolvimiento y actuación social.

 

Esta articulación conceptual (individuo-sociedad) nos conduce por la necesidad de influir en las instituciones-sujeto, con el propósito de dar prioridad al actor social transformándolo en partícipe y sujeto de la estructura social, o como bien lo expusiera el Che: “el hombre nuevo, como seres humanos autoconscientes, como sujetos que deciden y no como factores de modelos o propuestas” (Guevara, s/a: 9).

 

“Precisamente porque los individuos sólo buscan su interés particular, que para ellos no coincide con su interés común, y porque lo general es siempre la forma ilusoria de la comunidad, se hace valer esto ante su representación como algo “ajeno” a ellos e “independiente” de ellos, como un interés “general”. Es en lo “ajeno”, en lo “independiente”, que hay que profundizar” (Marx, s/a: 5). Por tanto, tener presente que las transformaciones de las subjetividades deben conducir indiscutiblemente al cambio en las instituciones, como procesos dialécticos que deben marchan a la par.

 

Esto provocaría una ruptura de las relaciones de poder de unos sobre otros, buscando la participación como dimensión que integra saber y poder popular, y con ello el protagonismo de ésta y su reflejo en el autodesarrollo y autogestión de los individuos, sin dejar de tener presente las contradicciones de las que emerge y provoca, estaríamos caminando de un modelo utilitarista a uno de libertad y autonomía, donde “se requiere necesariamente de un cambio cualitativo en todos nosotros” (Rebellato, 2005: 15).

 

Cuando hablamos de cambio cualitativo en nosotros nos referimos a la interiorización y concientización de aspectos y procesos que favorezcan la participación en el proceso de integración social, entre ellos podemos citar: comunicación, la relación con el grupo, la motivación, el liderazgo, etc. Los cuales van a estar muy relacionados entre sí, pues el funcionamiento de uno influye en el comportamiento de los otros.

 

Siendo así, la comunicación “refleja la necesidad objetiva de los seres humanos de asociación y de cooperación mutua” (Casales, 1989: 203), identificando que ésta depende en muchas ocasiones de procedimientos que no se siguen y de habilidades que muy pocos desarrollan y asumen.

 

Lo cierto es que la comunicación cuando llega a ser efectiva facilita el comportamiento del individuo como un todo, la integración horizontal y vertical, la participación consciente de las personas en los procesos, etc. “Cuando la base de la organización son los grupos, la interacción entre los individuos y los grupos es fundamental, y el proceso de comunicación, tanto al interior como al exterior del grupo determina su efectividad” (Alhama, s/a: 204).

 

El grupo se presenta entonces como espacio que posee su propia cultura, valores, creencias, y normas de conducta, de manera que permite coordinar las actividades de sus integrantes. Está condicionado por la actividad del sujeto y consiente la “continuidad de la interacción social, la creación de una conciencia recíproca, la estabilidad de las relaciones en el tiempo y la estructura de roles,” (Olmstead, 1969: 210) permitiendo a su vez, la comunicabilidad entre sus miembros a favor de metas comunes y la elaboración de normas grupales, esto contribuye a que adquiera su personalidad propia.

 

Otro elemento que depende en gran medida de lo antes mencionado es la motivación. Es un concepto muy útil en el análisis del comportamiento de los individuos, de los grupos y de las organizaciones. “Muestra la importancia que se debe conceder a entender qué ocurre con las personas y las causas del comportamiento a distintos niveles en la organización. Motivación es todo lo que lleva a la actividad, le da dirección, intensidad y duración” (Alhama, s/a: 217).

 

Por último y no por ello menos relevante encontramos el liderazgo, él cual exige una relación recíproca entre los dirigentes y los dirigidos, “un liderazgo efectivo tiene poder, no en el sentido del status que ostenta, sino para influenciar en los demás y alcanzar los propósitos en beneficios de los demás y de la organización” (Alhama, s/a: 225).

 

De forma general estos elementos constituyen una red que proporciona validez y seguridad a la participación en pos de la integración social, a favor de la “creación de relaciones socio-laborales nuevas dentro del sistema complejo que constituye cualquier Organización, ya sea empresa, entidad, organismo o institución, que pasa por el trabajador colectivo de Marx; es primero un problema político-social y luego técnico; porque de lo contrario, las soluciones y aplicaciones técnicas, que no tienen en cuenta de forma integrada las soluciones sociales” (Alhama, s/a: 11), no diferencian en nada a una organización que integre, de una que no responde a los criterios establecidos para con los proyectos sociales, ejemplo el Proyecto Social Cubano.

 

La participación se constituye entonces como un ente potenciador de la integración social, como medio y fin de ésta, a partir de elementos que influyen en ella ya sea positiva o negativamente. Constituye un proceso en el que se interpenetran los planos individual y social, provocando la conversión del actor social, de objeto a sujeto. “Es un acto democrático y un proceso de autoaprendizaje individual y colectivo” (González, 2004: 64).

 

1.3-LA ARTICULACION DE MEDIOS-FINES.

 

Volcados en la comprensión que va desde la participación y pasa obligatoriamente por la integración social solo en un análisis interno de esta última encontramos que, aunque no explícitamente, se utilizan una serie de medios para alcanzar los fines perseguidos (orden social). Entre ellos podemos citar, la sociedad, ya sea como medio restrictivo o de liberación, el proceso de socialización, la cultura, instituciones, formación económica, etc., lo cual implica el dominio del individuo, la imposición de normas, valores, pautas de conducta, la interpretación de la sociedad, mantenimiento del equilibrio, y por tanto, la búsqueda de la integración social. Es de destacar sucintamente aquellos autores cuyo pensamiento se hace eco de lo anterior.

 

Dentro de los principales autores que han trabajado la articulación medios-fines encontramos a Max Weber y Karl Marx, el primero relacionado con la acción social y el segundo, que también desarrolla este tema y además incorpora la idea de futuro posible y trabajo alienado.

 

Max Weber entiende que el objeto de estudio de la sociología es la acción social, y a ésta la define como “…una conducta humana con sentido y dirigida a la acción de otro” (esta definición destaca las particularidades de la acción humana, tiene sentido racional o afectivo, y a su vez está condicionada a actuar sobre otra/s persona/as, lo cual le imprime el sentido social.) (Ibarra, s/a).

 

Si bien precisa cuatro tipos de acción social (de acuerdo a fines, valores, afectiva y tradicional) éstas no constituyen segmentos rígidos, sino que se adecuan a las diferentes condiciones sociales, teniendo en cuenta premisas como: en el pensamiento y la acción de los hombres pesan valores adquiridos, los hombres persiguen fines, llegan a los fines a través de diversos medios y las consecuencias de una acción social está en relación directa con los medios utilizados y los fines perseguidos. Este análisis nos conduce por el camino de la racionalidad formal y la racionalidad sustantiva.

 

La racionalidad formal vendría a “representar el cálculo de medios y fines en referencia a leyes, reglas y regulaciones” (Ritzer, 2006: 276), es decir, la principal preocupación de este teórico se basa en las pautas y regularidades de acción dentro de las instituciones, organizaciones, estratos, clases y grupos sociales.

 

Por otra parte y más concretamente “la racionalidad sustantiva implica la elección de medios en función de fines en el contexto de un sistema de valores” (Ritzer, 2006: 275-276) esto, de forma general, sintetiza lo expuesto por los diferentes teóricos analizados, sobre la intención de explicar la integración social de los individuos, basado en la sociedad y en los valores que se puedan compartir dentro de ella.

 

En el caso de Marx vemos que desarrolla toda una concepción sobre la acción social, considerándola como dimensión primaria de los seres humanos la cual va a estar caracterizada por diversos rasgos, de ellos podemos citar: la acción es consciente y dirigida a un propósito en términos del esquema medios-fines, la acción es colectiva, la acción posee algún grado de autoconciencia o autopercepción crítica por parte de los actores, etc.

 

Relacionado a esto, lleva a cabo una reflexión crítica en las Tesis sobre Feuerbach sobre la poca relación que autores anteriores habían establecido entre la categoría de práctica y la categoría de fines, así encontramos la “determinación de la práctica como actividad material transformadora, consciente, y dirigida a un fin que elimina la robinsonada sociológica y gnoseológica a base de la determinación del carácter histórico social de la esencia del hombre” (Pino, 2006: 13).

 

Esto nos da la noción de una práctica que el hombre ha interiorizado y está predeterminada en un momento histórico concreto, es decir, “desde este enfoque el fin queda vinculado al futuro posible, que entra en contradicción con el presente. El fin tiene la facultad de regular los actos que llevan a su realización, pero no es una anticipación ciega, esta se funda en el conocimiento de la realidad. La transformación de la realidad requiere de una voluntad ilustrada que impulse a la acción” (Pino, 2006: 13). Pues contrario al idealismo, el fin no entendido como fundamento de la acción. Solo a través de las causas a las que se subordina el curso de la historia y el control que se tengan de ellas, es que se podrá ejercer un mayor control de su acción.

 

Como bien expondría el testimonio de Engels: “…en la historia de la sociedad los agentes son todos hombres dotados de conciencia que actúan movidos por la reflexión o la pasión, persiguiendo determinados fines, aquí, nada acaece sin una intención consciente, sin un fin deseado” (Engels, 1963: 256).

 

En otro apartado de la obra de Marx encontramos el  trabajo, eslabón clave para comprender como funciona la correlación medios-fines.

 

El trabajo en la cosmovisión marxista es concebido como la actividad más importante del ser humano, sin embargo, cuando el trabajo se convierte en trabajo alienado, donde una minoría se apropia del sobre-producto a expensas de la mayoría de los productores se demuestra “que en la medida en que se multiplica y diversifica la producción social y con ella las necesidades humanas, el trabajo de los productores adquiere cada vez más un carácter de mero medio de subsistencia y pierde su significado originario como actividad vital” (Franz, 2007).

El trabajo alienado se convierte entonces en el principal problema de la existencia humana, pues pasa de ser fin a medio. Si en un momento fue “actividad vital per se, (esto quiere decir, que en y mediante el trabajo el ser humano expresa su vida; en y mediante el trabajo, el ser humano se auto-produce a sí mismo), ya a lo largo de la historia, esta expresión vital, este fin-en-sí-mismo” (Franz, 2007) ahora solo se presenta, como un medio que el hombre utiliza para poder vivir diariamente, para sustentar su vida, es decir, como un medio de subsistencia, que niega la esencia humana.

Entonces actividad vital creativa se contrapone a trabajo alienado (Franz, 2007). Desde esta perspectiva, la primera se convierte en la más importante vía que tiene el hombre para su auto-realización, ya sea, como ser individual o colectivo. Se manifiesta como expresión voluntaria y consciente de la vida humana, contribuyendo al desarrollo de sus capacidades y facultades a favor de conectar al individuo con el resto de sus semejantes. Mientras que el segundo, nos hace ver como “trabajo alienado es trabajo forzado, en contra de la voluntad y de la conciencia del individuo, cercena sus capacidades y facultades y lo aísla de los demás miembros de la sociedad” (Franz, 2007).

 

De forma general el trabajo se erige como una importante herramienta en el análisis de la dialéctica medios-fines, pues de acuerdo a los hombres, a la realidad social y al carácter que ésta le imprima, el trabajo se presenta en una de estas categorías, cuyos resultados no son los mismos para la actividad humana.

 

“El fin justifica los medios”, dicen que dijo un día Maquiavelo, puede que tuviera razón pero hay que tener presente que los individuos han degenerado la noción del hombre desde el hombre, han perdido de vista la propia esencia humana y se han limitado a subsistir sin vínculos que no sean la “fuerza como violencia que rompe el orden social y se contrapone al bien común” (Sevilla, 1994: 347).

 

Claro lo expone Carlos Ramírez: “Hay dos formas de combatir: una con las leyes, la otra con la fuerza; la primera es propia del hombre, la segunda de las bestias” (Ramírez, s/a: 8). La esencia no está en criticar los medios sino “débase de las cosas juzgar el fin que tienen, y no los medios con los que se hacen, los medios serán siempre juzgados honorables y por todos alabados, porque el vulgo se debe llevar por las apariencias y por el resultado de las cosas” (Sevilla, 1994: 8).

 

La articulación medio-fines recoge toda la actividad del sujeto en la sociedad, los medios se resumirían en los canales, vías y recursos utilizados para alcanzar los fines, es decir, los objetivos, metas y propósitos que conducen a la realización plena, (estableciéndose una relación dialéctica) al conocimiento y a un nuevo modo de explicación de la realidad, de pensar y de vivir, adquiriendo nuevos significados desde los que se trate de “construir un mundo nuevo para el hombre nuevo (renacentista: el hombre renacido) que viviría en diferentes y nuevas condiciones sociales, económicas, políticas, morales, etc.” (Sevilla, 1994: 346).

 

2-DE LA TEORÍA A LA REALIDAD LATINOAMERICANA.

 

El análisis de los elementos contenidos en el discurso teórico abordado, nos conduce necesariamente por el acercamiento a la realidad Latinoamericana, si partimos del comportamiento y consolidación de dichos elementos al interior de sus naciones en aras de entender hasta qué punto se ha logrado materializar la participación, y por ende, la integración social, Variadas y complejas han sido las experiencias en favor de comprender la esencia misma del proceso en cuestión. Cabría entonces preguntarnos ¿Existe una integración que funciona a nivel micro y otra a nivel macro? ¿Desde qué ámbitos es comprensible la integración social? Consideramos pertinente aclarar.

 

Aunque muchos han sido los autores y han existido distintas generaciones de integracionistas “-desde Bolívar y Martí a la fecha, Juan Montalvo, Francisco Bilbao, José Enrique Rodó, Manuel Ugarte, Domingo F. Sarmiento, Simón Rodríguez, Gabriel René Moreno, Pedro Henríquez Ureña, Eugenio María de Hostos, José Ingenieros, Mariano Picón Salas, Alfonso Reyes, Darcy Ribeiro, José Vasconcelos, Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui, Gabriela Mistral, Raúl Prebisch, Felipe Herrera, Leopoldo Zea, Antonio García, Aníbal Pinto Santa Cruz, Fernando Enrique Cardoso, Osvaldo Sunkel, Octavio Ianni, Tomás Vasconi, etc.

 

No solamente son de distintas generaciones sino de diversas ideologías y disciplinas.  De tal modo el discurso integracionista se hecho más complejo-“(González; Ovando, 2008: 1) que han trabajado el tema en América Latina, a pesar de que se ha avanzado en la toma de diversos acuerdos políticos (ALALC, Pacto Andino, ALADI, MERCOSUR, UNASUR, CELAC) vemos que esta producción no ha sido suficiente.

 

La integración, cantera fundamental de los estudiosos comprometidos con la realidad social en el mejor de los casos y con el discurso en el peor, también ha estado sometida a los avatares de sus defensores. “Es entonces el momento de ir más allá del hecho inalcanzable a la re-definición del concepto a partir del contexto en que nos enmarcamos” (González, Ovando, 2008: 4). Si bien es cierto que la integración social cuenta con una producción teórica que nosotros hemos intentado rastrear, también es cierto que el fenómeno ha sido visto desde otros ámbitos.

 

Hablar ahora en este momento de integración nos remite a una región por unir, por fortalecer; sin embargo, la lucha solo al exterior ha demostrado la necesidad de una nueva lectura creando un discurso latinoamericanista cuyo contenido al interior y exterior verse sobre el latinoamericanismo mismo. De forma general, la integración se presenta como resultado de un discurso que suscita acuerdos y a su vez como algo irrealizable, entendemos que esto se muestra como una contradicción cuya solución está en movimiento, dadas las circunstancias actuales de crisis global y los signos esperanzadores en sentido de la emancipación.

 

Según afirma Inmanuel Wallerstein en entrevista aparecida en el periódico Granma “lo más positivo de la presidencia de Bush fue constituir el mejor estímulo para la integración latinoamericana (…) Actualmente, América Latina ejerce un papel político autónomo y este es un hecho irreversible” (Errejón, Iñigo, 2009: 15).

 

Si bien es cierto que hemos ganado en la construcción de mecanismos que favorezcan el apoyo regional, desde una mirada interna el logro articulado de los ejes que vertebran un proceso integracionista constituyen en el siglo XXI un reto en la construcción de una nueva ciudadanía, de un socialismo que sea sustentable para los pueblos del área.

 

Garantizar un movimiento progresista que defienda los valores humanos, concientizar a un pueblo de su papel como sujeto histórico, defender la identidad nacional, constituyen pilares en la consolidación del socialismo que defendemos, sumado a la identificación con los de nuestro continente que estén dispuestos a defender “la toma del poder político por las fuerzas revolu­cionarias, como vía de poder ir a la raíz de los problemas sociales y a la apropiación de todos sus datos, con el fin de encontrar solucio­nes propias a problemas propios” (Miranda, 1995: 5).

Es al interior de los países que aparecen nuevos cuestionamientos si tratamos de entender la mejor manera de lograr valores compartidos, igualdad de oportunidades y representatividad en los procesos de toma de decisiones, es decir, un proceso de integración ahora proyectado a un objetivo interno y otro externo.

 

El primero de estos objetivos estaría definido entonces en como garantizar que las consecuencias de la globalización y los muchos otros procesos sustentados por la derecha “no produzcan nuevos conflictos ni agudicen los viejos y garanticen una mayor cohesión social al interior de la sociedad en cuestión” (Alzugaray, 1999: 35) y el segundo, ya somos testigo de lo que eventos como la última cumbre de la CELAC pueden lograr.

 

Pues es para dichos sectores de derecha, considerados desde sus acciones como los menos progresistas, los menos conscientes y también los menos revolucionarios más conveniente, que la integración  social se refiera más a un proceso en el cual las relaciones que se derivan de las diferentes unidades sociales, cuya distinción principal será la autonomía, -nos referimos aquí por ejemplo a la familia, ciudades, comunidades, partidos políticos- se reduzcan e integren en un conjunto mucho más amplio, en una masa amorfa, homogénea, es decir, que adquieren como connotación más relevante que las unidades sociales pierdan “la autonomía y se genera un elemento aglutinante y superior de la sociedad” (Sierra, 2001: 18).

 

En la contrapartida aparece la persistencia de otros sectores que como dato irrefutable de la realidad social se presentan con la “virtualidad de un proyecto de izquierda que no invalide, sino lo contrario, la necesidad de un camino refundacional de la sociedad” (Mallo, 2010: 5). El gran reto al que se enfrenta está en la construcción de “proyecto renovado, donde se logre que los sectores populares no se disgreguen, sin que esto no conduzca a un nuevo mesianismo como respuesta a las demandas fragmentadas (Mallo, 2010: 8).

 

Debemos romper con el criterio de la dependencia, hacer de la integración desde todos los órdenes de la vida social el principio de legitimidad de nuestros estados nacionales ahora enfrentando la complejidad de la gobernabilidad a distintos niveles, pues solo en la concepción de integración como mecanismo para el logro de la independencia, también a todos los niveles posibles, rompemos el miedo de quedar excluidos “de los circuitos del capital, aunque ello implique procesos y eventos que consoliden la dependencia” (Regueiro, 1999: 6) a la que nos referimos.

 

Caras de una misma moneda, la integración social e integración regional dan cuenta en el orden discusivo de la necesaria renovación de las vías de participación que exigen las nuevas condiciones latinoamericanas, con el fin de garantizar el progreso de las sociedades, los medios de producción y los proyectos sociales en general. Estamos en presencia de la condición de “(re) definir la visión sobre la relación hombre-sociedad, bajo nuevos parámetros de la conciencia social”, (Corujo, 2007: 2) tratándose ahora de una sociedad en la que coexistían diversos tipos de economía, visiones sociales, políticas lo cual requiere de una re-construcción del intelecto, si se querían obtener verdaderamente logros positivos.

 

Si en un momento fue necesaria la reestructuración del intelecto, ahora es preciso reestructurar la sociedad de forma integral partiendo del nuevo contexto internacional en que estaba inmersa, o como dijera Silvio Rodríguez evolucionar “hacia formas más participativas y democráticas” (García, 2008) no buscando un comienzo sino una profundización de lo ya acontecido.

 

En la medida en que la economía se hace más heterogénea, los sistemas se hacen menos equitativos, provocando un incremento de las desigualdades en el acceso a bienes de consumo y de servicios, al tiempo que se modifica y diversifica la escala de valores de los grupos sociales, esto influye negativamente en la relación hombre-hombre, hombre-colectivo, hombre-sociedad en lo referente a la  puesta en práctica de valores universales.

 

No por gusto la década del 90 del pasado siglo constituyó el antes y después de la realidad social en la cual estamos inmersos, desde donde comienzan a ser cuestionados los “ tres  basamentos  de  la modernidad,  el  crecimiento  económico,  la  participación  ciudadana  y  la  solidaridad social” (Mallo, 2010: 5).

La orientación de procesos como la participación e integración, dando prioridad al individuo, constituyó una de las principales condicionantes de esta nueva etapa, matizada ahora, por fenómenos tan cruciales y controvertidos como la ya conocida y referenciada globalización neoliberal. “De esta forma, en el panorama internacional los procesos de globalización e integración se han visto acelerados en toda esta etapa y, junto a ello, la redefinición del papel del Estado” (Tabares, Iglesias, s/a: 3), quien también ha tenido un camino lleno de vicisitudes.

 

Es impronta actual, la reevaluación de las relaciones entre el Estado y la sociedad. “Se habla entonces de la necesidad de una nueva institucionalidad social estatal, lo que se traduce en una articulación diferente entre Estado y Sociedad en cuanto a formas diferentes de participación ciudadana, mayor descentralización financiera y territorial y en la toma de decisiones, mayor coordinación entre las instancias sectoriales que tienen a su cargo los diferentes programas sociales” (Tabares, Iglesias, s/a: 3), es decir, una nueva visión en la que ya hemos insistido: la formación de capital humano.

 

En esta articulación el ciudadano “deja de ser un mero receptáculo de los derechos promovidos por el estado para transformarse en un sujeto de derecho que busca participar en ámbitos de ‘empoderamiento’, que se va definiendo según su capacidad de gestión y según cómo evalúa el ámbito más rico y más propicio para las demandas que intenta gestionar” (Mallo, 2010: 16). “Hoy América Latina, no como un bloque homogéneo, pero sí con una conciencia clara del compromiso futuro” (Tabares, Iglesias, s/a: 4).

 

Exigir un “nuevo modo de participación popular, territorial, laboral, comunitario, y no solo del carácter hasta ahora instrumentado” (Limia, 1997: 35), sino buscando un nuevo sentido de la participación cuya definición nazca desde abajo, o sea, de la perspectiva de construir el poder desde la base, es la premisa que deben seguir nuestros pueblos en aras de lograr verdaderamente el advenimiento de sociedades socialistas y perdurables, sociedades realmente integradas.

 

Por tanto, la participación tiene que ser necesariamente un elemento determinante, permitiendo la identificación de la población con las acciones que permitan acceder al desarrollo. No solo aquel que muchos consideraron en un primer momento como crecimiento de los factores económicos, el Producto Interno Bruto (PIB) o los bienes materiales, sino aquel que provoca una ruptura de las relaciones de poder de unos sobre otros, busca integrar saber y poder popular, y con ello el protagonismo de los individuos, sin dejar de tener presente las contradicciones de las que emerge y provoca, iendo más allá de un modelo utilitarista a uno de libertad y autonomía, de ahí la necesidad de prestar “tanta atención a los aspectos cualitativos como cuantitativos; de lo contrario, será un crecimiento económico sin empleo, sin participación de los interesados, sin equidad, desarraigado y carente de futuro” (Sierra, 2001: 15).

 

La participación bajo estas condiciones significa que la gente intervenga en los distintos  procesos en que se ve inmersa, no solo económicos, como solemos estar acostumbrados sino también sociales, culturales y políticos que afectan sus vidas. “Es la potenciación de las personas para que participen del desarrollo y se beneficien de él” (Sierra, 2001: 16), para que tengan un mayor empoderamiento que facilite su acceso a una escala mucho más amplia de oportunidades.

 

El desarrollo, al que aludimos, ese que inicio, asociado primero, como hemos descrito, a los procesos de modernización e industrialización, pero que luego fue víctima de esas circunstancias históricas de las cuales no pudo escapar, generó una masa, que por condiciones innumerables quedó fuera de los parámetros establecidos como dignos del ser humano, aquellos que pasaron a formar parte de los conocidos como excluidos socialmente, pero que también en algún momento tuvieron un papel decisorio en las cuestiones que se están abordando, constituyeron una multitud cuyas consideraciones no han podido ser obviadas.

 

Es comprensible, por tanto, el porqué de que esta masa social de excluidos después de haber alcanzado algún nivel de participación e integración, hayan modificado a su vez “la conformación cultural, social y económica del mundo pobre y marginal, porque quienes han participado aunque sea precariamente en la organización moderna, han desarrollado capacidades de trabajo y aptitudes de organización que no tenían quienes habían permanecido siempre marginados” (Sierra, 2001: 19).

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La pobreza se presenta en si misma llena de contradicciones, si bien ha crecido, también se ha “enriquecido de capacidades y competencias técnicas y de organización, las que no han permanecido inactivas por el hecho de que las empresas y el Estado no las ocupen. De aquí surge la pregunta: ¿cómo hablar de una integración fundada en el ser humano, cuando se constatan fenómenos como la exclusión, el marginamiento y sobre todo la falta de equidad provenientes de una dialéctica de relaciones basadas en la negación del otro?” (Sierra, 2001: 19).

 

Esto nos ayuda a comprender porque desde las consideraciones de Marx y Engels la historia del hombre es contada como la historia de la lucha de clases, porque es precisamente ante la imposición de la burguesía como clase dominante y la era del capital, que todo lo que se “creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás” (Engels, s/a: 15). “ ……. Son todos, hombres, mujeres y niños, meros instrumentos de trabajo, entre los cuales no hay más diferencia que la del coste” (Engels, s/a: 18).

 

Frente a estos contextos de vulnerabilidad y marginación social del cual son objeto nuestras sociedades latinoamericanas es que debemos “incitar  al  desafío  creciente  de  avanzar  hacia  formas  de  participación ciudadana activa e inclusiva” (Mallo, 2010: 10).

 

Una sociedad auto organizada, bajo los principios de un actor socializado, autora y gestora de su pensamiento,  conduce de manera directa a la democracia, quien lejos de ser una concesión para las sociedades, se convierte en una creación social que asegura “la autonomía de la participación. Por ello, la soberanía del pueblo y los derechos del hombre poseen un momento fundamental en la historia” (Mallo, 2010: 11).

 

Sin embargo, la sociedad actual lleva unos cuantos años distinguiéndose por la gradual “separación entre lo objetivo, lo social y lo subjetivo. Así, en un intento de construcción teórica que apunte a la búsqueda de unidad de sujeto, acción y pensamiento, Jurguen Habermas nos advierte que no hay democracia si no se escucha y reconoce al otro, si no se busca lo que tiene un valor universal en la expresión subjetiva de una preferencia (Mallo, 2010: 20).

 

Pensar cuales han sido las mejores vertientes a ensayar, cuáles han sido y son los mejores  cambios en pos del logro de la participación del ser social, hasta que límites podemos llegar y con ello las verdaderas posibilidades de integración social, nos condujo a la transformación de las viejas estructuras políticas quienes se vieron obligadas a formar parte de los nuevos modos de acción social, ante la disyuntiva lapidaria de desaparecer. En el mejor de los casos la conservación fue la última de sus alternativas.

 

La integración social orientada a lograr un rango de oportunidades que puedan ser distribuidas en una sociedad bajo la lógica de la equidad entre todos y cada uno de sus miembros, entiende que solo con el rescate de los elementos propios, dignos y particulares de cultura y el sistema de tradiciones que de esta se genera, puede barrer con los aspectos que han promovido, sistematizado y consolidado los procesos de exclusión.

 

Así, una sociedad integrada es aquella en la cual la población se comporta según patrones socialmente aceptados en torno a la calidad de vida (cohesión nacional), existe un equilibrio entre las metas culturales, la estructura de oportunidades de que se dispone para alcanzarla (justicia social) y la formación de capacidades humanas para hacer uso de tales oportunidades (participación).

 

El gran reto al que nos enfrentamos, bajo estos criterios, es no solo hablar de socialismo del siglo XXI, en un contexto volcado a la integración de los países, donde para muchos el discurso resulta de primer orden, para otros sería más del mismo discurso y para muchos otros una realidad inalcanzable. En nuestro caso y siguiendo a Marx coincidimos en que ese reto solo se puede vencer cuando el hombre en su relación consigo mismo en el plano objetivo y real y en su “relación con otro hombre” (Marx, 1965: 82) pueda lograr cambios en su realidad, tomada ahora por el papel protagónico del pueblo.

 

3-CONSIDERACIONES FINALES.

 

La multitud de procesos -en todas sus manifestaciones- en los cuales se encuentra inmerso el hombre en la actualidad hacen del mundo y en especial de América Latina un escenario de profundas transformaciones sociales.

 

Los intentos de acercamiento a dicha realidad desde el análisis del discurso teórico de numerosos autores se nos presentan como una muestra infinita de compromiso con lo social. Develar las máximas que pueden ser utilizadas en la salvación de la especie humana desde la reorientación de su sistema de relaciones, tomando como protagonista al individuo, salta como condición inherente de estos tiempos.

 

Ante la inminencia de eventos tan trascendentales como el derrumbe del socialismo del Este, la hegemonía del capitalismo, la reemergencia crítica del concepto de desarrollo, aparición de nuevos conflictos sociales en todos los órdenes de la vida, desacreditación del Estado-nación, el auge progresivo y marcado de la globalización neoliberal, aparecen otras aristas que bajo fundamentos contrarios, orientados ahora en el fortalecimiento del papel de la izquierda, la exaltación de los procesos comunitarios, el trabajo desde los espacios regionales y locales como gestores y protagonistas dotados de poder, el individuos portavoz del crecimiento de los países, hacen del escenario citado un nuevo espacio de reflexión y acción. Comprender la relación dialéctica de las máximas expuestas contribuye a explicar la esencia de las irregularidades y alternativas que vive y busca la sociedad de la época actual.

 

En vísperas de lo anterior apelar a la integración desde el ámbito regional y desde el nivel social, se ha convertido también en expresión de necesidad ante la urgencia de luchar contra un enemigo común para todos: el capitalismo. Caras de una misma moneda los procesos internos y externos deben encontrar la mejor manera de materializar a través de sus hombres el cambio social.

 

La búsqueda de oportunidades desde donde el sujeto histórico comprometido con su tiempo pueda ejercer su capacidad creadora en los procesos de toma de decisiones, se convierte en una salida que requiere de atención para que su máxima expresión conduzca necesariamente al logro de valores compartidos que enriquezcan la praxis social. Es así que se presenta la integración social al interior de las naciones en la premisa de conquistar una sociedad ordenada.

 

Participar desde esta perspectiva hace que los hombres pierdan su condición de meros objetos, manipulados, para convertirse en protagonistas de los procesos en los cuales se ven inmersos. Estar presente en aquellas decisiones que no solo los benefician -pues muchas veces estas realmente no son resultado de sus necesidades- sino alternar en la condición de formulador, he ahí que puede llevar a vía de hecho la creatividad en la cual insistimos.

 

Comprender la significación de la integración social primero y la participación social después, o viceversa, en el proceso dialéctico que las une, constituye uno de los derroteros en la búsqueda de la sostenibilidad de aquellos proyectos cuya esencia orientada a lo social pretenden reactivar la emancipación del hombre y con ella la reorientación de los sistemas de relaciones generados de su relación con la naturaleza, la sociedad y en particular con otros hombres.

 

La detección, por tanto, de aquellos aspectos sobre los cuales debemos actuar de manera acertada y urgente conduce a una combinación indisoluble que en lo esencial vincule lo económico y lo cultural –por citar dos aristas- como planteara acertadamente Gramsci para permitirnos lograr en cada uno de los escenarios de Latinoamérica la construcción de un socialismo que perdure en la actualidad y para las futuras generaciones. Generaciones de cuyo conocimiento no los podemos privar.

 

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Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Martínez Betancourt, Elaine: "La participación en los procesos de integración social: miradas desde el pensamiento cubano al Socialismo Latinoamericano" en Revista Caribeña de Ciencias Sociales, diciembre 2014, en http://caribeña.eumed.net/socialismo-latinoamericano/

Revista Caribeña de Ciencias Sociales es una revista académica, editada y mantenida por el Grupo eumednet de la Universidad de Málaga.